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Nací las primeras horas de un viernes 25 de mayo, en la vieja casa de la calle Sucre entre Comercio y Martín Barroso, donde el piso era de tierra porque la tierra era la única alfombra nuestra y de todos. Cuartos comunes, parras de uva que daban más sombra que fruto, horno de barro que olía a pan y a domingo, y protegido por cercas —orilleros— de quebracho que resistían al tiempo.
Muy cerca pasaban las vías del tren, la cancha de futbol donde se decidía el honor del pueblo, los árboles de moras y montes de un verde tan intenso que arropaba la niñez. En toda la cuadra las casas eran bajas, con patios, cercas y tranquillas de madera que crujían cuando alguien llegaba a visitar. Con el bullicio de chicos jugando —o en camino a la escuela arrastrando los zapatos—, el ajetreo del mercado, la sirena de la Comisión Mixta que marcaba las horas como si fueran de ella, las bocinas de radio “Canto” difundiendo canciones y dedicaciones que enamoraban por encargo. Y la imponente vegetación por ambos lados, con cerros vigilantes de un pueblo en construcción, como si los cerros también esperaran a ver desenlaces cotidianos.
En ese contexto, la educación se había convertido en un eje articulador, sinónimo de socialización horizontal, que es una manera de decir que todos cabían en la misma escuela y en el mismo recreo. Además de la pasión por el futbol —la selección del pueblo había obtenido triunfos frente a equipos de futbol profesional, porque en ese tiempo hasta los resultados jugaban de local—. El epílogo: un sentido de pertenencia compacto y sólido al Chaco.
En la cotidianidad escolar convergieron todos: hijos de ricos, pobres, burócratas, comerciantes, campesinos, inmigrantes, etcétera, que es el etcétera más democrático que tuvo el pueblo esos años. Y es que en el pueblo había un solo Kinder, dos primarias, un intermedio, un colegio y un Liceo; todos conviviendo, haciendo huellas y forjando amistades en aquel poblado chico, primigenio, solidario y transparente, donde las fiestas, desfiles y paseos escolares eran acontecimientos esperados porque no había otros. La frontera —en ese entonces— tendría unos nueve mil habitantes, y uno los conocía a todos, aunque no quisiera.
Como el tiempo pasa y las generaciones y circunstancias también, regresé después de tres décadas y media a la longeva casa de donde emigré adolescente. Y volví a recorrer las calles, plazas, parques y bosques, a saludar a viejos amigos y a recordar queridas ausencias, que son las que más ruido hacen cuando uno camina solo.
También observé, en general, aspectos buenos y malos de la ciudad —como en toda evolución—, pero me llamó la atención el cambio de la composición social urbana y el evidente impacto de la multiplicación de su población: quince veces más. Un crecimiento atípico y desmesurado, con población flotante impulsada por repuntes comerciales y explotación de nuevos campos hidrocarburíferos —además de considerables ingresos económicos a la municipalidad de la zona—, tal circunstancia trajo consigo un incremento de anomalías sociales: delincuencia, narcotráfico, violencia, racismo y discriminación, entre otros nombres que tiene el miedo cuando se organiza. Problemática que afecta el tejido social existente, sobre todo a sectores vulnerables. Dichos impactos deben ser contrarrestados estratégicamente con políticas públicas inmediatas y responsables.
En consecuencia, la ahora ciudad fue perdiendo valores éticos, de inclusión y de bien común. Es decir, lo que había ganado —sin proponérselo— en un sistema educativo “cohesionador”, se perdió, como se pierden las llaves en la vejez. Hoy la desconfianza y la polarización política y económica es evidente.
Y reflexiono nuevamente: “creo he nacido en otro pueblo que también se llamaba Yacuiba…”, y evoco la introspección que tiempo atrás me dedicó Yalo Cuellar, un amigo cantautor: “…Aquel pueblo no existe, aunque pensándolo bien el que no existe, soy yo”. Y tal vez tenga razón, porque uno vuelve a los lugares creyendo que los lugares se quedaron quietos, y resulta que el que se fue demasiado lejos fue uno.
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(*) Periodista (Escuela de Periodismo Carlos Septién García) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana/Azcapotzalco).

