

Imagen 1: Día en que falleció García Márquez y su cuerpo fue velado en Palacio Bellas Artes. Imagen 2: Referencial
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Descubrí sus textos, su prosa, eso que él llamaba “diarismo mágico” o “reportajes novelados”, allá por 1980. Hablaba de Cien años de soledad, de El otoño del patriarca, de Crónica de una muerte anunciada, de Crónicas y reportajes, libros que olían a tinta fresca y a selva. Pero toda historia tiene su Génesis, y la mía empezó con una terquedad.
Tenía diecisiete años y la obstinación de ser periodista. Con esa edad todo es para siempre. Convencí a mis padres y viaje desde Yacuiba, un pueblo fronterizo del sureste boliviano metido entre llanura y monte, hasta La Paz capital, que en la altura andina era un abrazo de Illimani y cielo.
Allí, llegué curioso e inquieto, como son los adolescentes cuando todavía no les ha golpeado nada, y me pegué a los reporteros viejos de fuentes deportivas. Tomaba cuanto curso se me atravesaba siempre relacionado a la comunicación. Así di con el Lincoln Institute, un centro técnico medio de Relaciones Públicas, famoso por capacitar a secretarias ejecutivas y por estar a dos cuadras de la Universidad Mayor de San Andrés.
La Universidad, por supuesto, estaba cerrada. La habían clausurado a punta de bala por el golpe de Estado del 17 de julio de 1980, frente a la asonada estaba el general Luis García Meza y el coronel Luis Arce Gómez. Eran tiempos en que en las escuelas de toda Bolivia se pasaba de año por Decreto Supremo, cortesía del Gobierno, como quien impunemente regala calificaciones sin esfuerzo. En las noches, La Paz era una coreografía de persecuciones, ulular de ambulancias, resistencia a cuentagotas y disparos que herían silencios. Castrante, sí, pero la vida continuaba, porque la vida es terca como los adolescentes.
Entonces ocurrió el milagro de la dispersión: los catedráticos de la universidad, sin aulas y con el miedo a flor de piel, llegaron al pequeño Instituto. Y ahí coincidimos los que queríamos aprender y los que necesitaban enseñar para no morirse de incertidumbre. Recuerdo al doctor Retamozo, con su posgrado soviético y su invierno perpetuo en la mirada; al sociólogo peruano Del Águila, devoto de Mariátegui y de cualquier novela que oliera a Latinoamérica; y al periodista Quintana, recién vuelto de Venezuela, era visceral y sui géneris como un huracán con barba y corbata.
Precisamente, fue Quintana quien no concebía el oficio, sin su lectura y afirmaba: no se puede ser periodista sin leer Crónicas y reportajes de Gabriel García Márquez. Un colombiano, periodista antes que escritor, brillante y necesario como el agua. Sin él, el oficio era una misa sin sacerdote. Con él, desmenuzamos la música y profundidad de su prosa: La Marquesita de la Sierpe, La extraña idolatría de la Sierpe, ¿Por qué va usted a matinée?, El cartero llama mil veces, las Crónicas exclusivas desde Roma, La prensa da la señal de alarma, Las historias negras de los testigos, entre otras. Así, aprendimos incipientes a redactar notas y reportajes.
Los meses pasaron y la violencia en el país se endureció como se endurece la carne al sol. El conflicto social era ya asfixiante y mortal. Nació entonces la idea de irse, a toda costa, porque los consejos y lectura política de los profesores sonaba a premonición y pesimismo. Al final, casi todos terminamos en el exilio o autoexilio por discrepancias con el entorno.
Así llegué a Ciudad de México los primeros meses de 1981, a estudiar periodismo en la Escuela Carlos Septién García. Nuevos compañeros, nuevos maestros, y en la primera lista de lecturas otra vez García Márquez, para entonces me enteré que el escritor vivía en el Distrito Federal (hoy CDMX) y se definía a sí mismo, tercamente, como reportero. Periodista antes que escritor o literato. Lo decía como quien da su nombre verdadero.
En el verano de 1983 aproveché un viaje en bus a Ciudad Obregón y Baja California —treinta horas continuas de carreteras, desierto y pensamiento— para leer Cien años de soledad. Me sedujo como seduce una fiebre de amor: me recordaba a los pueblos del Chaco, a sus llanuras, al trópico boliviano que yo traía metido en la alforja del alma.
En tres días me lo bebí entero: tragedias, risas, supersticiones, erotismo y las aventuras insólitas de los Buendía. José Arcadio y Úrsula punto de partida y fundacional del mítico Macondo, y luego años de lluvia interminable, de olvido, de insomnio, de gitanos que traían el hielo y la desmemoria. Como en la vida, se repetían los nombres, los errores, las pasiones contra toda lógica. Era el realismo mágico, sí, pero también me recordaba a mi pueblo con otro nombre. Hamacas de sudor, muertos que no se resignan, amores imposibles, maldiciones, locura, sandías habladoras, enredos de poder. Una realidad delirante que nos marcó a todos.
Llegó 1984 y en el Distrito Federal se preparaba el nacimiento del periódico La Jornada. Hubo un acto en Palacio de Bellas Artes, en el auditorio pequeño donde se presentan los libros. Me colé. Burlé controles con cara y credencial de estudiante. El lugar estaba repleto. Reconocí escritores, pero uno solo me deslumbró: Gabriel García Márquez, de carne y hueso, más real que todas las lecturas de su autoría. En segundos estuve frente a él. Le extendí la mano y solté: “Soy un estudiante de periodismo”. Y él, sin solemnidad, me respondió: “Ah, qué bien, bienvenido aquí hay varios compañeros tuyos”.
Así de breve. Así de eterno. Treinta años después, en una tarde gris, volví al mismo recinto. Esta vez había filas largas de capitalinos, de colombianos residentes, de ciudadanos sin patria precisa. Íbamos a despedirlo. A decirle adiós al latinoamericano premio Nobel 1982, que nos enseñó que este oficio, el periodismo, es el mejor del mundo.
En 1991, según cita Antonio Lucas, Gabo escribió: “Toda la vida he sido periodista. Mis libros son libros de periodista aunque se vea poco. Pero definitivamente tienen una gran cantidad de investigación, de comprobación de datos, de rigor histórico, y de fidelidad a los hechos”.
Esta frase potente es el camino. Si un texto no tiene investigación, ni contrastación, ni rigor, ni fidelidad a los hechos, podrá llamarse cualquier cosa. Menos periodismo. Y menos memoria.
(Escrito en Ciudad de México, el 22 de abril de 2014).
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(*) Periodista (Escuela de Periodismo Carlos Septién) y Economista (UAM-Azcapotzalco).
