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Los mexicanos conocemos el lenguaje del desprecio. Lo hemos sufrido o gozado; hemos sido testigos constantes de ello. Desde la época estudiantil, siendo niños, utilizamos las expresiones aprendidas en casa: ¡Pinche prieto! ¡Güero de rancho! ¡Chaparro! ¡Gorda! ¡Muerto de hambre! ¡Pendejo! ¡Wey! ¡Puta! ¡Maricón! ¿Alguien agregaría una perla más a este rosario? Con seguridad llenaríamos una libreta y faltarían hojas.
Como los salvajes de una tribu, libramos batallas constantes; las piedras vuelan de uno a otro lado. De personalidad hermética, los mexicanos nos amurallamos y, desde nuestra trinchera, defendemos la honra.
Como dijo Octavio Paz, en El laberinto de la soledad: “Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación.”
El desprecio tiene distintos matices, y discriminar es uno de ellos. Los mexicanos podemos caer fácilmente en el racismo y el clasismo. Hemos desarrollado nuestra capacidad de enmascarar el arte de segregar. Los códigos son tan evidentes o tan finos que un extranjero no los llega a identificar, pero un compatriota sí.
Estar a la defensiva es no ser el chingado, porque eso nos convierte en pendejos; y ser pendejo (o tonto) es haber sido conquistado. Y ser conquistado es un estigma, una herida abierta. Es traer la etiqueta de nuestra derrota permanente.
¡No te juntes con la chusma!, diría Florinda Meza. Una actriz que no interpretaba al personaje de doña Florinda; simplemente tenía que ser ella, una mexicana como muchas.
“Para él (Chespirito), Florinda siempre fue la mejor actriz del mundo, la mejor cantante, la mejor escritora, la nonpelustra, perdón, la non plus ultra (“no hay —nadie— más”)… Creo que por honestidad tengo que decirlo: Florinda siempre tuvo ‘gatos en la barriga’, como se dice en el ámbito taurino. Los españoles le dicen ‘mala leche’. Los rancheros, ‘ser caviloso’.” (Las confesiones del Profesor Jirafales. Roberto Ponce, Proceso).
Esa escuela llamada Televisa ha perfeccionado, con sus programas, nuestra habilidad para herirnos mediante la burla y el chiste. En el fondo, ha minado hasta la médula la autoestima de su teleaudiencia y representa una de las raíces que alimentan el odio entre los mexicanos.
Por estos días, la derecha mexicana saca los resentimientos y lanza mentiras y vituperios, queriendo despedazar a quien considera culpable de los problemas del país: el presidente Andrés Manuel López Obrador y la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. En realidad, se mira en un espejo donde se refleja y se burla de sí misma. Cuando grita: ¡Pendejo!, el eco se le regresa; la resonancia responde: ¡Mira quién habla! Como escupir hacia un ventilador.
La derecha tiene abollada la autoestima. Es la triste figura en un lugar de La Mancha cuyo nombre ha olvidado: México.
Pero las frustraciones y los resentimientos son un fenómeno colectivo en nuestro país.
¿Qué hacer? ¿Cómo superar los traumas? ¿Por dónde empezar?
¿Qué tal por nosotros mismos? Temperar el lenguaje, usar menos adjetivos y más verbos. Colectivizar el amor y el respeto. Extranjerizar el nacionalismo —ya que somos tan buenos anfitriones con los de afuera—. Derribar las barreras que nos separan.
Empecemos en casa, con nuestra pareja e hijos, con la familia. Que los hombres tomen las escobas y laven los platos; que las mujeres administren las tareas; y que los niños aprendan de la igualdad de derechos y obligaciones. Hay que limpiar la patria empezando por nuestro propio hogar.
Comprendamos que las diferencias no son una desventaja, sino elementos que nos enriquecen. ¿Cuándo empezamos?…
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¿SABÍA USTED ESTO?…Por Diego Vega (*)
Ahora que buena parte del gabinete de la presidenta Claudia Sheinbaum está integrada por egresados de la UNAM, vale la pena recordar un dato poco conocido y curioso: durante el gobierno de Evo Morales, el gabinete boliviano llegó a tener más egresados de la Máxima Casa de Estudios de México que el gabinete del presidente Felipe Calderón, integrado mayoritariamente por egresados del ITAM (Institución superior privada cuyo costo es de 160 mil pesos, o 9 mil dólares semestrales).
La diferencia no era menor. Mientras Bolivia -a pesar de sus problemas internos- atravesaba un periodo de fuerte crecimiento económico, reducción de la pobreza y fortalecimiento de sus finanzas públicas, México, pese a disfrutar de los precios internacionales del petróleo más altos de su historia, incrementaba su endeudamiento. Al mismo tiempo, Pemex, que recibía ingresos extraordinarios, veía crecer de manera sostenida sus pasivos y su carga financiera.
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(*) Analista político. (Diego Vega es su seudónimo).
Fuente primaria en FB: https://www.facebook.com/diego.vega.103899