
Crónica escrita en Ciudad de México 19/10/2016
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¡Toc, toc, toc!, Don Flores, ¡ábrame! por favor, me persiguen…
Yacuiba, Gran Chaco, inicios de la década de los setenta. El apacible pueblo de frontera había entrado en un paréntesis inaudito: el de la persecución política.
A altas horas de la noche, en la céntrica calle Comercio, era acosado un médico conocido por todos porque era propietario de la primera clínica del pueblo. Esa noche iban por él. Sus captores se desplazaron por la entrada principal, pero no contaron con que la clínica —que también era vivienda— tenía una salida al fondo, hacia la calle Sucre. Un detalle menor que cambiaría el desenlace de esa noche.
Pasos, gritos, amenazas, correteos, angustia.
—¡Dónde está, dónde!
Alguien había logrado advertir al doctor, que huyó apresuradamente por la parte de atrás.
Nuevamente: ¡toc, toc, toc! —ahora sí, con los ladridos de mi perro incluidos.
Mi padre, que era taxista en esos tiempos y guardaba el auto —único bien familiar— en la casa, se levantó con mi madre para ver quién tocaba. Los ruidos insistentes ya me habían puesto en alerta y, como cualquier niño curioso, abrí ojos, orejas y puse atención. Disimulando que iba al baño, me levanté.
—¡Niño, váyase a dormir, carácter, che! —me dijeron, regañadientes.
Seguí observando.
—¿Quién es? —otra vez.
—¡Doon Florees! —ahora más bajo y con sigilo—. Soy su vecino, el doctor. Necesito que me lleve a la línea fronteriza cuanto antes.
Al percatarse de quién era, y tras una decisión que no necesitó palabras, decidieron ayudarlo. Sin encender el motor sacaron el auto empujando desde el garaje, y más adelante, ya por el Liceo Gran Chaco (calle Martin Barroso), emprendieron marcha.
Los de la DOP, Dirección de Orden Político —organismo oficial con beneplácito para apresar a cuanto disidente fuera señalado como “rojo, revoltoso o incómodo” al gobierno militar de entonces, el del general Hugo Banzer, 1971-1978— tenían permiso para el miedo. Eran tiempos oscuros y violentos en el país. Pocos años antes había operado la guerrilla del Che Guevara en Vallegrande. Y antes aún, uno de sus hombres, Jorge Masetti, del Ejército Guerrillero del Pueblo, líder, escritor y periodista, había incursionado en la selva del Chaco salteño, frontera con Bolivia, para terminar sus días en inmediaciones de Tartagal, en 1963, cuando su movimiento fracasó. Pero también eran tiempos de manipulación e incomprensión: activistas, universitarios y profesionales que sólo buscaban democracia para participar en ella eran devorados por la ignorancia y el atraso del país, en el marco de una guerra fría internacional que imponía sus marcos políticos. Ejemplo: el Plan Cóndor.
El médico se subió al coche presuroso y sin cruzar palabra ni hacer ruido iniciaron viaje —no hacía falta hablar ni explicar—.
—A la línea, a la quebrada. Me urge cruzar a la Argentina.
Se fueron por el camino viejo, de terracería, evitando obstáculos. Al final se cumplió el servicio, y todo transcurrió con la normalidad que tienen las cosas clandestinas cuando salen bien.
Días más tarde escuché hablar a los pobladores mayores. Entonces era común, en el centro, hacerse lustrar zapatos frente al mercado principal y platicar las novedades de la semana.
—¡Ché!, dicen que están agarrando “rojos”, ¿no? Van por ellos en las noches y se los llevan a patadas.
A lo que su interlocutor respondía:
—Algo habrán hecho, ¿no? Por algo los persiguen.
Después el silencio y el olvido se hicieron presentes, y todo continuó en tranquilidad. Es más, no recuerdo que se ejecutara un “toque de queda” en el pueblo, mientras sí lo había en otras partes del país, durante los estados de sitio donde su cumplimiento era taxativo.
A mis nueve años había registrado esos hechos de tensión y miedo, además del estigma de “rojos”. No entendía por qué al vecino doctor —quien luego fue compadre mis progenitores y que varias veces nos había dado atención médica— lo seguían señalando “rojo”, ergo, mala persona.
Pasaron los años. Primaria, intermedio, secundaria. Iban y venían gobiernos militares —algunas veces se pasaba de curso por decreto—. Salí bachiller a los 17 y, en busca de continuar estudios, me trasladé a Tarija, a Salta, y luego a La Paz.
En La Paz vi el último golpe militar, el de 1980, ahora sí con lamentables pérdidas humanas. De facto se truncaba iniciar estudios universitarios, y los que podían salían al exilio o al autoexilio. Eran, definitivamente, días aciagos.
Una vez, caminando con un paisano chaqueño por la zona de San Pedro, escuchamos disparos. Todos corrían y las vendedoras callejeras levantaban sus cosas con rapidez, exclamando: “Se están peleando entre soldados y rojos, apúrate, vienen y te quitan las cosas”.
Meses después salí del país, a Ciudad de México, a iniciar estudios de periodismo y economía. Una nación que, a primera impresión, parecía más tranquila y controlada por un solo partido político, el PRI. Sin embargo, en la universidad pública se gestaba activismo: exposiciones, análisis sobre América Latina y los procesos políticos regionales. Mientras tanto, Centroamérica —El Salvador de 1980 a 1992, Nicaragua de 1979 a 1990, Guatemala de 1960 a 1996— atravesaba guerras civiles. En ese contexto convulso, como periodista freelance, viajé a Chiapas, a Guatemala —Tecún Umán, Quetzaltenango— y a lugares próximos.
Vinieron luego las huelgas universitarias, el terremoto del 85, el surgimiento de la sociedad civil, las marchas para exigir democracia real y los movimientos masivos de apoyo a Cuauhtémoc Cárdenas, del Frente Democrático Nacional. Pero también regresó la angustia y la incertidumbre política: el fraude en las elecciones, el asesinato del candidato Colosio y la aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Y entonces volví a recordar a aquel doctor solidario y espontáneo. Era 1979 y él estaba allí, apoyando con información y consejos de salud a adolescentes al término de una huelga de hambre protagonizada por estudiantes del colegio Busch en el recinto de la Central Obrera Boliviana. Simpatizaba con nuestra causa y audacia. Vaya mi agradecimiento para ese médico que, sin proponérselo, enseñaba sensibilidad y congruencia social, valores tan extraños e ignorados en la actualidad.
Otra vez México, ahora fines de los ochenta. Los estudios se espaciaban pero continuaban. Recuerdo las materias: Doctrinas Políticas y Sociales I, II, III; Estructura Económica de México; Historia del Desarrollo del Capitalismo en América Latina I, II. Allí entendí con rigor histórico y económico el adjetivo “rojos”, utilizado desde inicios del siglo veinte. El término se matizó en el siglo veintiuno. Hoy a los políticos de izquierda, socialistas y simpatizantes del socialismo se les continúa llamando así, aunque la palabra ya está en desuso.
En la arremetida neoliberal de los noventa y el nuevo milenio, la tesis de El fin de la Historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, había quedado rebasada por nuevos escenarios: mundo unipolar, popularización de internet, exclusión, migración, pobreza, narcotráfico, impunidad y polarización económica.
La onda expansiva se profundizó en Suramérica, aunque los primeros años del milenio se ensayaron nuevos escenarios de democracia y socialismo, intentando promover inclusión indígena, equidad distributiva y recuperación del Estado como eje rector de la economía. Todavía se lucha en la construcción, porque como diría Eduardo Galeano, “la historia tiene digestión lenta y al final pone a todos en su lugar”.
Hoy se debe rescatar la memoria histórica —de hombres, pueblos y naciones— y buscar un destino incluyente. Un horizonte latinoamericano, crítico y autocrítico, empezando por “descolonizar el pensamiento”, como afirma el filósofo Enrique Dussel.
A propósito de recordar al doctor “rojo” y seguir preguntando a personas que vivieron momentos parecidos, me tropecé con respuestas como: ¿y para qué quieres saber?, ¿en qué ayuda?, ¿a quién le importa? En este sentido, alguna vez Carlos Monsiváis afirmó contundente: “Es fundamental conocer la historia para agregarle al presente la inteligibilidad del pasado, para contribuir a la inserción del individuo en la comunidad, para fortalecer y ampliar la conciencia colectiva, entre otros”.
(Relato basado en la vida real)
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(*) Periodista (Escuela de periodismo Carlos Septién García) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco).