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Nunca me fui del todo del Sur. Basta cerrar los ojos para que el sueño me devuelva descalzo al origen: ahí desempolvo la niñez como quien sacude un retrato viejo, y vuelven mi historia familiar, mis amores tercos y mis ausencias queridas. Transito entonces por senderos que sólo existen dormido, atajos densos de pasado y apapachos de fiebre verde en medio del Gran Chaco. Son destellos imborrables.
Un día de finales de mayo (previo a mi cumpleaños), me hice el regalo de un mate y una hoja en blanco. Escribir es una de mis pasiones: un modo de dejar regados por el mundo fragmentos de mi presente, entre emoción y memoria. La escritura es rigor y oficio y también purga del alma; exige sensibilidad, perseverancia y disciplina. Debo confesar, sin embargo, que soy indisciplinado y que en lo que va del año procrastiné por causas diversas. Aun así, intentaré volver al laberinto, y a la práctica de “vaciar el alma”, porque es vital afilar la pluma y ser consecuente en el mensaje.
Siempre me sedujo la historia, el misterio viscoso del tiempo, el empeño de saber más de los difuntos que nos dieron la vida. Me gustan sus huellas sobre la tierra, la tesitura de sus voces, la coyuntura exacta de sus luces y sus sombras.
Este fin de semana regresé a Coyoacán con Ulises Paniagua, un amigo escritor, y con Carolina Servín, joven fotógrafa. Empezamos por la antigua calle de Francisco Sosa, que antes se llamó Real y cuyos orígenes datan del siglo XVI. Cada paso ahí es minucioso y cada detalle te sumerge en una alucinación sensorial que no pertenece a este siglo. Sosa (nombre de la vía adoquinada), fue un historiador, poeta y periodista que convocaba en su casa a intelectuales, artistas y escritores de su época.
Ulises, -quien nos guía casi con los ojos cerrados- me dijo, que el tramo resguarda sesenta y cinco edificios que la ciudad declaró Patrimonio Histórico, pasamos frente a la Capilla de San Antonio de Padua, levantada en 1768 y que parece mirarnos con desdén; cruzamos el puente del Altillo, que todos llaman Panzacola (por la abundancia de lagartos en la zona) , y vi correr abajo al río Magdalena, flaco y deteriorado por aguas residuales, obstinado de ser el último vivo de la ciudad. Y seguimos por la Casa Alvarado, el ex convento de San Juan Bautista, fundado en 1522, y la capilla de Santa Catarina de Siena, que mira de frente a su jardín del mismo nombre.
Llegamos a la Casa de Cultura Jesús Reyes Heroles, donde se realizan talleres, clases de danzón, ballet, instrumentos e idiomas, entre otros. Bastan sus áreas verdes o cualquiera de sus galerías para entender que el trayecto valió la pena.
El Barrio de Santa Catarina conserva el aire colonial de cuando se escuchaban carruajes y cascos de caballos. Recordé -de antaño- la leyenda tétrica de un militar que asesinó a un pequeño y que luego colgó su cadáver en un árbol de aguacate.
Por eso el callejón breve y empedrado, contiguo al recinto cultural, entre la calle Escondida y Melchor Ocampo, se llama todavía del Aguacate, como si el nombre fuera la única lápida que le quedó al niño, junto a un altar con la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Muy cerca, en la calle Zaragoza 51, la casa Fortaleza del cineasta, Emilio Indio Fernández, icónico museo, centro teatral y cultural. Su interior sirvió como set de filmación a más de 140 películas del cine mexicano. En la entrada nos aguarda una carreta detenida en el tiempo, invitándonos a pasar como si fuéramos extras de una historia que ya se filmó.
No cabe duda: Coyoacán fue el primer asentamiento español en el valle de México, la primera capital del virreinato tras la caída de Tenochtitlán, y hoy sigue siendo capital y epicentro cultural del Sur. Uno camina por sus calles por las mismas de Frida Kahlo, Diego Rivera, León Trotsky, Dolores del Río, Salvador Novo, Octavio Paz y Gabriel García Márquez entre otros, y siente el pasado y sus latidos para entender el rumbo. ¡Qué cosas! El Sur siempre tira de mis pasos como un destino inevitable.
(Santa Catarina, Coyoacán, CDMX a 24 de mayo de 2026)
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(*) Periodista (EP. CSG) y economista (UAM. Azc.)