
–La gente, su gente fue a despedirlo.
–Ídolo popular y llanto verdadero
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Justo un 28 de agosto pero de 2016, me encontraba laborando como corrector de estilo en Editoposter, una editorial que en ese tiempo se dedicaba a publicar una popular revista dedicada al anime y a los videojuegos japoneses, cuando llegó un mensaje de texto a mi teléfono móvil – cabe recordar que en esos años, la difusión de noticias falsas o “fake news” no estaban tan presentes en las redes sociales, y si bien es cierto era una actividad que iba en aumento, aún no eran constantes en las los posteos-.
Por curiosidad leí el mensaje con noticias que mandaban las compañías, y lo que leí me dejó helado “Muere el Divo de Juárez, Juan Gabriel”; el popular cantante, no había hablado públicamente sobre su estado de salud, incluso, en los medos dedicados a espectáculos, mencionaban que se encontraba en una gira, por lo cual, la noticia de su muerte, no era algo que se esperara.
“¿Qué se murió Juan Gabriel?” – mencionó uno de los compañeros diseñadores-; nadie supo qué decir, pero decidimos sintonizar alguna estación de radio y como boletín especial, la locutora dijo lo que se estaba mencionando -sin comprobarse-, esa noticia que hasta ese momento no se había confirmado.
Escuchamos al menos tres diferentes noticiarios, y sus conductores repetían la escasa información que había y ninguno confirmó la noticia, hasta que un corresponsal dijo que se encontraba afuera de la casa donde se encontraba el divo, en Santa Mónica, California, y ahí sí tenían la información corroborada, por lo cual afirmaba que los rumores eran ciertos, y que “Juan Ga” había fallecido, que hace apenas dos días había dado un concierto magistral en el Forum de Inglewood, en Los Ángeles, California, en una gira denominada “Todo Mexxico”.
De forma inmediata, la incredulidad hizo que los presentes – 5 o 6 personas en la sala de redacción-, nos quedáramos callados, escuchando la biografía, las mejores canciones y datos sobre Juan Gabriel.
Dieron las seis de la tarde, cuando terminó el turno y como era costumbre, decidí caminar de la estación del Metro San Cosme, a la estación Bellas Artes – unos 25 minutos para sacudir el estrés y hacer un poco de caminata-, y lo que me encontré fue un auténtico cuadro de dolor y la respuesta de la gente a un verdadero ídolo popular.
La Secretaría de Cultura Federal, justo a la entrada de El Palacio de Bellas Artes, había colocado una tarima -donde se encontraba un mariachi, cantando “las viejitas de Juan Ga”, y a gente llorando y cantando, y detrás de los músicos, una gigantesca pantalla con imágenes del recién fallecido.
Lo que me dejó perplejo, fue la forma en que la gente, sin proponérselo, sin ponerse de acuerdo y sin responder a un llamado de la TV o de las estaciones de radio, de manera voluntaria, fue a celebrar, a llorar, a cantar y a recordar a su ídolo.
Vi a una mujer baja de estatura y regordeta, -me dio la impresión de que cantaba en algún restaurante, sin música – a pelo como decimos comúnmente-, cantando a todo lo que daban sus pulmones, “Inocente pobre amiga, no sabe que va a sufrir….” A su lado, otra mujer llorando, con flores en las manos, desconsolada, sin poder creer que su cantante favorito había fallecido.
Luego, en el piso de la Avenida Juárez, un hombre con varios LPs, formó una cruz y en cada una de las puntas colocó una veladora, las encendió y sin proponérselo, una mujer de edad avanzada se acercó y comenzó a rezar el rosario. Muchos transeúntes comenzaron a rezar y ¡a llorar!… Otros cubrían los vinilos con pétalos de rosas.
Jóvenes mujeres exhibían posters con las fotografías de sus discos y sus canciones; Juan Gabrel con un suéter naranja, “Querida”, con sombrero charro “Ya para qué”, “La farsante”, “Caray”… Músicos no muy bien coordinados y poco afinados, cantando “déjame…. ¡cuando quieras déjame!….”
En la pantalla, un mensaje del entonces presidente Enrique Peña Nieto, donde lamentaba la sorpresiva muerte y aseguraba que habría un homenaje póstumo, a la altura de un personaje como Juan Gabriel.
Estuve poco más de una hora recorriendo Avenida Juárez, la entrada al suburbano y vi, cómo la gente despedía a un ícono popular, cómo lloraba y lamentaba un dolor verdadero, como si se tratara de una persona cercana, de alguien a quien en verdad habían conocido, pero tan distante que lo sentían parte de la familia.
Muchos sociólogos, apuntan que esos son los verdaderos ídolos, y Juan Gabriel reunía todos y cada uno de los requisitos que hacían a un ídolo: nació y creció en la pobreza, pese a la adversidad triunfó y el pueblo lo veía y sentía como parte de ese mismo pueblo, se identificaba con él y como una forma de retribuir los momentos de alegría, de tristeza y que compartieron parte importante de una vida anónima.
Una mujer contaba que se enamoró con canciones de Juan Gabriel, y con “No tengo dinero”, su esposo le pidió matrimonio. Otro hombre, contaba que con “Amor eterno” enterró a su madre, y así, muchos de los asistentes ligaban momentos importantes de su vida con la música del Divo de Juárez.
En los noticiarios, se transmitió a una mujer que lloraba amargamente, y de decía que “Juan Gabriel era como su hermano, su compañía mientras trabajaba en un taller de tornos”, y que le dolía cómo perder a un hermano, aunque nunca fue a un concierto, y mucho menos lo llegó a conocer.
Cantantes, actores y deportistas de mucha calidad y éxito hay muchos, pero solo unos cuantos privilegiados tienen “ese algo” para que penetren a la vida de la gente, del pueblo y los haga ídolos, iconos populares, tan arraigados que ya forman parte no solo de la cultura popular, sino de la vida cotidiana.
Y entre estos privilegiados, mencionaremos a Pedro Infante, a El Santo, a Mario Moreno “Cantinflas” y por supuesto, a Juan Gabriel…
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(*) Periodista, Investigador y Docente