CDMX (México)

VIDA, OBRA Y LEGADO DE RENÉ AVILÉS FABILA (10.º Aniversario Luctuoso)

Por Fidel Flores • octubre 1, 2026

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NIP, (CDMX 1/10/26). El jueves 8 de octubre, a las 17:45 horas en el Museo Casa del Risco (Plaza Jacinto 5, San Ángel, Álvaro Obregon, CP 01000) se realizará un homenaje al escritor René Avilés Fabila, en ocasión de su décimo aniversario luctuoso.
El evento cultural contará con la participación de Andrés de Luna, Norma Patiño, Ulises Paniagua, Roberto Núñez, Axel Trujillo, Susana Diazayas y Anny Babe. En la producción y conducción del panel estará Berenice Ramírez Zavala.
Dicha actividad se realiza bajo el auspicio del Banco de México, entre otras instituciones.
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RENÉ AVILÉZ FABILA, UN ESCRITOR ÚNICO. Por Ulises Paniagua (*)
–A diez años de su muerte, se hará un homenaje a René Avilés Fabila, polifacético y multipremiado escritor que, con inteligencia e ironía, cultivó diversos géneros literarios y periodísticos.
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René Avilés Fabila fue un autor único. Excelente prosista, hombre inquieto, conversador infatigable, poseedor de un humor que sacudió incluso a políticos -quienes temen el uso de la inteligencia como arma blanca-, ante Avilés Fabila estamos en presencia de uno de esos casos especiales dentro de la literatura mexicana. René era «muchos Renés». Se dedicó a variadas disciplinas y ejerció cada una de ellas con maestría y soltura: periodista, novelista, gestor cultural, cuentista, pionero de las microficciones, cronista urbano, columnista político, René se multiplicó de forma casi cuántica para abarcar grandes territorios.
Hay algunos detalles sobre su figura que se han abordado poco. Por ejemplo, que una de sus grandes pasiones fue la Ciudad de México. Amaba su terruño con honestidad, de manera honda. Autor del libro Antigua grandeza mexicana: nostalgias del ombligo del mundo, mostró una inquietud particular, poco visitada por escritores e incluso académicos (lo cual contribuyó a completar una idea dentro de la tesis de mi doctorado). Avilés Fabila ahondaba en precisiones que permiten comprender la diferencia entre la literatura urbana y las meras menciones literarias acerca de la urbe. Con frecuencia acudía a antecedentes de este tipo de literatura, del que destacaba la novela Ojerosa y pintada de Agustín Yáñez. Era un gran conocedor de la relación entre “literatura y ciudad” con respecto a la capital de nuestro país. Este tema se menciona poco dentro de su carrera literaria.
Es muy reconocida, eso sí, su labor como director del departamento de Difusión Cultural de la UAM Xochimilco, donde se dio a la tarea de promover voces jóvenes, escritoras y escritores que se iniciaban en el mundo de las letras, siempre y cuando tuvieran calidad. A él, varios autores le debemos la oportunidad de publicar en alguna colección editorial de tan importante universidad. El agradecimiento nunca será suficiente.
Algo similar, pero magnificado por su naturaleza, ocurrió con la estupenda labor que desarrolló al frente del suplemento cultural “El búho” del periódico Excélsior, donde Avilés Fabila integró desde voces jóvenes hasta las más consolidadas figuras de la literatura y el arte de México, haciendo de este suplemento un clásico cultural de nuestro país. “El búho” fue un escaparate magnífico para mostrar el trabajo de periodistas, pintoras y pintores, escritoras y escritores, críticos culturales. René Avilés Fabila estuvo al frente de este suplemento durante 14 años, de 1985 a 1999. Posteriormente, relanzó la revista El Búho en formato independiente, entre 1999 y 2017, sumando casi dos décadas más de trabajo editorial.
Sin embargo, quizá el mejor René fuese el narrador y conversador. Avilés Fabila era capaz de mantener a sus interlocutores y lectores embelesados. Tenía la virtud de mantener la expectación tanto a través de sus novelas y relatos como de su espléndida charla. Al respecto de su literatura, René escribió alguna vez que “Los libros son el resultado de una mezcla […] de realidad e imaginación”. Así era leerlo y escucharlo: poseía el encantamiento que Nabokov sugiere que debe tener un escritor para ejercer tan noble oficio. Tenía el don.
Sobre su estilo compartió ciertas precisiones: “Mi narrativa carece de metáforas porque siempre tuve el placer del lenguaje directo”. También anotó: “Escribo a base de frases cortas, poco uso las comas y menos el punto y coma. Adoro la economía verbal”. Con cierto humor, crítica y autocrítica, alguna vez señaló: “Voy del cuento a la novela obligado por las circunstancias, por las necesidades del mercado y por mi debilidad”.
Estamos en presencia de una gran figura. Y es que este querido autor, nacido en la Ciudad de México en 1940, pertenece a una rara estirpe que se dedicó durante el siglo pasado a cultivar la minificción y el cuento fantástico, géneros que ante el reinado de la novela post-revolucionaria y la narrativa costumbrista eran poco recurridos y entendidos por autores y lectores en México. Avilés Fabila debe inscribirse en un listado selecto que incluye grandes nombres como el de Alfonso Reyes, Julio Torri, Francisco Tario, Amparo Dávila, Juan José Arreola (quien fue su maestro en el Centro Mexicano de Escritores). De manera reciente, Augusto Monterroso, Guillermo Samperio, Agustín Monsreal.
Pocos autores se atrevían a escribir microcuentos dentro de un ambiente donde lo que se premiaba era lo profuso. Él lo hizo en diversas ocasiones. Una de sus mejores minificciones es, desde luego, Los fantasmas y yo, donde René revela lo siguiente: “Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes”. Simplemente, una maravilla.
Otra de esas rarezas o particularidades que tuvo, y de las que se ha hablado poco, es su coqueteo con ambientes de terror y sensualidad sobrenatural. Le encantaba la novela Carmilla, de Joseph Sheridan Le Fanu, por ejemplo. Avilés Fabila tiene un cuento donde el protagonista es atraído por una mujer elegante y hermosa a una casona antigua del sur de la ciudad para que, tras pasar la noche con ella, el hombre pueda descubrir que mantuvo un romance casual con un espíritu, casi una vampiresa. René mantiene, en ese relato, una tensión y una sensualidad digna de escenas de la novela gótica, un episodio que podría estar contenido en El manuscrito hallado en Zaragoza, de Jan Potocki, o competir con la escena de las mujeres vampiro del Drácula de Bram Stocker. En su cuento Mirabel, también muy bueno, Avilés insiste en el acercamiento a una mujer llena de misterio, en este caso su esposa, con poderes sensuales y mágicos: Mirabel es capaz de encantar y ejercer control sobre el protagonista.
¿En qué otro terreno innovó este querido escritor? En el de los hombres-lobo, tema poco tratado en México. Posee una minificción al respecto donde, de manera inversa, una bestia se transforma en hombre. Tiene a su vez un cuento, contenido en la colección de material de lectura de la UNAM, donde acude a la figura del hombre-lobo bajo todas las convenciones del género. Avilés Fabila, junto con Vicente Quirarte, son dos de las pocas figuras literarias mexicanas que se han acercado, de manera explícita, al reino de los licántropos.
Sus novelas amorosas son joyas ¿Qué se puede externar de Tantadel o de La canción de Odette sino elogios? Particularmente, son dos de mis libros favoritos. Adscritos a una época moderna, encajan perfectamente con la temática sensual y de desencanto que aparece, por ejemplo, en autores como Juan García Ponce. Al respecto de este tipo de novelas amorosas, luego desamorosas, Avilés Fabila comentó con humor: “Nunca me gustó pagar por el amor. Me parece una aberración. Con lo ahorrado me he comprado ropa”. Aunque, con profundidad y lejos del sarcasmo, también confesó: “Una mujer siempre es parte indispensable en la literatura de un hombre. Motivado por algunas, he escrito cuentos y novelas”.
Volviendo al René que más me gusta, me avocaré al gran conversador y contador de anécdotas, esa especie que tanto se extraña hoy en día ante el chismerío vulgar del submundo literario. Avilés Fabila aprendió del maestro Arreola el arte de la palabra y lo adaptó a su naturaleza. Sus anécdotas eran una delicia. Cito algunas. La primera: tras una de sus presentaciones donde mantenía al público cautivado consumió, sin querer, un poco más tiempo del que le correspondía. Al efectuarse el cambio de autor sobre el escenario, el siguiente escritor, con cierta envidia e indignación le reclamó a Avilés Fabila: “Te pasaste dos minutos”. A lo que René respondió: “Chinga tu madre”. Genio y figura.
Segunda memoria humorística: dentro del Centro Mexicano de Escritores, mientras se trabajaba en una sesión un cuento de José Agustín, el autor de La tumba se defendía de algunas críticas que le hacían, en carácter de profesores, Arreola y Rulfo. Como estrategia para defender su obra, José Agustín externó: “Prefiero no publicar esto. Tengo miedo de que quieran censurarme”. A lo que (en palabras de Avilés Fabila), Juan Rulfo replicó con ironía: “Pero, José Agustín, la literatura infantil nunca ha sido censurada”.
Tercera: dentro del propio Centro Mexicano de Escritores, uno de los autores preguntó luego de exponer su trabajo: “¿Qué le hace falta a mi texto?”. A lo que Juan José Arreola respondió, ingenioso: “Una caja de cerillos…”.
Última anécdota. Mi favorita. René me contó alguna vez cómo viajó a Buenos Aires para conocer a Jorge Luis Borges (sí, conoció a Borges y charló con él). Luego de algunos problemas para concertar la cita, Borges concedió el encuentro en su casa. El motivo: el que fuera mexicano. Borges le dijo: “Lo que me convenció de recibirlo es saber que es mexicano. Tengo una gran estima por los mexicanos. Son muy cultos y educados”. René preguntó: “Pero ¿a qué mexicanos conoce, maestro?” A lo que Borges respondió: “Bueno, sólo a Alfonso Reyes…”.
Grandes libros, grandes anécdotas ¿Cuál de todos estos Renés es el verdadero? ¿Cuál de sus versiones quedará en nuestra memoria? Todos ellos, que eran uno. Un René gigantesco que se anunció en las carreteras de Tabasco, bajo las proximidades de la feria del libro. El que apareció luminoso en el billete de lotería y en los anuncios de Instituto Nacional de Bellas Artes cuando recibió el Premio Nacional de Literatura. Ese otro René que luego festejó cantando El hijo del pueblo de José Alfredo Jiménez, en el último piso del Sanborns de Azulejos bajo el carismático alter ego del “águila negra”.
¿Con cuál nos podemos quedar? ¿El minificcionista, el narrador, el terror de los políticos, el conversador? Con el que cada quien decida. Polifacético, Avilés Fabila se internó en distintos géneros y campos para hacerlo casi todo bien. No se conformó con quedar encasillado bajo el despectivo término con el que Margo Glantz se refirió a él y a sus amigos de generación, José Agustín, Parménides Saldaña y Gustavo Sainz: los mal llamados “escritores de la onda”. René Avilés fue mucho más que eso. Desarrolló una personalidad y una narrativa propia, capaz de establecer un estilo por encima de etiquetas.
Avilés Fabila era también cordial. Estoy seguro de que este querido escritor, de acompañarnos ahora, estaría frente a nosotros con su sonrisa simpática, vistiendo traje y corbata, como casi siempre, bebiendo una copa de vino. Un gran Gatsby. Sí, el escritor que escuchó en vivo un discurso de Jean Paul Sartre en el mayo del 68 de París, aquel que conversó con Jorge Luis Borges, quien fundó El Museo del Escritor y que adquirió un ejemplar firmado por Edgar Allan Poe, estaría contento de escuchar lo que hoy se estudia y se cuenta de él. Y, sin duda, brindaría con regocijo en medio de aquellas y aquellos que bien le quisieron, y aún le quieren.
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Escritor

Fidel Flores

Acerca de Fidel Flores

Periodista y colaborador en Interés Público.

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