
Quya Reina en su perspectiva y análisis sociológico contrapone los deseos de separatismo o fragmentación, alentadas desde el periódico El Deber o el influencer Pepe Pomacusi, las experiencias comunes entre indígenas originarios campesinos de cualquier de las más de treinta nacionalidades que habitan en Santa Cruz y El Alto. Pregunta: “Una persona que apellida “Pomacusi”, ¿a qué parte del país pertenecería?” (Aporte, aparte: Pomacusi tiene un origen indígena aimara y quechua. Poma, significa puma andino y Kusi, alegría o felicidad)
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El 21 de noviembre de 2022, El Deber publicó una noticia con el siguiente título:
“Santa Cruz se encamina al día 32 de paro: Calvo pide a los diputados estar vigilantes y plantea revisar ‘qué hacer con un Gobierno que no nos quiere’.”
El Deber hizo algo que pocos medios se atreven a hacer: cambiar las palabras de una declaración. Rómulo Calvo, verbalmente, dijo “qué hacer con un país que no nos quiere”, pero El Deber cambió la palabra por “gobierno”. No es un detalle menor, pues “país” implica una fractura social profunda, pero “gobierno” la reduce a una disputa institucional. Calvo emitió esta declaración en un momento de molestia, pues debía aprobarse una ley del censo que garantizara la distribución de recursos y de escaños para las elecciones de 2025, y la sesión fue suspendida. La demanda general para declarar un censo en 2023 también se veía lejano.
La situación en ese momento era complicada. Santa Cruz tenía 32 días de paro, pérdidas económicas millonarias, la bancada no aprobaba la ley del censo y ya habían cuatro fallecidos durante la movilización. Asumo que a Rómulo Calvo le ganó la frustración y dijo algo que para El Deber era impresentable decir. De todas formas, el bloqueo llegó al día 36, no se resolvió la demanda y el mismo agotamiento del paro determinó su conclusión, con una fractura regional que llevó a una agenda federalista.
Me gustaría detenerme ahí, porque esta es una situación que se repite en los conflictos. El contexto puede ser distinto al momento de hoy, pero hay una característica importante: los conflictos políticos no necesariamente crean las fracturas sociales, sólo las activan. El racismo, el regionalismo, la fractura campo-ciudad están ahí todo el tiempo, latentes en la bolivianidad, y emergen con fuerza justamente cuando una disputa política les da forma. No es casual que en momentos donde se agudiza una crisis, un bloqueo o un paro la convivencia entre bolivianos parezca imposible hasta preguntarse “¿qué hacer con este otro que no me comprende?”. Sin embargo, la realidad demuestra que la convivencia entre bolivianos es real, existe, con sus tensiones, pero existe.
“¿Qué hacer con un país que no nos quiere?” es la frase que hoy fácilmente podría decir un aymara en el bloqueo y es porque distintos sectores, en un momento de frustración, terminan imaginando que existe un país que los desprecia, los ignora o les niega reconocimiento. El problema es que, cuando esa percepción se consolida socialmente, la disputa ya no es contra el poder, sino contra tus mismos pares y emergen frases como “la ciudad sin el campo no sobrevive”, “nosotros somos dueños de este país”, etc. que más que señalar una lucha en común, genera antagonismos que desde el otro lado se reflejan en frases como “nosotros somos los que trabajan, ellos los que bloquean”, “nosotros sí estudiamos, ellos no”.
El problema, además, es que esa lógica simplifica una realidad que ya no es simple: la bolivianidad. Y quizás esa es la razón por la que una población ya no se reconoce en ninguno de los rostros del conflicto. ¿Quiénes podrían reconocerse en Rómulo Calvo en el 2022? ¿Quiénes podrían reconocerse en los dirigentes campesinos y de la COB? Puede haber cargas regionalistas o racistas en no reconocerse en ellos, totalmente, pero creo que el problema es, en este caso, una falta de representatividad de la complejidad boliviana. Y eso no se define sólo por identidades, sino también por ideas, por proyectos, por discursos.
Volviendo al tema de la “convivencia imposible”, una publicación del periodista Pepe Pomacusi Periodista ilustra bien hasta dónde llega esa simplificación: “¡Referéndum ya! Hay que darles independencia. Libres ellos, libres todos, es un gana gana”, dice Pomacusi refiriéndose a la independencia de las personas que él no considera parte de su país, supongo: los bloqueadores. Este tipo de frases solo emergen en una situación circunstancial de hartazgo del conflicto. Es decir, cuando la situación impide ver lo que existe fuera de él y lo que es real.
Lo real es más problemático: collas y cambas conviven. Personas del campo y la ciudad conviven. Indios y “no indios” conviven en un país. Y lo más importante: La Paz y Santa Cruz no son toda la realidad del país, pero quizá sí la explican mejor. La realidad es que esta Bolivia no vive en dicotomías, en blanco y negro. Su vida social atraviesa las fronteras inexistentes que crean personas simplistas de la realidad boliviana.
Por ejemplo, hace poco, Virginio Lema Trigo mostraba uno de esos mapas escolares poco serios, donde ubicaba a los aymaras en un rincón de occidente con una mancha y decía: los aymaras son ellos. Esa dinámica sólo buscaba reducir el impacto de las movilizaciones y el descontento, pero además del sujeto. Los aymaras ya están por todo el país, y de hecho están en las fronteras más allá de Bolivia. Incluso, los quechuas son los que más población contemplan a nivel nacional. Según el último censo, los quechuas son el grupo indígena mayoritario en el departamento de Santa Cruz. Ese dato solo ya desmiente cualquier mapa que pretenda dividir el país en dos.
Los imaginarios de que los aymaras y cruceños pueden independizarse, al menos para mí, son difíciles de sostener porque parten de una ficción: la existencia de un sujeto homogéneo. Los aymaras tienen diferencias de clase, de territorio, de ocupación, de ideología y hasta de proyecto político. Lo mismo ocurre con los cruceños. Muchos tienen origen colla o de población migrante, muchos no se sienten representados por sus élites políticas o económicas, no todos viven en la ciudad de Santa Cruz y no todos interpretan los conflictos de la misma manera. La realidad social es mucho más compleja que las identidades que los dirigentes y autoridades necesitan construir para movilizar.
Estas miradas reduccionistas que piensan que la solución es simplemente fragmentarnos no representan para nada la Bolivia actual. La realidad boliviana es una realidad atravesada por el campo, la migración, la etnia, la cultura, el territorio, el lugar donde se vive y el sistema. Y cuando hablamos del sistema, hablamos de algo concreto y es la desigualdad que para unos es exclusión y para otros es beneficio económico. Los empresarios agroindustriales, los mineros cooperativistas y otros del campo económico, sean collas o cambas, aprovechan su poder político para cogobernar con el presidente de turno. ¿Hay acaso ahí una frontera identitaria? Los mineros hoy son aliados de Paz y los del agro, lo fueron de Evo Morales.
Somos una sociedad que, vista desde abajo, no es tan distinta en uno y otro lado del país: la mayoría es de origen indígena, la precariedad ha sido experiencia compartida para muchas familias y el sistema económico ha empujado a muchos al comercio informal.
Lo que divide a collas y cambas en el discurso político no los divide necesariamente en la vida material. El comerciante informal de El Alto, el vendedor ambulante de Santa Cruz, el transportista de Cochabamba o la familia migrante asentada en el Plan 3000 probablemente comparten más experiencias materiales entre sí que con las élites políticas que dicen representarlos.
El caso del gobierno de Rodrigo Paz lo ilustra bien. Existen problemas que atraviesan a gran parte de la sociedad boliviana independientemente de la región, la identidad o la posición política de cada quien: la gasolina basura, la crisis de combustibles, el deterioro económico, la incertidumbre monetaria, las deficiencias institucionales y los errores de gestión de Rodrigo Paz. Sin embargo, esas experiencias compartidas hoy se han opacado por las fracturas raciales, regionales y del campo-ciudad, por eso aparecen páginas cruceñas o personas como Pomacusi apelando a una separación territorial, cuando esa no es la solución al problema real de las protestas.
El verdadero reto no es buscar una “independencia”, sino convertir ese descontento en algo que pueda ser comprendido más allá del sector que lo expresa. ¿Cómo hacer que una demanda nacida en el campo interppele también a quienes viven en las ciudades? ¿Cómo hacer que una preocupación de El Alto sea entendida en Santa Cruz, Beni o Pando? ¿Cómo construir una causa común en un país atravesado por identidades, territorios y experiencias distintas? Esa es una tarea pendiente para la bolivianidad, pero además para las personas que buscan luchar en representación de esa bolivianidad, porque los problemas compartidos existen, la identidad nacional existe, pero todavía no hemos encontrado la forma de convertirlos en un lenguaje compartido, porque estamos polarizados tanto por el poder, como por nuestros mismos “arrastres”.
Bueh… al final, la solución de dividir Bolivia porque no me siento comprendido es una mofa a los problemas profundos de este país. Si la división del país debe hacerse en función de identidades culturales, regionales o étnicas, ¿dónde ubicamos a quienes vienen de “mezclas”? ¿Dónde ubicamos a quienes migraron? ¿A quienes tienen vínculos familiares en distintas regiones? La realidad boliviana produce demasiados casos ambiguos para que una frontera identitaria pueda sostenerse.
Y de hecho Pepe Pomacusi es la muestra de esa complejidad boliviana. Una persona que apellida “Pomacusi”, ¿a qué parte del país pertenecería?
Publicación tomada de su página FB 31/05/2026
(*) Reyna Maribel Suñagua Copa, conocida como Quya Reyna (El Alto, el 18 de febrero de 1995) es escritora, investigadora y comunicadora aimara nacida en Bolivia.
FUENTE PRIMARIA: https://www.facebook.com/quya.reynascritora, investigadora y comunicadora
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OJALÁ SE ACABE EL SUFRIMIENTO DE LA PAZ.
Mucha gente no está de acuerdo con los bloqueos y marchas, pero lo que ha logrado la COB y los Túpac/Bartolinas hoy es algo muy fundamental: exponer la incapacidad del gobierno frente a situaciones de conflicto.
Y estas situaciones no serán las últimas en este tiempo. De hecho, si Paz sale de esta crisis, probablemente se enfrentará a nuevas movilizaciones en contra de los acuerdos que realizó con los mineros sobre áreas protegidas, el tema recurrente de la gasolina basura, resistencia a reformas parciales sobre leyes vinculadas a recursos naturales o, incluso, protestas sobre problemas de administración con la Gestora. Problemas que hoy están pendientes justamente por la situación crítica del país, pero que explotarán en su momento.
¿Cómo responderá a ello Rodrigo Paz? Si lo hace como hasta ahora, probablemente solo estamos aplazando un momento que llegará más temprano que tarde. Lo significativo es que hoy, a diferencia de los primeros días de los bloqueos, la clase media ya no ve con indiferencia o como algo descabellado un cambio de presidente.
La misma gente afectada por los bloqueos se da cuenta que el presidente no responde a sus preocupaciones y le encarga el destino del país a “Dios mediante”. Mientras tanto, la población se hace preguntas recurrentes sobre cómo se administra el conflicto y la solidaridad internacional: ¿dónde está la ayuda humanitaria? ¿Por qué los vuelos solidarios priorizan al privado?… ¿Por qué el gobierno no hace nada?
Lo cierto es que hoy la palabra “revocatoria” ha aparecido como una posible salida al conflicto. Y quizás es porque lo que une a bloqueadores y a bloqueados es una misma sensación: la ausencia de un presidente.
Publicación tomada de su página FB 1/06/2026
(*) Reyna Maribel Suñagua Copa, conocida como Quya Reyna (El Alto, el 18 de febrero de 1995) es escritora, investigadora y comunicadora aimara nacida en Bolivia.
FUENTE PRIMARIA: https://www.facebook.com/quya.reynascritora, investigadora y comunicadora
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