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Esta semana los mandatarios de las dos principales potencias económicas y militares del mundo se reúnen. Donald Trump y Xi Jinping han mantenido una relación cordial en medio de la guerra arancelaria que implementó Estados Unidos en contra de China.
El presidente republicano visita el corazón del gigante asiático. El encuentro servirá para dirimir diferencias sobre los enfrentamientos comerciales que se han suscitado desde que Trump arribó a la Casa Blanca en enero del año pasado.
Mientras que Trump ha debilitado su imagen internacional en medio de una serie de acciones intervencionistas en el mundo como la operación militar en Venezuela y la guerra en Irán, Xi Jinping se ha posicionado como un líder serio que ha acercado su mano a los países que se sienten ignorados por Estados Unidos.
El mandatario chino ha optado por una política sobria que le está dando resultados, pues mientras Trump ofrece caos e inestabilidad, Xi brinda todo lo contrario, con estabilidad y orden en beneficio de las naciones que impulsan procesos de comercialización.
Desde que Xi arribó al poder en 2013, China se ha configurado en una súper potencia económica y militar, lo que ha representado un riesgo tanto para Japón como para Corea del Sur, que observan con preocupación el interés imperialista chino, que ha optado por el crecimiento de sus fuerzas militares.
Japón ha anunciado una política defensiva, que no se suscitaba desde la Segunda Guerra Mundial, debido al abandono de Estados Unidos que está obligado a defender a su aliado en la región, por lo cual el encuentro de Trump con Xi también tiene la intención de reducir las tensiones en Asia pacífico.
Trump ha mostrado que Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar del mundo. Su capacidad armamentística es tres veces superior a la china, y por ello Xi ha aceptado una política de contención para evitar una escalada en las acciones violentas entre ambas naciones.
No obstante, Xi también sabe que en el caso de Irán no ha obtenido resultados deseados, y mientras Trump se ha desgastado de forma innecesaria, el gigante asiático observa el escenario geopolítico para revisar una eventual intervención en Taiwán, que se ha rehusado a formar parte de la política anexionista imperialista china.
Xi prefiere evitar que el Congreso de Estados Unidos apruebe la venta de más de 11 mil millones de dólares en armas a Taiwán, mientras que Trump recientemente sancionó económicamente a nueve empresas chinas por haber apoyado a Irán en medio de la guerra.
Ambos líderes son sabedores que tienen la capacidad de determinar el futuro del planeta, y por ello se trata de un encuentro de profundo interés para el mundo, ya que la mayoría de los principales conflictos que se registran podrían desaparecer si aceptaran acuerdos los mandatarios de las dos potencias.
Aunque Trump quería debilitar a China con su agresiva política arancelaria, inmediatamente se percató que esta postura implicaba un encarecimiento significativo de los productos que consumen diariamente los ciudadanos norteamericanos y por ello ha cesado en sus acciones coercitivas contra los asiáticos.
En tanto, Xi revisa que su homólogo estadounidense está solo en medio de sus enfrentamientos con la Unión Europea, a la cual ha acusado constantemente de depender constantemente de Estados Unidos, y con una débil posición interna ante las críticas crecientes en su contra de la propia ciudadanía.
Desde la Revolución China de 1948, Estados Unidos ha asumido un rol de protección a los antiguos nacionalistas que fueron desterrados del Ejército rojo que encabezó Mao Zetung, y por ello un abandono a uno de sus principales aliados en la región sería un efecto de debilidad para la Unión Americana.
El compromiso de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial fue evitar la presencia del comunismo en Asia pacífico, con una férrea protección a Japón y a las naciones que optaron por el capitalismo como modelo de vida social, por lo cual el tema de Taiwán representa una prioridad para la nación más poderosa del mundo.
En tanto, para China el caso de Taiwán también es una prioridad. Desde que implementaron la política conocida como “Una sola China”, ha señalado que se trata de un territorio que forma parte del imperio asiático, por lo cual espera que la debilidad estructural política de Trump represente un margen de maniobra más significativo para los chinos.
China ha decidido no intervenir en las recientes operaciones militares que ha emprendido Estados Unidos en el mundo. Tampoco ha defendido a sus socios comerciales como Venezuela y Cuba, a quienes ha abandonado ante las amenazas intervencionistas de Trump, en medio de una reconfiguración internacional.
El modelo de capitalismo de Estado que ha implementado China también ha servido para favorecer a adversarios de Estados Unidos como Rusia, que desde la llegada de Vladimir Putin ha tratado de reposicionar a los rusos como la otrora potencia hegemónica que disputó el mundo en la Guerra Fría.
China ha apoyado a Rusia, después de que Occidente le cerró la puerta y por ello la cercanía entre ambas naciones ha representado un desafío significativo hacia la hegemonía norteamericana, que ha disputado el control del planeta con sus socios comerciales.
Para Trump, Europa ha representado un lastre y por ello ha exigido que las naciones europeas impulsen un elevado programa de armamiento, aunque para fortuna de Estados Unidos los europeos no consideran tampoco a China como un socio confiable y han decidido reconfigurarse como una fuerza regional de peso con el estímulo armamentístico que representan Gran Bretaña, Alemania y Francia.
Las antiguas súper potencias militares también han decidido militarizarse, hecho que ha colocado al mundo en una situación de mayor tensión que la que se presentaba antes del inicio del gobierno de Trump.
Para la ciudadanía china, la visita de Trump es vista de forma negativa, ya que aseguran que se trata de un presidente beligerante que pretende amedrentar al mundo y por ello la fortaleza de la unidad asiática puede representar la mejor defensa ante las acciones beligerantes que desarrolla en el planeta.
Para Estados Unidos, el acelerado crecimiento económico que ha tenido China a partir de este siglo ha causado preocupación entre las altas esferas gubernamentales, pues aunque la Unión Americana no ha reducido su verdadera capacidad de fuego e incluso la ha ampliado, los chinos han crecido de manera significativa.
Los chinos se han convertido en el principal banco para los países subdesarrollados. Los asiáticos han tenido más presencia en países de África y América Latina, donde los norteamericanos dejaron de intervenir, para hacerse cargo de sus principales recursos naturales.
“La nueva ruta de la seda” ha servido de manera trascendental para los intereses de Xi. Donde Estados Unidos no intervino, China sí lo hizo y por ello se ha consolidado como un actor hegemónico en el sistema económico mundial, con una elevada capacidad de mano de obra.
Así, el escenario de las tensiones entre Estados Unidos y China parece haber quedado en segundo plano, con una clara intención de Trump de tratar de entregar resultados llamativos a la población estadounidense que implique una derrota de los republicanos ante los demócratas.
El caso de Xi es diferente, no necesita legitimarse en procesos electorales, pues prácticamente gobierna el país sin ninguna restricción y de manera indefinida, por lo cual ha tenido que reunirse con Barack Obama y Joe Biden, además de Trump.
Es el mismo caso de Putin, que tampoco debe lidiar con constantes procesos electorales, ya que la democracia tanto para Rusia como para China representa una debilidad sistémica que desacelera el crecimiento económico de sus naciones y limita la “voluntad popular” que decide de manera ciega seguir teniendo a líderes de forma vitalicia.
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(*) Periodista (EPCSG), Posgrado en Políticas Públicas y Humanidades (Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo)