Artículos de Opinión

ADIÓS, ADIÓS, MUNDIAL QUE CONOCIMOS. Por Ulises Paniagua (*)

Por Fidel Flores mayo 29, 2026

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Extraño el futbol, el de antes, el verdadero. La era de los Mundiales que presenciamos va quedando lejos, ante un paradigma que surgió, con fiereza, en Qatar 2022. El color dorado que engalanó aquel evento pletórico de jeques, el oro de los anuncios en la televisión, en las redes sociales y en la capa de los triunfadores, era en sí un presagio. Algo estaba por cambiar bajo la más pura ostentación. Atrás quedaba el Mundial como consuelo de pobres según la realidad posmoderna. También el viejo futbol como refugio, aquella “recuperación semanal de la infancia” de la que habla Javier Marías abordando el deporte de las patadas bajo una mirada tierna.

Esta es una nueva etapa lejos de los ídolos que, para la barriada, eran santos en ascensión a la gloria. Es el momento donde aparecen, por ejemplo, las casas de apuestas como jugosas inversiones, allí donde la especulación puede modificar resultados. De este modo, la Copa del Mundo que se disputa en 2026 debería ser motivo de orgullo y celebración, pero ante los tiempos que corren genera más dudas que ensueños. De acuerdo a un artículo publicado por “El economista” en 2025, “el mercado de apuestas deportivas representó en México más de 3,000 millones de dólares al año”. Dentro de ello, el fútbol es el deporte que concentra la mayor cantidad de apuestas. La digitalización, por cierto, ha otorgado a los momios un rol importante dentro del ecosistema económico. En la actualidad, “las cuotas se actualizan en segundos gracias a la tecnología y los sistemas que analizan las estadísticas”. En el mundo del deporte, el momio es el rey. No es extraño conocer casos donde un jugador o un equipo apostó contra sí para lograr un negocio fabuloso. Si estas cifras dominan a México, ¿cómo andarán los asuntos a nivel internacional? Imaginemos la derrama económica que deja un Mundial dentro de este universo.
La FIFA ha perdido el rumbo. En esta novedosa modificación mundialista se ha planteado una pregunta absurda: ¿si puedo montar un negocio rentable con 32 equipos, por qué no aumentar la capacidad a 48? Nicolás Samper, periodista bogotano, afirma que “un mundial de 48 equipos ya no es un mundial”, sino “un invitacional en donde se factura muy bien”. Las ambiciones al respecto son terribles. Juan Villoro, en su libro “Los héroes numerados” expone un caso que aparece también en el documental “Los entresijos de la FIFA”. Villoro refiere una investigación del FBI, llevada a cabo en las oficinas de la FIFA en 2015, donde se confirma un rumor a voces: “las sedes conseguidas por Rusia y Qatar para los mundiales de 2018 y 2022 se obtuvieron con sobornos”. El 2026, según se sabe, Estados Unidos lo consiguió por presión, con cierto cohecho social y mucha insistencia. El país de las barras y las estrellas no es tonto, sabe que la realización de esta justa generará ganancias exponenciales.
Corrupción ha existido siempre, desde luego. Si no lo creen, quedan invitadas e incitados a conocer algunos datos sobre Joseph Blatter, antiguo presidente de la FIFA, quien ni siquiera es un hombre de futbol sino un hábil administrador que vio oportunidades en un deporte que con franqueza no le interesa. Gianni infantino, por su parte, tras la destitución de Blatter ha pasado de ser la esperanza de la federación a convertirse en una pesadilla de amiguismos e influencias, brindando apoyo y beneficios a ciertos equipos y contadas figuras ¿Cuáles? Las que el cuantioso mercado dicte.
Al respecto de lo oscuro que habita en el deporte del “calcio”, Villoro cita los turbios eventos de Argentina 78. Narra cómo el dictador Jorge Rafael Videla llegó, en las finales de aquel Mundial, a visitar el vestidor de cierto equipo para intimidarlo, siempre apoyado por Henry Kissinger (personaje estadounidense, artífice del gran negocio del futbol en Estados Unidos). Sobre el partido de Argentina contra Perú (en un certamen que dio su primer campeonato al país sudamericano), se rumoran sobornos hacia los jugadores de las tierras de César Vallejo. Una presión que incluye situaciones económicas cuantiosas: “En 1999, el periodista inglés David Yallop publicó … ¿Cómo se robaron la Copa?”, donde “enumeró como donativos oficiales del Gobierno argentino treinta y cinco mil toneladas de granos, el descongelamiento de una línea de crédito a Perú por cincuenta millones de dólares, y sobornos menores a funcionarios mediante cuentas de la Armada”. El antiguo juego, nacido sobre el césped inglés, había perdido la esencia que hizo exclamar a Albert Camus: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”.

Extraño lo que fue. En otros años se quería y se creía: se amaba a la camiseta nacional y se depositaban las ilusiones en ella, quizá con candidez patriótica y festiva, pero humana. Los goleadores besaban el escudo con pasión. Veías correr a los jugadores sobre el terreno, locos de emoción, al estilo de Luis García en Estados Unidos 94 o de Marco Tardelli en España 1982 (cuando anotó el gol del triunfo en el considerado el partido del siglo XX, la dramática semifinal entre Alemania e Italia). El romance de los once jugadores con el público era auténtico. Al menos quedaba la ingenuidad como desahogo. Hoy, la relación con el crack es más un asunto de compromiso comercial o interés mercadotécnico; los jugadores se han convertido en marca, los hermanos o los padres son sus apoderados y miran a la estrella como una fuente de dinero para la familia. Basta ver los documentales sobre los casos de Neymar y Ronaldiño para comprender lo que menciono.
¿A dónde fueron nuestros héroes? Muchos siguen ahí, pero bajo la captación de los grandes intereses. Es probable que, por ello, el futbol femenino, más auténtico, esté cobrando fuerza al paso de los años. Es lógico: no está tan manoseado, y si intentan tocarlo se llevan la refriega que se ganó el directivo Luis Rubiales ante las jugadoras españolas, campeonas mundiales del 2023.
“La pelota no se mancha”, declaró Maradona en medio de turbulentos años donde se negó a participar en las corruptas propuestas de João Avelange, según se sabe, y por lo cual el entonces presidente de la FIFA se vengó del “pelusa” a través del arbitraje en la final de Italia 90 donde Edgardo Codesal marcó un penal más que dudoso a favor de Alemania -que a través de la pierna de Andreas Brehme brindó a los teutones su tercer título- (ganarían uno más en 2014).

El Mundial se convierte en especulación. Las empresas buscan hacer negocios indignantes. El precio de un palco en Estados Unidos para ver cinco partidos ronda los tres millones de pesos mexicanos, esto es, 173, 000 dólares. En México, los precios de los boletos oscilan desde los 3,500 hasta los 7,000 dólares por partido, sin considerar el costo del consumo y el estacionamiento (el gran negocio del cartel de los franeleros). En nuestra nación se estima que el Mundial 2026 dejará una derrama económica histórica cercana a los 3,000 millones de dólares, y contendrá a más de 5 millones de visitantes. En la Ciudad de México, por su parte, la derrama podría superar los 26,000 millones de pesos.
En cuanto a este último tema, por cierto, jamás había visto obras tan mal realizadas (y lo digo como arquitecto) dentro de avenidas principales como Tlalpan, o estaciones del metro remodeladas “a la carrera” para albergar un evento tan importante como lo es la Copa del Mundo. Dichas estaciones son peligrosas en su intervención, y espantosas en su diseño. El único fin de quien dirige tales obras parece ser ejercer un presupuesto cuantioso, con premura, en trabajos que aún no concluyen a diez días del juego inaugural. “Una verdadera vergoña”, exclamaría el conductor televisivo Christian Martinolli.
Es quizá por todo esto que la gente comenta con frecuencia que no se percibe el ambiente mundialista. El director Alejandro González Iñárritu, estrella del cine internacional, lo externó así ante la prensa de forma reciente.
¿Qué extraños aires corren entre los estadios y la afición? Esta Copa no tiene subsistencia orgánica, es una simulación emocional. Sin embargo, la gente es tan maravillosa y el pueblo tan espléndido, que conseguirán sin duda resucitarla a pesar de todo. Y volverán los cánticos y las pasiones ante un enfrentamiento de once contra otra oncena de diferentes colores.

Aunque algo se habrá perdido. Primero, porque las redes sociales han conseguido una sociedad radicalizada donde la gente, en plan fanático, es capaz de amenazar de muerte a otra persona por no “bancar” a sus ídolos, como me ocurrió en 2022 con el efecto Messi ante cierta comunidad de Argentina (país al que admiro profundamente). Esto conlleva a reflexionar una oportuna afirmación de Umberto Eco, siempre sabio, cuando asegura: “Yo no odio el fútbol, yo odio a los apasionados del fútbol”.
En segundo término, es difícil que un público millonario, el que conforman aquellos pocos que podrán pagar costos tan altos, inyecte de verbena las calles con batucadas, con el ambiente de barra y algarabía que poseen las clases populares. El futbol se ha convertido en un deporte elitista, un privilegio. Traiciona sus propias raíces. Queda apenas esperar lo que ocurra en certámenes próximos. Este experimento económico puede resultar incluso fallido y quizá tengamos que regresar al origen, a la semilla en medio de un gran fracaso mediático.
Ojalá resurjan los fantasmas de lo auténtico por el bien colectivo. Porque el verdadero futbol lo hace la gente. Por ello que, aunque espero que a esta Copa del Mundo le vaya bien de forma atlética (esperando no exista “mano negra” en los encuentros), es que tengo nostalgia de lo sagrado. Es bello que se celebren los Mundiales. Es más bello aún que la gente, la genuina, entone en hermandad y franqueza junto con gente de otras naciones el “Cielito lindo” por plazas y avenidas. Por esto es que extraño el futbol, el verdadero. Porque uno quisiera que volvamos a ser la mentada y tal vez mentida fraternidad que fuimos. Ojalá brille el Mundial a pesar de tantas paladas de lodo y numerosos fajos verdes de billetes, y en el futuro recuperemos la verdad del deporte más amado. Porque como declaró Alfredo Di Stéfano alguna vez: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”.
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Escritor, Periodista, Director del Coloquio Internacional de Poesía y Filosofía (México) Posee una Maestría y un Doctorado con especialidad en imaginarios literarios y urbanos. Ganador del Concurso Internacional de Cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019), entre otros.

Fidel Flores

Acerca de Fidel Flores

Periodista y colaborador en Interés Público.

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