Artículos de Opinión

DÍA DEL PERIODISTA, CRÓNICA Y AUTOCRÍTICA. (Parte I de II). INVESTIGACIÓN PERIODÍSTICA, AGENDA Y DEBATE PÚBLICO: OLVIDADOS. (Parte II de II). Por Fidel Carlos Flores (*)

Por Fidel Flores mayo 11, 2026

10 de mayo, día del periodista boliviano: Introspección, reflexión y autocrítica.
Una noche de canastones y precios.

———- O ———-
(Contenido escrito y publicado en diciembre de 1997, en Santa Cruz/Bolivia).
“¡Todos tienen un precio, incluido los periodistas!”. La frase se oyó como quien pide otra cerveza. El anfitrión la soltó en una salita lateral de su quinta, una de esas casas de campo que en Santa Cruz parecen estancias con aire acondicionado, a las afueras de la ciudad. Había invitados en el patio, periodistas incluidos, pero él hablaba como si no existieran. Como si hablar de comprar a los periodistas fuera una obviedad climática.
El anfitrión era un joven empresario que a finales de los noventa había heredado un partido político, una empresa que ya funcionaba exitosa. Además, una elección atípica le favoreció, con la alcaldía, se encontraba en el cenit de su región, poseía poder, dinero y apellido: un combo completo que, en los noventa, solo bastaba eso para que la gente lo siguiera, riera de sus chistes y lo aplaudiera.
En el patio grande, bajo los focos y el olor a churrasco (asado), reporteros, camarógrafos, gente de prensa de distintos canales y radios comían, tomaban cerveza, y brindaban por la salud de la joven autoridad. Era diciembre, había canastones, había cortesía y alegría de fin de año característico en Bolivia y otros países.
Días antes, en el Concejo Municipal, un concejal (variedad de diputado regional) se había puesto un traje y una nariz de payaso para denunciar al alcalde por malos manejos y presunta corrupción. Un gesto teatral, de los que duran poco: foto, titular y corto tiempo. El mismo concejal, ironía del destino, años despues se convertiría en rector de la universidad pública, y luego en ministro de Defensa. Pero ese momento era un payaso caracterizado, y el alcalde el ofendido. Los abogados entraron en escena. A instrucción directa: acción y contrataque; logrando días posteriores un desagravio público. Así se hacía política entonces.
Yo llevaba pocos meses de vuelta en Bolivia. Quince años afuera alcanzan para volverte extranjero en tu propio país. Había entrado a un equipo de prensa de un noticiero televisivo y esa noche al socializar no entendía bien las reglas. Me senté a mirar y a escuchar.
Después del churrasco vino el ritual. Los invitados y los periodistas pasaban a la sala privada a recoger su canastón. Regalo de Navidad del alcalde a la prensa. En ese contexto, percibí una conducta irregular. No por el regalo, sino por la cercanía. Por la naturalidad con que los periodistas se aproximaban al poder, bromeaban, se dejaban palmear el hombro. Como si fuera un trámite de sometimiento, o aguinaldo extra.
Me molestó —previo— la soberbia del ambiente. Esa manera de decir “los periodistas son fáciles de someter y controlar” como quien dice “sus empleados”. Me levanté molesto por las directas/indirectas. Dejé el canastón, a los colegas, el brindis y todo. Y me fui de la quinta, una hora después logré abordar un microbus de retorno al centro de la ciudad.
La proximidad con el poder y la “zona confortable” de algunos medios (reporteros y presentadores incluidos) no dejaba de hacerme ruido. Esa distancia corta entre el micrófono y el despacho. Ese tufo de connivencia que huele a nota filtrada, a tema que se deja pasar, a agenda pública que se alquila por horas. En el microbus recordé la última frase del anfitrión: “¡Ah!, y va una exclusiva. El lunes ‘el payaso arrepentido’ me pedirá disculpas públicas. Yo, de buen humor, me comeré unos chocolates y asunto arreglado”.
Llegó el lunes. Y pasó. Tal cual. La mayoría de los noticieros lo reportaron. No era noticia. Era cumplimiento de contrato.
Por eso, cuando llega el 3 de mayo, día de la Libertad de Prensa, o el 10 de mayo, Día del Periodista boliviano, pienso que deberíamos usar la fecha para algo más que discursos. Para mirar el gremio como se mira una casa después de una fiesta: con luz prendida y papeles en el piso. Para recordar que el periodismo, si algo es, es rigor, contexto y contraste de fuentes. Para preguntarnos quién paga, quién filtra, quién decide qué se ve y qué no. Para hablar de línea editorial y del agandalle de los dueños sin sonrojarse.
Por cierto, dichos días me llaman la atención cándidas definiciones (clichés) que año con año se repiten sobre el periodismo (en algunos editoriales) por ejemplo: “En el día del periodista debemos recordar que nuestra misión es informar de la mejor manera a la gente para que ésta pueda adoptar decisiones que le convengan. Nuestra función -noble apostolado- implica doble responsabilidad. La primera, cumplir en el trabajo cotidiano los principios ético-morales de la profesión y la segunda, comprender que hemos adoptado individualmente la decisión de ser periodistas para servir a la sociedad”.
O este otro, con historia y todo: “Cada 10 de mayo se recuerda el día del periodista, porque es la fecha en que Mariano Melgarejo mandó a ejecutar en 1865 a Cirilo Barragán… Nuestra obligación es develar los secretos que acompañan al ejercicio del poder…”. Bonito. Pero insuficiente. Porque hoy el poder no siempre se ejerce desde el palacio de gobierno. A veces se ejerce desde la pauta publicitaria. Desde el dueño de un canal que no sabe de periodismo, pero sí de negocio. Y que, si no entiende, no le importa. Entonces aparecen los atajos: contenidos cuestionados, lavado de dinero, opacidad, titulares que gritan, notas que se compran y se venden o silencio cómplice.
Y están los medios virtuales o influencers. Muchos. Demasiados para la población en general. La mayoría con notorio sesgo, financiamiento fantasma, agenda puesta, uso excesivo de inteligencia artificial y bots —aplicaciones de software automatizada para realizar tareas repetitivas, predefinidas y rápidas, simulando comportamientos humanos—.
Finalmente dejo tres reflexiones a mis colegas para ejercer un pensamiento crítico en el oficio y para quien quiera usarlas:
Uno: repetir una mentira sin verificarla no es un error. Es mentir. Aunque después te retractes. La responsabilidad social no se arregla con una fe de erratas.
Dos: la información no es del periodista, ni del gobierno, ni del medio. Es de la gente. Si no entendemos eso, el acceso a la información pública es una farsa bien redactada.
Tres: Es necesaria una constante capacitación/actualización para mejorar la calidad del periodismo, un intercambio de información, fortalecer, compartir, e intercambiar ideas, y metodologías de investigación, además de buscar la necesidad de unirse como gremio, más allá del ego.
Quizás —y me considero entre ellos— los colegas más obstinados en que estas ideas funcionen, buscamos creer en la racionalidad de la humanidad, la cual, en términos generales, intenta imponerse a la trama de un mundo polarizado encaminado a desequilibrios irracionales y trágicos finales. Sí, es un buen deseo, pero también un camino para frenar odios, conflictos y una autodestrucción nacional.

———- O ———-

LA INVESTIGACIÓN PERIODÍSTICA, LA AGENDA Y EL DEBATE PÚBLICO: OLVIDADOS. (Parte II de II).

———- O ———-
(Contenido escrito y publicado en abril de 2004, en Ciudad de México).
En Bolivia, como en buena parte de América Latina, hay dos periodismos. Uno que trabaja desde la zona de confort, con aire acondicionado y micrófono prestado. Y otro que camina la calle a ras de tierra, sin contrato. Los del segundo grupo entran a las seis de la mañana y salen cuando la emisión cierra. Tienen que entregar cuatro, o cinco notas por día. No hay espacio para dudar, para volver, para preguntar otra vez. El rigor se vuelve un lujo y la investigación, una memoria vieja.

Con el tiempo, las redacciones se parecen cada vez más a una maquila. Entra una conferencia de prensa, sale una nota. Entra una declaración pactada, sale otra igual. La diferencia está en el logo del canal. Así se va normalizando un periodismo de superficie: notas de tránsito, partes policiales, entrevistas a modo, publicidad que se disfraza de información. El resultado es una audiencia que se acostumbra a las medias verdades, al escándalo fácil, a una mediocridad que no exige nada.
Basta —sin generalizar—con entrar a grupos de WhatsApp donde interactúan reporteros. Allí, se pasa la agenda, el tema, el audio y las imágenes. Una hora después, los noticieros dicen lo mismo, casi con las mismas palabras, y con la misma jerarquización. No es mala fe. Creo es cansancio nutrido de otras anomias. Así la economía del tiempo se come al oficio.

Cuando uno revisa los principales medios nacionales, lo que sorprende no es lo que hay. Es lo que falta. ¿Dónde están los reportajes? ¿Quién decide qué merece una semana de trabajo y qué se resuelve en veinte minutos? Y reitero la pregunta: ¿cómo se elige un tema?
Ricardo Raphael y Lizeth Vázquez lo dicen mejor: “No es nuevo. Sócrates advirtió que una respuesta correcta solo puede ser hija de una pregunta correcta”. En periodismo eso es todo. Antes que el dato, antes que la fuente, está la pregunta. Se nos puede perdonar una respuesta equivocada. No se nos perdona una mala pregunta. Y es peor cuando llegamos con la explicación hecha, antes de haber tocado el celular, antes de haber caminado la calle.
Una buena pregunta abre el tema. Una mala lo cierra. “¿Cuántas clínicas que atienden pacientes de extrema gravedad cumplen con los protocolos de la OMS?” Esa pregunta tiene recorrido. “¿En los quirófanos públicos se esteriliza como dice la OMS?” Esa también. “¿Qué pasa cuando no se cumple?” Esa es la que incomoda y duele.
En cambio, cuando el periodista pregunta “La mataste, ¿verdad?”, ya no está preguntando. Está afirmando. Está pidiendo que el otro confirme su guion. Si la frase no empieza con qué, cómo, cuándo, por qué, para qué, dónde, cuánto o quién, no estamos ante una pregunta sino ante una —reitero —afirmación disfrazada. Por lo tanto, no es periodista quien fija el tema y exhibe su propia pereza investigativa.

Me acuerdo de una reunión de martes, hace diez años, en El Universal de México. Marco Lara Klahr, jefe de Investigaciones Especiales, juntaba al equipo de freelance. Cada uno llegaba con una pregunta y una hipótesis. Se tenía quince días para entregar el tema totalmente terminado. Después, el reportaje saldría en las páginas centrales del domingo. No había apuro. Había método. Primero investigar. Después comprender. No al revés.
Quizá por eso me parece urgente volver al género que manda en este oficio: el reportaje. Recuperar el tiempo para ir, para ver, para contrastar. No alcanza con repetir lo que dijo la fuente. Hay que repensar el periodismo (pensamiento crítico). En nuestro oficio, todo sirve intuición, olfato, filtración, documento con datos, etc.
No es nostalgia. Es necesidad. Si logramos que el periodismo vuelva a preguntar antes de afirmar, vamos a tener temas que impongan agenda. Y debates que no se agoten en el noticiero central de la noche.
Lo demás es eufemismo y ruido vacío. Y ya tenemos bastante.
———- O ———-
(*)
Periodista (Escuela de Periodismo CSG) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana/Azcapotzalco).

Fidel Flores

Acerca de Fidel Flores

Periodista y colaborador en Interés Público.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *