
–A pesar de que México organizó apenas la octava parte del Mundial, es decir de 104 partidos, solo 13 (el 12.5%), con eso fue suficiente y tuvo éxito.
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Con apenas trece encuentros distribuidos en tres sedes, millones de visitantes y turistas descubrieron un México muy distinto al que durante años les contaron.
Desde que la 4T llegó al gobierno, la oposición (de derecha) ha mantenido una imagen de nuestro país basada casi exclusivamente en la violencia, el miedo y el desastre. Para muchos extranjeros, México era el lugar donde reinaban el caos, la inseguridad y el atraso —cuántas veces no hemos visto en videos de TikTok la historia del extranjero que viene a visitar nuestro país y cuya familia le dijo: “Es un país muy peligroso. Ten cuidado”—. Esa narrativa fue repetida una y otra vez por distintos espacios mediáticos y también por sectores políticos que encontraron en el descrédito permanente una forma de hacer oposición.
Con el Mundial de fútbol, llegaron los visitantes.
Caminaron por nuestras ciudades. Subieron a nuestros trenes. Utilizaron nuestros aeropuertos. Convivieron con la gente. Llenaron plazas, restaurantes y centros históricos. Grabaron videos, tomaron fotografías y compartieron con el mundo una realidad que no coincidía con la historia que les habían contado.
Las redes sociales hicieron el resto.
Millones de publicaciones comenzaron a mostrar un México moderno, vibrante, hospitalario y orgulloso de sí mismo. Un país capaz de organizar un evento de talla mundial, de recibir visitantes de todos los continentes y de proyectar una imagen muy distinta a la que algunos insistían en difundir.
Y lo más interesante fue que nadie necesitó imponer esa narrativa.
No hizo falta una campaña gubernamental.
No hubo un despliegue propagandístico para apropiarse del éxito deportivo. Incluso la propia presidenta dejó claro que el triunfo pertenecía a la selección mexicana y a sus jugadores, no al gobierno.
Esa actitud permitió que la conversación fluyera de manera natural. Fueron los propios turistas, los aficionados y millones de usuarios quienes se convirtieron en los mejores promotores del país.
Por eso el impacto ha sido tan profundo.
Cuando una percepción cambia por la experiencia directa, resulta mucho más difícil volver a imponer los viejos prejuicios.
Naturalmente, México sigue enfrentando desafíos importantes. Nadie sensato afirmaría lo contrario. Pero una cosa es reconocer los problemas y otra muy distinta reducir a toda una nación a una caricatura permanente del desastre.
El Mundial permitió que millones de personas vieran un país real: con fortalezas, con retos, con infraestructura, con capacidad de organización y, sobre todo, con una sociedad que sabe recibir al mundo con entusiasmo.
Quizá ahí radique la mayor frustración de quienes durante años apostaron por presentar a México como un país sin futuro. La realidad terminó hablando por sí sola.
¿Cómo podrá la extrema derecha superar esta goliza futbolera?
¿Cómo decirle al país que vive en la desgracia cuando la nación entera siente todo lo contrario?
El Mundial fue solicitado por un gobierno neoliberal prianista. Quién lo diría: se iba a convertir en la última palada para enterrar al viejo régimen corrupto.
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YA NI LAS SALSAS PICAN…
Vivo en la Condesa y he sido testigo de cómo, de manera muy acelerada, a partir de la pandemia de COVID-19, se incrementó el número de extranjeros. Si bien la mayoría proviene de Estados Unidos, también han llegado muchos de otros países de Centro y Sudamérica.
¿En qué se nota este fenómeno?
De entrada, en la pérdida de la convivencia vecinal. De vecinos que nos saludábamos, nos sonreíamos y nos deteníamos a conversar unos minutos, hemos pasado a convivir con gente desconocida, indiferente y, muchas veces, con acento extranjero.
Los vecinos que durante años vivimos en la colonia de los “quince minutos” —porque todo queda cerca: Insurgentes, Paseo de la Reforma, Chapultepec, el Centro, el Metro, el Metrobús, el Trolebús, los parques, los restaurantes, las plazas comerciales y los cines— tuvimos que emigrar ante el aumento de las rentas.
Pero debo detenerme un momento en este punto.
Se habla de los dueños, desconsiderados y ambiciosos, que han incrementado los precios de las rentas. Sin embargo, poco se habla del subarrendamiento: de los vecinos que se fueron de la Condesa o de la Roma, pero que no abandonaron los departamentos que rentaban, sino que los subieron a Airbnb para ofrecerlos a extranjeros que van de paso o que, gracias a sus ingresos en dólares, pueden pagar sin temor a quedarse sin dinero para la despensa.
Airbnb es una plataforma mucho más conocida por los jóvenes que por los viejos propietarios de casonas y edificios de esta zona de la ciudad. Por tanto, el subarrendamiento se ha convertido en un emprendimiento de las nuevas generaciones, que se ocultan hábilmente detrás del fenómeno de la gentrificación.
¿Qué está provocando este fenómeno?
La realidad es que esta problemática no es tan reciente.
Durante mi estancia de varios años en Tijuana pude ver cómo amplios corredores de fraccionamientos entre Playas de Tijuana y Rosarito, con vista al mar, eran propiedades prácticamente exclusivas de estadounidenses. Esto ocurría diez años antes del nuevo siglo. Ya entonces se decía que eran casas para jubilados “gringos”. Incluso se comentaba que tenían playas prácticamente exclusivas o con acceso restringido para el resto de la población.
Hoy, en Tijuana, existe un verdadero boom inmobiliario. Decenas de edificios se están construyendo. Pegada a San Diego, donde rentar un departamento en el downtown puede costar 2,500 dólares mensuales —con sueldos de alrededor de 3,500 dólares al mes—, cruzar la garita de San Ysidro y arrendar en México por la mitad de ese precio resulta una auténtica ganga.
Con ello, los nuevos migrantes extranjeros han desplazado de las zonas céntricas a los antiguos vecinos. Es un hecho que las enormes torres de departamentos que hoy se levantan están dirigidas al jugoso mercado inmobiliario de los extranjeros.
La gentrificación en Tijuana es de un salvajismo evidente y nos ilustra una de las raíces del problema: una clase media estadounidense incapaz de sostenerse con sus propios ingresos y que busca opciones más económicas al otro lado de la frontera.
Anteriormente, los jóvenes que iban a la universidad ya no regresaban a casa. Durante sus estudios vivían en espacios que las propias universidades ofrecían —claro, con cargo a su deuda estudiantil— para, al terminar la carrera, rentar su propio departamento.
Hoy, con la precarización laboral, con menos oportunidades de empleo, con salarios que han sido rebasados por la inflación y sin incrementos salariales suficientes, muchos jóvenes estadounidenses deben regresar a vivir con sus padres. La deuda estudiantil que deben pagar durante años, los elevados costos de la vivienda y sus bajos ingresos no les permiten independizarse. Su antigua recámara familiar vuelve a convertirse en la solución.
Ellos están viviendo lo que las familias mexicanas padecen desde los años ochenta o noventa. Sin posibilidades de hacerse de un terreno o de acceder a un crédito para una vivienda que, además, suele encontrarse hasta “Juan de la fregada”, terminan viviendo con los “jefes” o con la “jefa”, ahora con esposa e hijos incluidos. Muchos construyen un cuartito arriba; luego otro hijo se casa y construye otro más encima. Así, generación tras generación.
La gentrificación es, quizá, uno de los mejores ejemplos del colapso y del fracaso del capitalismo: de la acumulación de la riqueza en muy pocas manos, mientras millones de personas se convierten en nómadas económicos que desplazan a otros y estos, a su vez, desplazan a otros más.
En los matices, muchos de los migrantes provenientes de Estados Unidos llegan a México con ínfulas de superioridad, producto de la cultura hegemónica en la que crecieron. No hablan español, no se integran a la cultura local, les molesta nuestra música y hasta piden salsas que no piquen.
Cuando, en realidad, representan el fracaso de una clase media estadounidense empobrecida que termina desplazando a una clase media mexicana igualmente empobrecida.
La gentrificación es un tema muy amplio y sobre el que mucho se ha escrito en estos días.
Este es simplemente mi punto de vista sobre el asunto.
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(*) Analista político. (Diego Vega es su seudónimo).
Fuente primaria en FB: https://www.facebook.com/diego.vega.103899