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Una descubrió que el sufragio universal había sido un pequeño accidente de la historia y propuso, con la solemnidad de quien cree haber reinventado la democracia, que no todos deberían votar.
Otras decidieron burlarse de los adultos mayores. Al parecer, cumplir cincuenta y tantos o más años es una vergüenza; decir disparates con veinticinco, en cambio, es sinónimo de modernidad.
Y unos más explicaron, en un video de un minuto, problemas que Aristóteles, Montesquieu, Tocqueville, Weber, Hannah Arendt o Norberto Bobbio apenas alcanzaron a esbozar después de dedicarles una vida entera.
¿Qué les parece? ¡Enormes prodigios intelectuales nos ha regalado el algoritmo!
Antes de continuar, una aclaración indispensable para los digitolistos con dificultades de comprensión lectora.
No estoy hablando de una generación. Eso sería una ofensa a mis hijos, mis sobrinos y a hijos de amigos y conocidos, brillantes e inteligentes.
Hablo de ciertos individuos. Porque hay que dejar en claro: la juventud nunca ha estado reñida con el talento.
Ejemplos sobran: Mozart, Sor Juana, Pascal, Gauss.
Octavio Paz era muy joven cuando comenzó a escribir.
La inteligencia jamás ha pedido acta de nacimiento… lo que sí suele pedir es estudiar.
Y ese requisito, curiosamente, cada vez parece más anticuado. Hoy basta un aro de luz, un micrófono, un teléfono y una autoestima… ja ja ja… -perdón por la burla- a prueba de bibliotecas.
Para el estúpido, leer, resulta agotador.
Para no caer en este adjetivo contundente, hay que abrir libros, terminar capítulos, consultar autores que piensan distinto… soportar la humillación de descubrir que uno estaba equivocado.
Pero eso, para ciertos egos, constituye una violación intolerable a los derechos humanos que se les cuestione. Pero qué se puede hacer si confunden información con conocimiento y, luego, conocimiento con opinión. Y, finalmente, confunden popularidad con autoridad intelectual.
Así nacieron estos nuevos oráculos digitales, estas quintaesencias de la palabra sin estructura, estos eructos ofensivos.
Jamás citan una investigación, jamás consultan una hemeroteca, jamás comparan escuelas de pensamiento… jamás, NADA QUE REPRESENTE UN ESFUERZO MENTAL.
Pero hablan con la serenidad del cirujano que lleva cuarenta años en un quirófano. No es que sepan poco. ¿Quién lo sabe todo? Todos tenemos limitaciones.
Lo verdaderamente extraordinario es la absoluta incapacidad para sospechar que saben poco.
Ahí comienza la burbuja con la que inicia el presente texto. Una burbuja fabricada por algoritmos que sólo muestran aquello que confirma sus prejuicios. Una burbuja donde todos se aplauden.
Donde nadie contradice.
Donde disentir se considera una agresión y rectificar una derrota.
Por eso les cuesta tanto entender. Porque los hechos concretos tienen la pésima costumbre de demostrar que casi todas las ideas simples terminan chocando contra una realidad mucho más compleja.
Los libros hacen algo profundamente incómodo. Nos enseñan que casi nunca somos los primeros en pensar una idea. Que otros ya la defendieron. Otros ya la destruyeron. Y algunos hasta murieron intentando demostrar quién tenía razón.
Pero para descubrirlo hay que leer. Y leer exige una virtud que el algoritmo no recompensa: paciencia.
Quizá por eso algunos prefieren vivir dentro de una burbuja donde cada ocurrencia parece una revelación y cada aplauso confirma una falsa genialidad.
Qué paradoja.
Vivimos en la época con mayor acceso al conocimiento de toda la historia de la humanidad.
Nunca fue tan sencillo descargar a Platón, Cervantes, Marx, Adam Smith, Ortega y Gasset, Borges, Popper, Arendt o Paz.
Y, sin embargo, nunca había sido tan fácil construir una carrera pública sin haber cruzado jamás la puerta de una biblioteca.
El problema aparece cuando la ignorancia deja de ser una etapa del aprendizaje y se convierte en una identidad orgullosamente exhibida.
Cuando estudiar se considera una pérdida de tiempo y la ocurrencia sustituye al argumento o el escándalo reemplaza al razonamiento.
Y cuando alguien llega a convencerse de que un millón de reproducciones vale más que un millón de páginas leídas.
Sin embargo, tarde o temprano… siempre terminan desenmascarando a los farsantes.
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(*) Analista político. (Diego Vega es su seudónimo).
Fuente primaria en FB: https://www.facebook.com/diego.vega.103899
Cierto, muy cierto…