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En México, los medios tradicionales, corporativos y/o hegemónicos no se pudrieron cuando aparecieron las redes sociales, ya estaban podridos desde antes, las redes simplemente levantaron la alfombra y dejaron al descubierto décadas de:
1. Complicidades,
2. Silencios comprados,
3. Indignaciones selectivas,
4. Propaganda y vocería empresarial (disfrazada de periodismo).
Durante años, unas cuantas empresas decidieron qué era noticia, quién merecía ser escuchado y cuál versión debía aceptarse como “verdad” mientras se proclamaban vigilantes del poder, pero protegían al poder económico que les pagaba, los financiaba o directamente era propietario del micrófono, así que no informaban a la sociedad, sino que administraban su percepción.
Y por eso están ahora furiosos, no por perder la libertad de expresión sino porque perdieron el monopolio de la narrativa y ya no pueden mentir impunemente desde un estudio de televisión, ocultar un dato incómodo o fabricar un escándalo sin que miles de ciudadanos exhiban sus contradicciones, recuperen sus archivos y desmonten el montaje.
Y es por eso que pretenden presentarse como víctimas del autoritarismo cuando alguien cuestiona sus falsedades, esos mismos que durante décadas difamaron, censuraron, manipularon y protegieron intereses privados, de pronto descubrieron la libertad de expresión justo cuando dejaron de controlar quién podía ejercerla.
Por supuesto que las redes tienen basura, bots y manipulación, pero rompieron el cerco que permitía a una camarilla empresarial fabricar realidad sin contradictores y, cuando cayó la máscara de la “objetividad”, no apareció una prensa heroica, aparecieron contratos, accionistas, privilegios, negocios y periodistas convertidos en defensores de élites.
Porque no eran árbitros imparciales, eran parte del equipo, solo que antes también eran dueños del estadio, del marcador y de la transmisión.
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(*) Periodista (Sin Línea)
Fuente primaria en FB: https://www.facebook.com/erick1959/