
—Crónica de un periodista que no entrevista al mundo: se interroga a sí mismo frente a un espejo que no devuelve la cara, sino el tiempo, que en si mismo ya es una condena.
———- O ———-
Hago un alto, e introspectivo pienso sobre lo que pienso, que es la manera más elegante que tiene uno de tropezar consigo mismo sin pedir disculpas. Y sí, escribir es un acto de comunicación contra uno mismo, una pelea a puño limpio donde siempre pierde el mismo: yo.
Soy un espécimen de periodista viejo que necesita estar solo en medio de la noche para concentrarse, cuando el mundo por fin se calla y los ruidos se vuelven de uno, bullicio que luego se convierten en contenidos consecuentes y textos sin poses, sin piel, a latido vivo, como se proyectan los corazones cuando ya no tienen nada que esconder.
Me describo en textos frente a espejos imaginarios que no reflejan la cara sino el tiempo, el silencio y la soledad, que son las tres edades que tiene un hombre cuando ya no tiene otra. Sigo reflexionando frente a mi antigua computadora azul, encima de una mesa comedor de donde, —por cierto— siempre me corren, porque la literatura no paga la cuenta del mercado y la comida siempre tiene prioridad sobre las páginas. Supongo, gajes de la limitación y la escasez, que son las dos musas que ¡gulp! nunca me abandonan.
Me identifico con Juan Carlos Onetti —salvando las distancias, claro— porque en mi ordenado desorden, entre libros, cuadernos, papeles y notas improvisadas, me veo trazando bosquejos e ideas que luego me ayudan a sumergirme en lapsus de imaginación, nostalgias, alegrías, y circunstancias. Allí me observo, como abriendo un reloj para entender por qué se le detuvo la vida.
Creo que la escritura requiere momentos precisos y un proceso de calentamiento, como los motores viejos y los amores nuevos; después fluye, todo fluye porque no me doy cuenta de que estoy escribiendo, y creo esa es la única forma decente de escribir. A veces refunfuño y sonrío al mismo tiempo mientras clavo el índice izquierdo en el entrecejo de mis anteojos, justo hoy, un Día de Muertos en Tenochitlán, acicalo este tramo de viaje mientras varias incisiones de humedad me cruzan la cara, y no sé si es sudor, si son lágrimas o si es la noche misma que se me está metiendo por los ojos.
Y sigo, porque el que se detiene frente al espejo termina hablando con un muerto que se le parece demasiado.
(Escrito en Ciudad de México, el 2 de noviembre de 2021)
———- O ———-
(*) Periodista (Escuela de Periodismo Carlos Septién) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana/Azcapotzalco).

