
–La primera vuelta expuso que mientras el progresismo administraba el Estado, la derecha llevaba años disputando iglesias, redes sociales, barrios, aspiraciones, miedos y sentido común, además de factores externos que no deben ignorarse, como los intereses estadounidenses.
–La izquierda falló en comunicación, falló en organización, falló en formación política y confió demasiado en que mejorar salarios, empleo o programas sociales produciría automáticamente conciencia política y, mientras presentaba cifras, la derecha ofrecía identidad, pertenencia, miedo y enemigos.
–Y por eso la paradoja es tan demoledora, porque una persona puede beneficiarse de una política pública y terminar votando contra el proyecto político que la hizo posible.
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La derrota de Lula en la primera vuelta brasileña no cayó del cielo ni puede explicarse con la cómoda estupidez de que Brasil “se volvió de derecha” porque lo ocurrido el 4 de octubre es bastante más grave pues, mientras la izquierda administraba el gobierno, una poderosa coalición de intereses económicos, religiosos, mediáticos, culturales y geopolíticos llevaba años disputándole la cabeza de millones de brasileños.
Flávio Bolsonaro obtuvo 47.03% de los votos válidos frente a 45.16% de Lula y ese resultado contradijo incluso las últimas mediciones como Datafolha, que colocaba, horas antes de votar, a Lula con 45% y a Bolsonaro con 42%, pero el golpe no fue solamente presidencial porque el bolsonarismo avanzó también en el Congreso, así que no estamos frente a un mal candidato o una campaña desafortunada, estamos frente a una transformación política de fondo.
WASHINGTON VOLVIÓ A METER LA MANO
Conviene empezar por lo que algunos preferirán llamar “teoría conspirativa” antes de pasar a examinar los hechos.
Cinco días antes de la elección, Reuters reveló que la Agencia Brasileña de Inteligencia, ABIN, había informado a delegaciones de Francia y Alemania sobre presuntas interferencias electorales extranjeras y, de acuerdo con el reporte de esas reuniones, funcionarios brasileños señalaron específicamente acciones estadounidenses que iban desde lawfare hasta intervenciones abiertas, aunque Washington ha negado anteriormente acusaciones de interferencia, por lo que atribuirle directamente el resultado electoral excedería la evidencia disponible, pero lo que ya no resulta serio es fingir que la denuncia de injerencia nació exclusivamente de la imaginación de Lula.
A ello se suma el alineamiento político entre Donald Trump y el bolsonarismo, mientras el propio gobierno de Lula denunció el uso de presiones económicas estadounidenses, incluidos los aranceles, como instrumentos de intromisión política.
Claro que afirmar que Estados Unidos “fabricó” 47% de los votos de Flávio Bolsonaro sería absurdo, pero el intervencionismo moderno rara vez necesita fabricar electores, le resulta mucho más eficaz reforzar actores internos cuyos intereses coinciden con los propios.
Y es ahí donde comienza la parte verdaderamente incómoda.
EVANGELISMO, INDIVIDUALISMO Y COLONIZACIÓN CULTURAL
Tres días antes de la elección, Datafolha encontraba una fractura política extraordinariamente clara en la que Lula alcanzaba 50% entre los católicos, mientras Flávio Bolsonaro llegaba a 52% entre los evangélicos, contra apenas 26% para Lula y, entre quienes vivían en hogares beneficiarios de Bolsa Família, Lula tenía 56%, pero fuera de ellos, la ventaja desaparecía.
Pero reducir esos datos a “los evangélicos son conservadores” sería intelectualmente perezoso porque durante décadas se desarrolló en Brasil una estructura religiosa, mediática y política capaz de producir comunidad, identidad y explicación del mundo y, dentro de una parte del neopentecostalismo, la teología de la prosperidad además encontró un punto de contacto formidable con el individualismo neoliberal en el que el éxito se interpreta como consecuencia del mérito, la disciplina, la fe y la conducta individual y el fracaso, cada vez menos como resultado de estructuras económicas.
El trabajador deja entonces de verse como integrante de una clase social y comienza a imaginarse como empresario en potencia, el Estado deja de ser instrumento de derechos y empieza a aparecer como obstáculo, mientras l desigualdad se privatiza: “el pobre es pobre porque quiere”.
Es neoliberalismo con Biblia, púlpito y algoritmo.
ISRAEL: MUCHO MÁS QUE POLÍTICA EXTERIOR
Aquí también debemos evitar simplificaciones porque no existe evidencia suficiente para atribuir al Estado israelí la derrota electoral de Lula, lo que sí existe es abundante investigación sobre el crecimiento en Brasil de un sionismo cristiano altamente politizado, vinculado al fortalecimiento de organizaciones evangélicas y pentecostales y particularmente influyente durante el gobierno de Jair Bolsonaro.
Un estudio publicado en Religion, State & Society documenta cómo ese sionismo cristiano brasileño adquirió dimensiones teológicas, políticas y geopolíticas y contribuyó a moldear debates parlamentarios y la orientación diplomática hacia Israel, inclusive, los investigadores identifican vertientes proféticas, culturales, vinculadas a la prosperidad y al supuesto pacto bíblico con Israel.
Ahí opera una forma mucho más profunda de influencia que cualquier anuncio electoral porque, cuando política y religión se funden, el adversario deja de ser alguien con quien se discuten salarios, impuestos o servicios públicos para convertirse en enemigo moral dentro de una lucha entre el bien y el mal.
Y contra eso sirve de muy poco llegar con una gráfica del crecimiento económico.
EL CAPITAL TAMBIÉN VOTA, AUNQUE NO TENGA CREDENCIAL
La mañana posterior a la elección dejó otra fotografía reveladora, en la bolsa, Bovespa llegó a dispararse más de 8% y el real se apreció más de 4% después de conocerse la ventaja de Flávio Bolsonaro y JPMorgan elevó además su recomendación sobre acciones brasileñas ante las expectativas de privatizaciones, reducción del gasto y reformas consideradas favorables al mercado.
Eso no es necesariamente fraude, conspiración ni manipulación electoral, sino algo más sencillo, es simplemente que los intereses económicos existen y tienen preferencias políticas.
Capital financiero, grandes empresarios, agronegocio, bolsonarismo, trumpismo estadounidense y determinadas organizaciones religiosas no necesitan reunirse alrededor de una mesa para elaborar un plan maestro, solo les basta con que sus intereses confluyan.
La política real suele ser bastante menos cinematográfica y bastante más eficiente.
Y AHORA VIENE LO QUE LA IZQUIERDA NO PUEDE ESCONDER
Nada sería más cómodo para la izquierda brasileña que culpar exclusivamente a Washington, Israel, los empresarios, las iglesias o los algoritmos, pero sería también la mejor manera de volver a perder.
El propio PT reconoce errores graves de campaña, Folha de S.Paulo documentó disputas internas, escasez de materiales, descoordinación entre equipos de comunicación, demora para construir una narrativa contra Flávio Bolsonaro y decisiones estratégicas cuestionadas incluso desde dentro del lulismo.
Pero el problema es mucho más profundo que una mala campaña porque, durante demasiado tiempo una parte de la izquierda latinoamericana creyó que gobernar bien produciría automáticamente conciencia política, que aumentar salarios, crear empleos, reducir pobreza o ampliar programas sociales llevaría inevitablemente al ciudadano a comprender quién había mejorado materialmente su vida.
Pero las cosas no funcionan así porque los beneficios económicos no vienen acompañados de manual ideológico.
Y es por eso que un ciudadano puede recibir una transferencia pública y simultáneamente creer que el Estado mantiene “vagos”, puede estudiar en una universidad pública y repetir que todo lo público funciona mal, puede mejorar sus ingresos durante un gobierno progresista y atribuir esa mejoría exclusivamente a su esfuerzo personal, porque los hechos materiales necesitan interpretación y por eso, mientras la izquierda distribuía políticas públicas, la derecha distribuía una explicación del mundo, Lula ofreció gestión, pero el bolsonarismo construyó identidad y ésa quizá sea la diferencia esencial.
La derecha entró en iglesias, redes sociales, grupos familiares, pequeñas empresas, discursos de seguridad, aspiraciones de clase, resentimientos culturales y conversaciones cotidianas y construyó enemigos, símbolos, lenguaje, pertenencia y comunidad y así, la izquierda conservó programas sociales y estructura gubernamental, pero perdió terreno en una batalla que no se libra únicamente durante las campañas electorales, porque Lula puede mejorar los ingresos de una familia, pero un pastor, un influencer, un empresario, una cadena de WhatsApp y años de propaganda pueden decidir cómo esa misma familia interpreta la mejoría y ése es el problema que la batalla que Brasil acaba de desnudar y por eso la primera vuelta brasileña deja dos errores igualmente peligrosos.
El primero consiste en negar el intervencionismo estadounidense y las redes transnacionales que participan en la lucha política latinoamericana, como si las grandes potencias hubieran desarrollado repentinamente un respeto franciscano por la soberanía regional y el segundo consiste en utilizar ese intervencionismo como coartada para no examinar los errores propios, porque Washington puede presionar, las redes religiosas pueden influir, los grandes capitales pueden financiar proyectos, medios y discursos y los algoritmos pueden amplificarlos pero, para que todo eso prospere tiene que existir un vacío político que ocupar y la izquierda brasileña dejó demasiado espacio vacío.
La lección de Brasil no es que las políticas redistributivas hayan fracasado, la lección es que redistribuir riqueza sin disputar conciencia política puede terminar produciendo ciudadanos materialmente beneficiados por un proyecto y culturalmente identificados con su adversario.
Porque el poder no consiste solamente en gobernar instituciones, también consiste en decidir cómo una sociedad explica lo que le ocurre y, mientras la izquierda brasileña administraba el Estado, sus adversarios aprendieron a disputar algo quizá todavía más importante: el sentido común.
Y es justamente ahí donde comenzó la derrota, mucho antes de que abrieran las urnas.
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(*) Periodista /Prensa Digital: sinlineamx.com
Fuente original: https://erickgutierrezopinion.blogspot.com/2026/10/derrota-lula-brasil-2026-injerencia-izquierda.html