

Texto escrito en Ciudad de México, un jueves 19 de enero de 2017:
Expandiendo el vuelo desde muy joven (diecisiete años), y cabalgando vida, sombras, luces y lunas ariscas, a diferentes intensidades, continúo todavía por senderos escarpados desde la primigenia frontera del Chaco, esa que está al sureste del corazón suramericano, caminando con pasos de autoconstrucción, pérdidas, evolución, utopías, sensibilidad, congruencia y también rezagos, porque nadie se libra entero de la condición humana.
En la carretera existencial fui descubriendo que la narración me permitía sumergirme en mis silencios y en mis recuerdos, habitar otras pieles y regocijarme o entristecerme en un sinfín de texturas y circunstancias añejas o contemporáneas, como si cada historia fuera una casa prestada donde uno duerme mejor que en la propia.
De esas introspecciones emergen los momentos iniciales de la evocación. A los cinco años ya iniciaba la primaria, en la escuela Coronel Miguel Estenssoro, por la tarde, y para asistir a ella, en Yacuiba (1)—aquel apacible pueblo frontera donde el tiempo caminaba descalzo—, nos alertaba temprano el ulular de la sirena de la Comisión Mixta Argentino-Boliviana, y después la inconfundible campana de la escuela, ejecutada por Máximo, el portero de la boina, cuyo insistente tan, tan, tan… sentaba sonora presencia en varias cuadras a la redonda, como si tocara a misa para los niños.
Corrían los finales de los sesenta y en el natural bullicio de inicio de clases los padres acompañaban a sus hijos de nuevo ingreso un par de días, después todos iban y regresaban solos, porque la calle también era maestra. En los recreos, el infaltable partido de fútbol: las hordas del primero “A” contra el “B”, todos contra todos, y sólo acababa cuando alguien volaba la pelota al vecino y ésta regresaba, la mayoría de las veces desinflada, como vuelven las ilusiones cuando cruzan un muro.
Al término de la jornada escolar los niños, con la energía propia de la edad, salíamos como potrillos desbocados hacia la calle Santa Cruz donde el juego continuaba sin recreo ni campana, después paulatinamente nos íbamos dispersando al retornar a los hogares, en grupos o solos, porque la soledad también se aprendía temprano.
Una vez que se desató una guerrita con honda y tártagos (2), entre persecución y contrataque, sin darme cuenta me fui alejando hasta los arenales del cementerio del pueblo. De pronto no reconocí el lugar: me había perdido a los cinco años y así estuve dos horas, que en la memoria de un niño son un siglo. Anochecía y asustado lloraba cuando alguien me reconoció —en aquel pueblo primigenio todos se conocían de cara, de apellido y de miedo—. Era Rubén Herbas, un amigo preadolescente.
—Chiquii Floores —me llamó—, vení, voy para la calle Sucre y Comercio… seguíme.
Y así fue. Después de caminar cinco cuadras que entonces me parecieron leguas, ya estaba en casa, nuevamente riendo. No dije nada porque nadie había notado mi ausencia; sólo registré con nitidez tal vivencia. Para siempre.
En casa, con el tiempo, me gané el sobrenombre de “amiguero, callejero”, “siempre pataperreando”, me decían, y yo no estaba consciente del señalamiento hasta mucho después, cuando entendí que los apodos son el primer prontuario que nos hace el mundo. A los nueve había acompañado a mi madre en un viaje a Salta (3), por motivos de salud; como se tuvo que quedar y coincidió con un inicio de clases, sin dudarlo me llevó a la Estación Ferroviaria y me encargó a un ocasional pasajero, don Ayarde, embarcándome en el tren de vuelta a Pocitos, a Salvador Mazza. Eran otras épocas, cuando los niños se confiaban a conocidos o vecinos del pueblo y estos cumplían.
A los doce ya estaba en Santa Cruz y Tarija, luego en un viaje más largo por el eje central de Bolivia por asuntos de comercio de mis padres. No dudaba un instante cuando me preguntaban: ¿quieres ir? De inmediato aceptaba. Así era: inquieto y aventurero, como si la casa me quedara chica y el país fuera un patio.
Cuando surgía algún acontecimiento —fiesta patronal— o noticia curiosa Chaco adentro, me subía con otros niños a la parte de atrás de algún camión, a la carrocería, e íbamos a presenciar el evento o a satisfacer la curiosidad, que en la infancia es un hambre sin pan. Supongo que tenía una facilidad para ser proactivo y empático con personas mayores: les caía bien, no me cobraban transporte y de alguna manera nos protegían, como se protege a los pájaros que se posan sin permiso. Mi precocidad fisgona me había hecho conocer a todos los protagonistas y personajes vitales de esos años, y yo los archivaba sin saber que algún día serían literatura.
A los quince se hizo mi amigo Epifanio Ortiz, un locutor profesional que ante mi insistente interés me dio la oportunidad de hacer un programa de radio, limitado pero entusiasta, llamado “Conexiones musicales”, donde conectaba canciones con un incipiente auditorio local, y con la fe de que algo iba a encender.
Dos años después terminé un conflictivo bachillerato, situación rara y atípica que en la adversidad cohesionó a padres e hijos como no lo hacen las misas. Un grupo de estudiantes habíamos protagonizado una de las primeras huelgas de hambre en aquel distrito. Era la promoción 79 que, junto a sus padres, después de marchas y protestas, había llegado al extremo de lograr su afiliación a la Central Obrera Boliviana, haciendo efectiva una drástica huelga de hambre en instalaciones propias del organismo sindical.
Todo había comenzado con la expulsión del curso completo por indisciplina, y otros factores que repercutió en todos. Viví con ímpetu dicho proceso, apoyando intuitivamente la resistencia y posterior medida, a pesar de estar convaleciente de una cirugía reciente, porque hay dolores que no admiten reposo. De tales circunstancias conservo dos fotografías testimoniales. En aquellos aciagos contextos quedó registrada la solidaridad, la desesperación, la valentía, el coraje, la alegría y el llanto de algunos padres. Al final nuestras peticiones fueron concedidas. Una victoria y una experiencia inolvidable, de esas que no caben en el diploma.
Vendría después el viaje de promoción, vacaciones de invierno, con aventuras extremas incluida una donde cerca de Cochabamba casi se incendia el bus donde viajaba el grupo; luego un viaje en avión, en tren, dormir en el suelo con un frío cercano a cero grados en La Paz, qué importaba si de fondo escuchábamos a Agnetha y Frida de ABBA interpretar “Chiquitita” y la noche se volvía menos huérfana.
Luego, ¿Salta o La Paz? (4), era el dilema para continuar estudios, apoyado por mis padres. La Argentina en ese tiempo transitaba uno de sus peores momentos, la guerra sucia y la dictadura militar, las desapariciones forzadas de civiles y estudiantes eran múltiples —luego se conocería la cifra: treinta mil—. En La Paz, después de la asonada golpista del coronel Alberto Natusch Busch y su posterior renuncia, pensábamos que había pasado lo peor, porque se vislumbraba una tímida democracia como quien ve un árbol en el desierto. Tal situación favoreció mi traslado a La Paz por un año, pero no fue así: el sistema democrático otra vez fue agredido, me tocaría vivir el último golpe militar en Bolivia, el de 1980, y sus nefastas consecuencias que ocasionaron muertes, exilios y autoexilios, que es el exilio que uno se impone para no dar el gusto.
Así llegué al México de 1981, enero y de allí a otros países, pero siempre regresando a la histórica y cautivante Tenochtitlán, integrándome a su vida universitaria y social, incluidos conflictos, y con el paso del tiempo a distintas actividades laborales.
Sin buscar subterfugios, supongo que por mi carácter y por un consecuente idealismo que no paga renta, no logré consolidar patrimonios económicos básicos, pero sí cultivar pensamiento crítico, inclusión, reflexión y pasión a través de clases y tertulias, que son la única riqueza que no se devalúa.
En retrospectiva sigo disfrutando del constante aprendizaje, de libros y medios que me aporten contenidos transparentes, sólidos y agudos. De la palabra hablada, escrita, declamada o cantada. De sus autores, de utopías por construir un mundo mejor, de causas quizás perdidas pero solidarias, que son las únicas que valen la pena perder. Gozo también de la música, la poesía, la historia, los análisis que diseccionan la sociedad para visibilizar injusticias y reclamos. Todo acompañado —claro— con un mate o un café, que son el agua bendita para los lectores irredentos.
Hoy me sigue causando gracia cuando me sorprenden ensimismado y abstraído, frente al computador escribiendo o hablando solo, en lapsos distintos, una y otra vez.
—¡Qué manera de perder el tiempo, haz algo, pónte a trabajar! —solían decirme.
Y bueh, qué les digo. A veces sigo siendo aquel sensible niño que, curioso, soñaba despierto entre lunas ariscas, y el niño no sabe jubilarse.
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(1) Yacuiba. Ciudad capital de la provincia Gran Chaco (Bolivia) zona fronteriza entre Bolivia Argentina y Paraguay.
(2) Tártago (s). Planta de la familia euforbiáceas (Euphorbia lathyris), de tallo erecto, hojas opuestas, lanceoladas y fruto globoso. Dichos frutos son usados como munición de hondas/resorteras, los cuales causan menos daño, cuando impactan.
(3) Salta. Ciudad, municipio y capital de la provincia de Salta, República Argentina. La ciudad tiene una población aproximada de 500.000 habitantes, es la más poblada de la provincia y la séptima del país.
(4) La Paz. Ciudad de Bolivia. Sede del Gobierno.
(*) Periodista (Escuela de periodismo Carlos Septén García) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco)