Artículos de Opinión

CUANDO SE IDENTIFICAN SOLOS. Por Diego Vega (*)

Por Fidel Flores • agosto 17, 2026

———- O ———-
Hace años escribí que, si algo había que reconocerle a Enrique Peña Nieto, era su congruencia.
Era un excelente cretino y un cabrón.
Y cuando soltó aquello de que “no llegué aquí para ganarme una medalla de popularidad”, quizá muchos pensaron que había dicho una pendejada.
O, tal vez, simplemente estaba diciendo la verdad.
Peña gobernó convencido de que haber ganado una elección le otorgaba el derecho político para hacer lo que consideraba necesario, aunque buena parte del país estuviera en contra.
Y, he ahí la ingenuidad. Pensar que el villano terminaría regenerándose.
¿Alguien recuerda al Guasón despertando una mañana, arrepentido, repartiendo despensas en Ciudad Gótica?
¿Lex Luthor organizando una colecta para comprarle una capa nueva a Superman?

Sería decepcionante.
Pero muchos latinoamericanos siguen esperando exactamente eso de sus políticos.
Eligen a un cabrón porque promete comportarse como cabrón y, cuando llega al gobierno y se comporta como cabrón, exclaman sorprendidos:
—¡Miren lo que está haciendo este cabrón!
Pensemos en Javier Milei.
Llegó prometiendo la motosierra. Y pues sacó la motosierra:
recortó al Estado, enfrentó a universidades, científicos, jubilados y sindicatos. Vetó leyes aprobadas por el Congreso y convirtió el equilibrio fiscal prácticamente en dogma de Estado.
¿Y alguien esperaba que después de ganar las elecciones apareciera abrazando profesores universitarios o viejitos?
No engañó a nadie… nunca.
En Chile, José Antonio Kast llegó prometiendo orden, seguridad, cárceles, expulsiones y mano dura.
Y eso está haciendo.
Más facultades policiales, endurecimiento penal, control fronterizo, expulsiones de migrantes irregulares y cárceles de máxima seguridad.
Está haciendo lo que dijo iba a hacer.
En Ecuador, Daniel Noboa declaró una guerra interna contra el crimen organizado y llevó la lógica de la excepcionalidad hasta enfrentarse con la propia Corte Constitucional. Cuando los jueces suspendieron partes de sus leyes de seguridad, Noboa no solamente protestó:
encabezó personalmente una marcha contra la Corte. Hasta aparecieron carteles con los nombres y las fotografías de los magistrados.
Y Colombia, ¡chingao!, no aprendió la lección.
Abelardo de la Espriella tampoco apareció de repente. Los colombianos sabían perfectamente quién era.
Llegó ofreciendo autoridad, mano dura, acercamiento con Estados Unidos y ruptura con buena parte de la orientación política de Gustavo Petro.
Apenas estrenando la silla presidencial, un terremoto devastador puso a prueba al personaje.
Y apareció el personaje, tal como se vendió ante los colombianos.
Todo un ijodeputa.
Pendiente de las indicaciones de sus amos: gringos y sio nistas. Valiéndole un pepino, como diría Shakira, si muchos de sus compatriotas están enterrados entre toneladas de escombros. Generando polémica por la selección de la ayuda internacional que Colombia estaba dispuesta a recibir.
México tenía preparado un contingente de 255 militares, médicos, rescatistas y binomios caninos, además de medicamentos, alimentos, herramientas, tiendas de campaña y generadores.
Estaban listos. Esperaban únicamente que Colombia los solicitara.
Y durante horas preciosas para encontrar personas vivas bajo los escombros, esa solicitud no llegó.
Entonces vuelvo al texto que escribí hace años sobre Peña Nieto y pienso que quizá el problema nunca fueron solamente Peña, Milei, Noboa, Kast o De la Espriella.
Mas allá de la ideologización y la manipulación mediática, el problema también es la ingenuidad o estupidez democrática.
Creer que las amenazas son ocurrencias y que los discursos radicales se moderarán llegando al Palacio. Que el candidato incendiario se convertirá mágicamente en estadista después de ponerse la banda presidencial.
El problema es que no se aprende la lección.

A la distancia, uno se pregunta:
¿Por qué se sorprenden de lo que hace y dice tal ijodeputa si nunca oculto su identidad, su ideología, cuando pidió el voto para ser su presidente?
Hace años escribí que mientras Peña Nieto y sus secuaces preparaban el pasaporte de salida, millones de mexicanos seguían convencidos de que Peña era un pendejo.
Hoy reformularía aquella pregunta:
¿Y si los pendejos éramos nosotros por creer que no sabía perfectamente lo que estaba haciendo?
A veces los ingenuos están del otro lado de la boleta.
Afortunadamente, la gran mayoría de mexicanos superamos ese pendejismo. Hoy vemos a la distancia a los que no superan sus carencias democráticas.
Pero no debemos olvidar que no hace mucho nosotros éramos esos que hoy eligen Mileis y Noboas, Bukeles y Espriellas.
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(*)
Analista político. (Diego Vega es su seudónimo).
Fuente primaria en FB: https://www.facebook.com/diego.vega.103899

Fidel Flores

Acerca de Fidel Flores

Periodista y colaborador en Interés Público.

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