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El gobierno de Rodrigo Paz sabía desde el primer día algo que todos tardamos en entender: no podían tener a Fernando Cerimedo en las planillas del Estado boliviano. El asesor presidencial argentino era una figura tóxica: “apestado” para el gobierno de Milei en su propio país, rechazado también por la administración de Lula en Brasil. Su nombre en cualquier nómina oficial habría sido un escándalo diplomático. Así que lo hicieron invisible: no cobraba del Estado, no figuraba en organigrama alguno, no tenía cargo público. Pero estaba ahí, cerca del presidente, tomando decisiones, influyendo en nombramientos, moviendo hilos. Se lo necesitaba, pero en la sombra.
Cuando fue arrestado, la excusa salió de inmediato: su abogado declaró que Cerimedo recibía su sueldo de la CAF —el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe—, no del Estado boliviano. Parecía una solución perfecta. El problema es que la propia CAF lo desmintió de inmediato. Ningún registro, ningún contrato, ningún pago. Entonces surge la pregunta que nadie responde: ¿de qué comía, de qué vivía y con qué recursos operaba este hombre que movía tanto poder?
La respuesta que se ha intentado vender es casi ofensiva por lo endeble: un papelito manuscrito, filtrado por el propio Cerimedo a los periodistas, donde afirma que el dinero en efectivo encontrado en su casa era para “amortiguar la espera” hasta que se firmara un contrato con la CAF. Sin fecha, sin número de proceso, sin sello, sin firma de autoridad alguna. Un simple trozo de papel que pretende justificar cientos de miles de dólares en efectivo.
Pero donde la historia se vuelve verdaderamente reveladora es cuando seguimos los hilos de la CAF. En las fotografías oficiales, el presidente del organismo llega a La Paz y es recibido por dos ministros —José Gabriel Espinoza y César Romero—, pero caminando a su lado, con una familiaridad que salta a la vista, va Jaime Paz Pereira, hermano menor del presidente de la República. “Jaimiño”, como se le conoce, trabaja desde hace varios años precisamente en la CAF. El jefe del banco y el hermano del presidente: dos mundos que se cruzan con demasiada naturalidad.
Y la madeja no termina ahí. Durante más de tres décadas, el boliviano Enrique García fue el presidente y rostro visible de la CAF. Antes de llegar al banco, fue ministro de Planificación del gobierno de Jaime Paz Zamora. Y su hija, María Cecilia García, fue nombrada por Rodrigo Paz como Ministra de Educación desde el inicio de su gestión.
Esto ya no es simplemente una coincidencia. Es un entramado donde los puestos en instituciones financieras internacionales, los cargos ministeriales y los vínculos familiares se entrelazan hasta volverse indistinguibles. Cuando el asesor del presidente no puede cobrar del Estado, se inventa un sueldo en un organismo donde trabaja el hermano del presidente. Cuando se necesita respaldo institucional, aparecen los mismos apellidos que han gobernado este país durante décadas.
La pregunta que la ciudadanía debe hacerse no es solo de dónde venía el dinero de Cerimedo. Es qué más se está decidiendo en instituciones que, aunque parezcan internacionales, responden a los mismos círculos de poder de siempre. Un contrato que no existe, un sueldo que nadie paga, un hermano que trabaja en el lugar exacto donde ese sueldo debía figurar. La enredadera es tan densa que hasta Franz Kafka habría encontrado aquí una trama demasiado exagerada para ser ficción. Pero no es ficción. Es lo que está pasando en Bolivia, a plena luz del día. Los sueldos pueden ser invisibles, pero los vínculos son demasiado visibles para ignorarlos.
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() Las menciones públicas más recientes asociadas a Raymond Rescala corresponden a artículos y videos en redes sociales (como Facebook e Instagram Reels), donde su identidad aparece vinculada a temas políticos, militares, conferencias de prensa y de coyuntura en el ámbito de América Latina.
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