
—Crónica de una detención sin culpa y sin disculpa, mientras afuera el mundo continua…
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En mis años de universidad, tropecé con una frase de Ernesto “che” Guevara que desde entonces me camina por dentro: “Para conocer la esencia de cualquier pueblo en el mundo, hay que visitar sus cárceles y hospitales públicos”. Porque allí, entre el quejido del catre y el parte médico escrito a medias, se dictan los veredictos que no salen en los periódicos. Allí las dinámicas, los comportamientos y los tratos humanos —o su falta— hablan más claro que cualquier constitución.
Con el tiempo entendí que la violencia, los conflictos y esas migraciones que parecen éxodos bíblicos, no caen del cielo: nacen y se ceban de pobreza, de desigualdad y de una frustración antigua que ya tiene apellido. La idea es simple como un tiro y contundente como su eco: para entenderla hay que acercarse a sus causas, oler sus contextos, sentarse a su mesa sin cubiertos.
Y no, la violencia no se apaga con más pólvora. Tiene protocolo, aunque nadie lo respete: se identifica el mal, se le miran las aristas como a un diamante maldito, se trazan estrategias, se decretan políticas públicas y luego, solo luego, se actúa. Pero miren este espejo: un hombre roba pan porque el hambre no pide permiso, lo atrapan y le dan varios años de presidio. Cumple. Sale arrepentido, flaco y con los ojos nuevos. Afuera no hay trabajo ni oportunidad, y nadie lo rehabilitó porque la rehabilitación no da votos. No pasa mucho tiempo y vuelve a delinquir. El círculo es vicioso y perfectamente redondo.
Detrás de toda tragedia social, además, siempre hay un mostrador. Alguien hace negocios con la desgracia ajena, se beneficia de la corrupción y de esas anomias que tienen despacho en varios pisos del edificio (Palacio de la Justicia). Mientras más grande el dolor, más grueso el libro contable.
Recordando esto, caí en cuenta de que mi manía por escribir crónicas nació en la adolescencia, como quien se sangra para no morirse. Lo bueno y lo malo me pasaba y yo lo memorizaba, no por vanidad sino por catarsis: lo guardaba para después, para volverlo introspección con puntos y comas. Las cosas no me ocurrían en vano, porque al final, de historias estamos hechos y no de carne.
Una noche, por una razzia policial tan ilegal como la memoria de injusticias me detuvieron en un barrio popular solo por caminar y no tener identificación. Así conocí la cárcel de la zona, y la conocí por dentro. Llegamos en bola (grupos), como ganado sin fierro. Antes de entrar nos despojaron: agujetas, cordones, cinturón, billetera, celular. Todo fue a dar a una bolsa plástica, con nombre y número, y un guardia me dijo “vas pa’ dentro” mientras el mundo afuera seguía en lo suyo, adusto e inmutable.
Adentro había otros, cada uno con su causa y silencio. Y allí se vive una mezcla que no tiene nombre: tristeza, soledad y una desesperación que camina descalza. Camas de cemento que no guardan sueños, un retrete general que es de todos y de nadie, barrotes y penumbras donde se respira callado y se evita la mirada. Todo parecía una película muda donde las horas pasan en cámara lenta, hasta que llega un funcionario a clasificar delitos, infracciones y equívocos, como si la vida pudiera ordenarse en casilleros.
Esperé mi turno. Salí libre con el segundo grupo, ya de mañana. El dictamen: confusión policial. Sin cargo, sin explicación, sin disculpas. Me devolvieron la bolsa, me faltaba el cinturón y me sobraba la rabia. Afuera, la calle seguía en su fragor cotidiano, indiferente como Dios cuando tiene mucho trabajo.
Lo dicho: estamos hechos de historias. Y de barrotes, experiencias. Y de bolsas plásticas con nuestro nombre mal escrito.
(Escrito el 2 de mayo de 2024, rememorando a los años noventa del siglo pasado)
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(*) Periodista (Escuela de Periodismo Carlos Septién García) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana/Azcapotzalco).
