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EL OFICIO DE NO MORIRSE CALLADO (Crónica). Por Fidel Carlos Flores (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
abril 16, 2026
in Artículos Literarios
1
EL OFICIO DE NO MORIRSE CALLADO (Crónica). Por Fidel Carlos Flores (*)

———- O ———-
Por alguna razón que nunca terminé de entender, pero que el tiempo me explicó sin palabras, nunca fui bueno para recibir retribución monetaria por trabajos independientes periodísticos o académicos, para cobrar por textos publicados, despachos de prensa, conferencias o participación en foros que daba con más fe que factura. A estas alturas —y ojo, no es queja sino reflexión e inventario— me queda claro, al menos en mi caso, que ser consecuente, solidario, sensible, crítico y desinteresado tiene un costo contundente en tiempos neoliberales, que es otra forma de decir que la virtud no cotiza en bolsa. Se vive al límite, al día, sin respaldo, en total indefensión económica, incluso soportando las bromas de contemporáneos o colegas que rápida o inexplicablemente se enriquecieron, no los juzgo, cada quien con sus filias y sus fobias.
Sin embargo, me considero afortunado de ser parte de una generación de privilegio que vivió distintos procesos histórico, político y sociales, fascinantes e irrepetibles desde fines de los sesenta del siglo pasado hasta la vorágine virtual de hoy, esa revolución de la información que nos volvió contemporáneos de todo. Me abrió el horizonte al conocimiento, a conocer a grandes autores, a líderes de opinión y conflictos in situ, accediendo a fuentes primarias como quien bebe agua directamente del manantial, y a evolucionar —lo cual siempre busco porque detenerse también es una forma de morir— para comprender causas y consecuencias sociológicas, además de seguir aprendiendo de nuevas generaciones, millennials y nativos digitales o zetas que ya nacieron con el mundo en la yema de los dedos.

En ese contexto, hace muchas décadas descubrí una imaginación curiosa, incomprendida, tímida y agazapada pero audaz, que buscaba su libertad sin darse cuenta en el latir de las palabras. Leyendo y preguntando los porqués y para qués de siempre, tal situación me condujo a estudiar periodismo y economía y después a escribir compulsivamente para no ahogarme, en lo que fuera: hojas sueltas, servilletas, pedazos de cartón recogidos del suelo, en desorden o caos, saltando de un texto a otro como quien cruza un río por piedras que se mueven. Al llegar a mi habitación retomaba las ideas y las trasladaba a cuadernos, o cuando tenía suerte a la Olivetti, una antigua máquina varias veces empeñada y rescatada del Monte de Piedad, que era más fiel que muchas personas. Entonces prefería la soledad, acompañado de un mate —infusión suramericana con sabor a mi origen—, otras veces con un libro o un apunte flamígero que me empujaba a escribir, cavilando un amor desterrado, recordando decepciones, emociones, encuentros, certidumbres, dudas, corajes y nostalgias. Todo en introspecciones, historias y microrrelatos sin saber por dónde iniciar o cómo seguir, sólo fluía, como fluye la sangre cuando nadie la detiene.
A los diecinueve años mis escritos tempranos eran rejegos, obstinados, apocados y quizás en exceso autocriticados, por lo tanto los ocultaba y destruía, como se entierra a los hijos que nacen muertos para que nadie les ponga nombre. Mis referentes en ese tiempo eran poetas y escritores bolivianos y latinoamericanos de experimentado oficio, hombres y mujeres que ya habían domado el idioma y lo hacían sentir y cantar. Coincidencia o no, no tuve guía ni elementos para continuar, porque la orfandad también es una escuela que no da diplomas. Pasaron varios años, lugares, ciudades, países y circunstancias hasta que el peligro extremo y las pérdidas familiares forjaron en mí una resiliencia a la que poco le importaba el control de calidad de nuevas introspecciones; cuando la vida se vuelve urgente, la literatura se vuelve desobediente.
Así, algunos textos míos vieron luz en revistas universitarias impresas, pero es en la carretera virtual donde alcanzaron insospechada presencia en otras latitudes y países, traducciones incluidas, como si las palabras tuvieran pasaporte y yo no. Contenidos que se habían vuelto intrusos llenos de ansiedad, experiencia, necesidad, dolor y alegrías, porque lo que se escribe con el alma no entiende de fronteras. Y volví a teclear pasada la medianoche, explayándome frente al espejo sin epidermis, a pedradas o latigazos, corrigiendo una y otra vez con dedos humedecidos, esperanzados o jubilosos, siempre abrigado por silencios que eran mi única audiencia fiel.
En estas épocas me cuesta escribir, es increíble cómo me disperso y distraigo. Frente a mi vieja computadora azul me levanto cien veces, hablo solo, camino enjaulado entre libros, cuadernos, anotaciones y mucho desorden, que es la forma que tiene mi cabeza de organizarse ¡gulp!.

En este primer cuarto del siglo veintiuno sin privacidad, ni vivienda propia a veces maldigo la limitación de espacio y parafraseo a Cristina Pacheco: “Aquí nos tocó vivir”… ¡ni modo!, prosigo, porque la rendición también es un lujo. Entonces pienso que la escritura es una adicción, una droga que convierte la tensión nerviosa en relatos, historias, crónicas, artículos o frases que luchan con la voz interior para salir. Me alienta saber que no se irán conmigo, que las palabras son los únicos hijos que sobreviven al padre.
Y vuelvo a escribir, viviéndome, transparentándome en sueños y des-sueños, buscando luz para adentrarme en sombras, porque uno no escribe para iluminar el mundo sino para no perderse en la oscuridad. Por ahora, es suficiente…
———- O ———-
(*)
periodista (Escuela de Periodismo Carlos Septién García) y economista (Universidad Autónoma Metropolitana/Azcapotzalco).

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Comments 1

  1. Raulito Salvatierra says:
    3 horas ago

    Q buen mensaje reflexivo tanta verdad en solo contexto bendición y éxito querido amigo.

    Responder

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