
—Crónica de un periodista que se interroga a sí mismo frente a un espejo que no devuelve la cara, sino el tiempo, que en si mismo ya es una condena.
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¡Ya lo vi! Es un alebrije de fin de año, de nostálgica mirada, que se arrima —aún más— a lidiar con mi espejo interior, con ese yo que es otro y que me conoce de memoria aunque yo apenas lo recuerde. Ambos se observan, se acicalan como gatos viejos, y después encaminan sus almas hacia inquisidores textos y relatos que piden cuentas. Unas veces atinados, otras ingratos, difíciles o frustrantes, como son los hijos cuando crecen.
En tal senda es imposible detenerse o invocar “falta de tiempo o condiciones adversas”, porque la palabra no entiende de excusas: se va con quien mejor la sirve o la siente, como —a veces— se van las mujeres con quien mejor las mira. Y uno se queda hablando solo frente al espejo, que es la forma más antigua de la soledad.
En ese mundo de espejos y reflejos, escribir es vivir. Quizás para no darnos cuenta de que somos los Pedro Páramo del eterno Rulfo, y que Don Juan se divierte regateándonos tiempo, silencio y soledad, como si fueran mercancías y no lo único que nos queda. Pero se escribe igual, aunque el tiempo cobre caro y el silencio llegue tarde.
Con los años me acostumbré a registrar ideas, conceptos e historias —grabarlas o escribirlas— donde sea y como sea: en servilletas o papeles viejos que se deshacen, hasta en el aire con el dedo, porque tal proceso se convierte en algo obsesivo, transparente, consecuente. No son otra cosa más que mi visión del mundo, incluido yo mismo con mis dudas, alegrías y temores, que son el único equipaje que no pude empeñar.
Ellos vienen, me acechan desde adentro y se revelan en momentos clave, junto a cronopios que a hurtadillas esperan sigilosos, como esperan los acreedores en la puerta. En fin, cuando escribo me comunico conmigo mismo. ¿O no? Porque a veces sospecho que el que escribe es el otro, el del espejo, y yo sólo le presto las manos y el insomnio.
Y así seguimos, el alebrije, el yo y mi otro yo, corrigiéndonos la vida en borradores que nunca se publican del todo…
(Escrito en Ciudad de México, el 24 de diciembre de 2021)
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(*) Periodista (E.P. Carlos Septién García) y Economista (U. A. M. Azcapotzalco)

