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Hoy, en este momento, Ecuador necesitaba más un triunfo que la selección de fútbol de México.
¿Por qué me refiero a un país —Ecuador— frente a nuestra selección de fútbol?
Porque Ecuador, como nación, vive el desastre de un gobierno de derecha, indiferente a las necesidades de su población; sufre el desprestigio político por haber atentado contra una embajada —la de México—, enfrenta una economía asfixiante y un problema energético que paraliza al país durante horas, todos los días.
Lo mismo podríamos decir del resto de los países de Centro y Sudamérica. Naciones donde se diluyó el espíritu de soberanía; donde el orgullo de pertenencia se convirtió en un cliché y crece la sensación de transformarse en una colonia o una plantación del imperio norteamericano.
Sí, a todos esos países no les queda más que arañar un buen resultado futbolístico, pues, en todo lo demás, las derrotas son contundentes.
En México, triunfe o pierda la selección de fútbol, no se detendrá el tren del progreso. Las obras públicas seguirán multiplicándose. Los programas sociales (via constitucional) continuarán apoyando la economía de millones de familias mexicanas.
Se seguirán construyendo hospitales y escuelas. Y el bienestar social continuará avanzando para alcanzar, cada vez más, hasta el último de los mexicanos. *
Hubo un tiempo en que los mexicanos esperábamos un Mundial con la esperanza de que pasara un milagro. De que México pudiera ganar en algo.
No porque creyéramos que once jugadores podían resolver nuestros problemas, sino porque, cuando todo parecía derrumbarse, al menos quedaba la posibilidad de gritar un gol.
Era el único instante en que el orgullo nacional podía levantar la cabeza. El país se debatía entre crisis económicas, devaluaciones, inflación, desempleo, fuga de capitales y gobiernos incapaces de ofrecer un horizonte de esperanza.
Entonces se decía: “México necesita un triunfo.” Y sí. Lo necesitaba.
Necesitaba una alegría que rompiera el PESO DE LA DESESPERANZA. Pero, ese México ya no existe.
En este momento, mientras escribo, México gana 2 a 0 y saboreo un nuevo triunfo de la Selección Nacional. Sí, la Selección Nacional Avanza. Hace vibrar al país. Las plazas se llenan de familias. Las calles estallan en abrazos. Los claxon suenan como si anunciaran una fiesta largamente esperada. Miles de gargantas gritan un mismo nombre: México.
Pero esta vez el festejo tiene otro significado.
Hoy la victoria ya no parece un oasis en medio del desierto.
Parece una bandera más ondeando sobre un país que muchos sienten caminar con mayor confianza.
Cuando un pueblo comienza a sentirse orgulloso de sí mismo, los triunfos dejan de ser excepciones y empiezan a formar parte de una misma historia. La historia de una nación que vuelve a creer en sus propias capacidades.
Por eso resulta tan difícil convencer a millones de mexicanos de que viven en un país derrotado cuando salen a las calles y encuentran un pueblo celebrando, cuando observan grandes obras transformando regiones enteras, cuando perciben estabilidad, cuando sienten que México vuelve a ocupar un lugar relevante en el escenario internacional y cuando una presidenta mantiene un amplio respaldo ciudadano.
No significa que todo sea perfecto. Ningún país lo es.
Pero tampoco significa que todo esté perdido.
Y ahí radica la enorme batalla de nuestro tiempo.
Mientras algunos insisten en pintar un México condenado al fracaso, millones responden con otra imagen: una plaza llena, una bandera ondeando, una familia abrazándose después de un gol, un pueblo que recupera la costumbre de sonreír.
El nacionalismo no nace de los discursos.
Nace cuando un país vuelve a reconocerse en el espejo. Cuando la gente deja de agachar la cabeza. Cuando el orgullo deja de ser nostalgia y se convierte en presente.
Quizá por eso hoy el triunfo de la Selección pesa distinto. Ya no carga sobre sus hombros la obligación de salvar el ánimo de toda una nación.
Hoy simplemente se suma a un sentimiento que ya recorría las calles. Se trata de unos goles que no intenta tapar las desgracias.
Que siga rodando el balón. Que sigan ondeando las banderas.
Que continúe el debate político, porque así ocurre en toda democracia.
Pero que nadie se sorprenda si descubre que un pueblo que vuelve a sentirse orgulloso de sí mismo también se vuelve mucho más difícil de convencer de que nació para perder.
Porque hay momentos en la historia en los que las victorias dejan de ser accidentes. Y comienzan a convertirse en una costumbre.
¡Viva México! ¡Viva México, cabrones!
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() Analista político. (Diego Vega es su seudónimo).
Fuente primaria en FB: https://www.facebook.com/diego.vega.103899