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La Paz (4/06/26). Todos los que están buscando culpables los encuentran. Y no sirve de nada, apenas para seguir rabiando impotentes. Pero, como siempre, el verdadero enemigo es el poder. O, mejor dicho, esos turbios intereses personales que están detrás del poder.
Un amigo querido que trabaja en el extranjero me dice: “Es hora de tomar posición. Si yo estuviera allá, estaría luchando”. Le respondo, con tristeza: “Fácil es hablar. Lo difícil es sobrevivir cuando tienes hijos”.
Hay muchas familias que no tienen qué comer. En los mercados se ve cómo muchas personas preguntan los precios de los productos que llegan y se van con las manos vacías. Antes de esta desgracia era complicado, ahora es peor.
Unos dicen ser los líderes del pueblo y obedecer su voluntad. Otros dicen ser los líderes electos por la mayoría. Pareciera que todos mienten. Estado de decepción, decimos, riendo sin reír, ante la sospechosa intransigencia y previsible inmovimiento de ambos frentes. Ojalá pronto se solucione, dijo un buen bromista que a ratos se cuelga la medalla presidencial para mirarse ante el espejo, dios mediante.
“Qué valentía la del pueblo boliviano”, me dijeron otros amigos extranjeros, “ojalá aquí tuviéramos la misma capacidad de sacrificio para luchar”. Y pienso que la valentía es como un alimento, que puede ser útil, pero si se queda más tiempo del necesario bajo el sol en las carreteras, termina pudriéndose.
Qué decepción, asco y vergüenza cuando los manifestantes agreden o provocan la muerte o el sufrimiento de niños o personas inocentes. Son iguales a esos tontos que quieren salir con lanzallamas o que dicen que nunca más consumirán nada del campo, “para que estos indios aprendan”. Decepción, asco y vergüenza. Como pedradas en la cara.
Somos un país partido en dos y profundamente racista. Hay que aceptarlo. De nada sirve ocultar la basura debajo de la alfombra. Estamos condenados a vivir juntos. Los que no quieran hacerlo, pueden irse afuera. Quizás ese es el gran problema del que esa gente del poder –oficial o sindical– se aprovecha en beneficio propio.
Algún día pasará este problema, pero seguiremos aquí, con las mismas heridas. Muchos creen que la solución a la violencia es más violencia. Pero esto generará o profundizará todavía más las heridas existentes. El problema retornará, un poco más grande cada vez y quizás, en algún momento, ya no habrá marcha atrás.
Se me ocurre una idea loca, ingenua tal vez: respetémonos. Dejemos de ver en el otro un tonto del que podríamos aprovecharnos, como hace este Gobierno e hicieron los anteriores (¿es demasiado pedir que cumplan lo que prometieron en campaña y dejen de gobernar a decretazos buscando el beneficio de sus socios?). Quizás si en la vida cotidiana, existencia hormiga, nos acostumbramos al respeto mutuo, algún día nuestras instituciones puedan ser igual de respetuosas con el pueblo. Pienso que solo el respeto auténtico puede ayudar a curar esas terribles heridas que arrastramos desde siempre o, por lo menos, cicatrizarlas para que la rabia no se expanda.
Escuché en el taxi, que tomamos en ausencia de minibuses, mientras el conductor evitaba a un bloqueador que se nos acercaba con una piedra, a una señora de pollera decir: “Me he equivocado. Hemos votado por el Lara. Era que vote por el Tuto nomás”. Señora, quise responder, ese señor ya hubiera sacado a los milicos y ahora habrían muertos y, como Goni, ya se hubiera fugado en un helicóptero con lingotes de oro del Banco Central y estaríamos en una incertidumbre peor. Y nada, quizás Paz lo haga pronto. ¿Es mejor la inacción, entonces? No. Ojalá este Gobierno hubiera tenido la voluntad de salir de la burbuja en la que vive y resolver, en su momento, con humildad, cada problema que surgía a su debido momento. Quizás ya sea tarde y se aproximen, una vez más, horas oscuras por culpa de esta incapacidad.
Suspiro: qué ganas de que la sede de Gobierno se vaya a cualquier otra parte. De tanto ojo por ojo ya ni siquiera estamos tuertos. Suspiro: qué malditas ganas de viajar lejos y olvidarme de todo esto. Y una señora, campesina, que respeto mucho, me dice: “Ya deberían salir nomás los militares”. “¡Pero usted me contó cómo baleaban gente en el Laikacota y vimos cómo asesinaron en octubre, aquí en Ovejuyo!”. Es la desesperación la que habla. ¿Qué hemos hecho para merecer este castigo? Quizás permitir que exista una estructura corrupta que impide que los mejores ciudadanos, los más honestos y capaces, más allá de las diferencias raciales, nos gobiernen. Por eso se instalan roscas en todas partes, en todos los ámbitos de nuestra existencia boliviana y ahora estamos así, bloqueados, sordos, mudos, hambrientos, rabiosos, impotentes, gritones, desamparados y arrepentidos. Suspiro: qué maldita desgracia que seamos tan alérgicos a la honestidad.
La rabia en las redes sociales y en las calles es insoportable. ¿Cómo será en la intimidad de las casas? Este es un país que, en general, es muy cruel con sus niños. Y esos niños se convierten en adultos y esto es lo que tenemos todo el tiempo, el ciclo eterno de la rabia.
Respetar al otro no quiere decir dejar de ser crítico. El silencio puede ser tan hipócrita. Y la hipocresía es una falta de respeto.
Tenemos que encontrar otra manera de protestar contra un Gobierno, una en la que el pueblo no sirva de rehén. Cuando bloqueas, no perjudicas a un gobernante. “Entre hermanos nos estamos ahorcando”, me dijo mi abuelita, “como siempre, y los de arriba, felices, no saben lo que es sufrir”.
Esto no es una lucha de malos contra buenos. Creo que, en las altas esferas, es una lucha de malos contra peores. Y a veces unos son de este equipo y a ratos del otro. En las bajas esferas, es una pelea entre jodidos contra más jodidos. Y se van intercambiando los papeles. Es un círculo absurdo.
Cómo quisiera tener alguna solución mágica en vez de todo este palabrerío. No tenía ánimos de escribir nada, pero este frío, pero esta tristeza, pero este gris que envuelve a nuestra ciudad, me impulsaron a este pequeño desahogo.
Ojalá se solucione pronto. Ojalá, qué maldita palabra.
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(*) Escritor, novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista y periodista (La Paz, Bolivia 1986). Síntesis biográfica: Es autor de las novelas Lluvia de piedra , El sonido de la muralla (Premio Interamericano Carlos Montemayor, 2016, México) y Reconstrucción. También escribe cuento y obras de teatro. Cuentos suyos recibieron numerosos premios en Bolivia y en el exterior, como el Premio de Cuento “Franz Tamayo”, 2017, Bolivia y el Premio Latinoamericano Edmundo Valadés, 2018, México. Algunos de sus textos fueron traducidos al quechua, portugués, bengalí y alemán y forman parte de diversas antologías nacionales e internacionales.