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HOSPITAL PÚBLICO: ESENCIA Y GEOGRAFÍA DE LA OTREDAD (Crónica). Por Fidel Carlos Flores (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
abril 19, 2026
in Artículos Literarios
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HOSPITAL PÚBLICO: ESENCIA Y GEOGRAFÍA DE LA OTREDAD (Crónica). Por Fidel Carlos Flores (*)

—De Salta, San Bernardo (norte argentino) a la Raza (CDMX): bitácora de insomnios, e inventario de esperanzas.
———- O ———-
Un médico argentino que se hizo cubano, Ernesto “Che” Guevara, después de una travesía por América Latina al llegar a México, a fines de los años cincuenta, solía decir que para ver el verdadero rostro a un pueblo —su esencia sin maquillaje— había que entrar al hospital público, y derecho al sector de urgencias.
Y tenía razón. Allí, donde nunca es de noche ni es de día porque el dolor no tiene horario, se palpan tragedias con las manos y las heridas hablan sin pedir permiso. Las veinticuatro horas desfilan pacientes y familiares como en una procesión. Se cuentan historias a medias, se confiesan circunstancias que no caben en un parte médico. Todos, tarde o temprano, beben del mismo cóctel: uno vigoroso y desnudo de solidaridad y empatía que no se vende en farmacias. La fragilidad humana, puesta ahí a flor de piel, conecta con la “otredad” sin pedir credenciales a quienes esperan, en la sala, el reporte del estado de sus pacientes. Y esa liturgia se repite igual en Salta —norte argentino— que en La Raza de Ciudad de México u otras latitudes.

A los quince años me tocó vivir semanas enteras en el Hospital San Bernardo, en Salta. Mi padre había sido internado de emergencia después de perder la conciencia durante semanas por un dolor de cabeza que resultó ser tumor, aunque empezó como absceso. El mal le nació volviendo de Santa Cruz, Bolivia, en un trasbordo de Villamontes a Yacuiba. Mi madre y yo lo llevamos de médico en médico, de tratamiento en tratamiento, como quien persigue un milagro, sin resultados.
En ese tiempo dejé el colegio con el año escolar colgando de un hilo. Cerramos el puesto del mercado central, de donde venían los ingresos. Mi hermana menor, de doce años recién cumplidos, heredó de golpe la administración de la casa: cuidaba, cocinaba, supervisaba a los chicos y además iba a su escuela. Todo eso mientras nosotros estábamos ausentes en Salta. Y lo hizo con una entereza que hoy, más que nunca, reconozco.

Ya internado, a mi padre le diagnosticaron absceso cerebral. Los neurocirujanos tuvieron que abrirle la cabeza varias veces, porque la muerte es terca pero la vida también. Vino después la convalecencia: lenta, complicada, con recaídas. Dormir y convivir en aquel hospital era lo normal. Platicar con desconocidos y colaborarse era ley no escrita. De aquella temporada me quedó tatuado el valor y resiliencia de mi padre para sobreponerse, y la constancia y fortaleza de mi madre.
Pasaron los años circunstancias, países y décadas después, volví a una Sala de Emergencias en Ciudad de México, en el Seguro Social “Hospital La Raza” del IMSS. Y ahí estaba otra vez esa sensación antigua: vacío, insomnio, incertidumbre y una esperanza que tiene mil disfraces. Como la mujer anónima que entra a las tres de la mañana a regalar tortas de jamón, o la otra que una hora después reparte agua y café sin preguntar nombres. O esos jóvenes que cuando llega un herido, no esperan órdenes: ayudan a internarlo porque el dolor no da tiempo a los protocolos.
Urgencias es un cuarto grande con camas de ruedas separadas por cortinas que apenas tapan. Tubos de oxígeno, sueros colgando como frutas extrañas, aparatos de reactivación cardíaca que miden la vida en pitidos. Las camas rebasan el lugar y se riegan por los pasillos, donde algunos pacientes esperan derivación a otras áreas como quien espera turno en el purgatorio.

Definitivamente la resistencia y la tolerancia al dolor de la mujer —de todas las edades— en estos contextos es mayor. La ciencia dará su explicación biológica, pero aquí uno es testigo de algo más viejo: la entereza con que enfrentan la adversidad, sin teatro, sin pedir aplausos. Es impresionante y es lección.
Vaya mi reconocimiento a todo el personal que sostiene ese mundo: médicos, enfermeras, camilleros, guardias, pacientes y familiares. Y claro, por supuesto, a mi eterna madre, que me sigue enseñando valor con el ejemplo, sin discursos. A veces hay que estar in situ, hay que vivir las tribulaciones con el cuerpo, para reconocernos y darnos esos apapachos de sensibilidad. Porque —precisamente— sin esa sensibilidad que se contagia en las salas de espera, estaríamos perdidos. Más que perdidos: estaríamos solos.
———- O ———-
(*)
Periodista (Escuela de Periodismo Carlos Septién García) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana/Azcapotzalco).

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