
–Katia Itzel García Mendoza escribió una nueva página en la historia del balompié nacional, al ser la juez central del partido Túnez contra Países Bajos. La arbitra mexicana se convirtió, así en la tercera mujer en arbitrar un partido de una Copa del Mundo varonil.
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Nadie sueña con ser árbitro. De niños queríamos ser los héroes sobre la cancha; los goleadores, sobre todo, o quizás algún portero del momento. Pero nadie quiere ser esa persona de negro que reparte tarjetas y recibe insultos. En el patio del colegio, ese microcosmos que reproduce el mundo de los adultos, nadie levanta la mano y grita: ¡Yo quiero ser el árbitro!
Es difícil imaginar a la madre del réferi sentada en la tribuna más rijosa del estadio mientras los hinchas culpan al del silbato. Cómo hacen esos jueces para soportar tantos minutos de groserías e incriminaciones, unas veces ciertas y otras sólo porque así ha sido siempre; sin duda, requiere la vocación de un guardia suizo en el Vaticano. Para eso se necesita algo más grueso que la vestimenta negra –aunque ya se les permite usar colores menos fúnebres– y más armas que el pito y las tarjetas.
Gustavo Marcovich escribe que el árbitro es verdugo y condenado al mismo tiempo. En realidad –dice– “el árbitro tiene miedo”. Es un temor real, porque el responsable de vigilar el reglamento debe terminar el partido sin alteraciones graves; que nadie muera y en especial aquel que porta el silbato.
No es exageración ni asunto de existencialismos. El miedo a equivocarse y a las consecuencias que se desaten tiene episodios documentados. En un partido Brasil contra Hungría en el Mundial de 1954 el árbitro Arthur Ellis expulsó a dos canarinhos que estaban histéricos e incontrolables. Aquel episodio se le conoce como “La batalla de Berna”, porque las patadas y golpes sobre el campo se extendieron a las bancas y vestidores en un verdadero caos. Al pitar el final, Ellis fue golpeado con un micrófono por un hombre que lo acusaba de ser agente del Kremlin.
En épocas remotas y agrestes, los árbitros desarrollaron estrategias de supervivencia. Guillermo Velásquez, recordado por su apodo de El Chato y por haber expulsado a Pelé, bien podía incluir en su récord los partidos en los que vigiló el reglamento y a cinco jugadores que noqueó con sus macizos puños de boxeador, su anterior oficio.
En una crónica del escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos nos relata la filosofía de combate de este silbante al que no le temblaba la mano para mostrar una tarjeta o para asestar un puñetazo. Cuando el cronista le advierte que el uso del silbato y las tarjetas son precisamente para hacer más civilizado el juego, El Chato le responde: “Así es. Pero a los futbolistas les dan una pelota para que le peguen patadas y quieren pegarnos a nosotros”.
Un réferi mexicano tampoco pudo mantenerse imperturbable ante las frecuentes mentadas de madre que le profería un jugador. En 1935, Germán Núñez Cortina dejó inconsciente a ese atrevido del Athletic de Bilbao, club que estaba de gira en México y jugaba ese día ante el Necaxa. Luego del incidente el réferi nacional comentó a la prensa: “Varios de ellos ya saben lo que son mis puños”.
El argentino Osvaldo Soriano nos cuenta la vida de un árbitro cuya existencia nos dice que es real pero que ha sido reconstruida con gracia en su relato. Ese réferi, Gallardo Pérez, es mitad pícaro y mitad granuja. “En la Patagonia, el réferi era el verdadero protagonista del partido. Si el equipo local ganaba, le regalaban una damajuana de vino de Río Negro; si perdía, lo metían preso”.
Así de ingrato puede ser un oficio que no goza de los brillos titilantes de la fama, sino de las tinieblas de la mala fama. Nadie, apenas unos cuantos nombres que no resisten el conteo en una mano, son queridos por los aficionados. Fuera de Pierluigi Collina, quizás la calva más respetada sobre el césped, nadie pide un autógrafo al árbitro.
Todo esto vuelve más extraordinario el recorrido de la mexicana Katia Itzel García, quien fue árbitra central en el partido de Túnez ante Países Bajos en este Mundial de 2026. Es la primera latinoamericana en cumplir esta función y apenas la tercera mujer en casi un siglo de este torneo de la FIFA. Durante noventa minutos, la máxima autoridad sobre la cancha ocupada por veintidós hombres fue una mujer. Apenas hace cuatro años que ellas derribaron el techo de cristal en una actividad que siempre han dirigido señores tan ajenos a las canchas como a las tribunas populares.
Katia Itzel debutó como árbitro asistente en un partido de Tercera División. Recuerda que ese día la gente le gritaba de todo. En ese momento –advierte–, dudó si de verdad quería dedicarse a esto. ¿Cómo llegó entonces a colgarse un silbato y asumir la autoridad en el campo? Desde luego no fue una vocación de infancia. Es evidente que nunca levantó la mano en el patio del colegio para gritar que quería ser árbitra.
En cambio, lo que sí amaba era el futbol. Cada fin de año celebraba el cambio de calendario con una cascarita familiar y así mantuvo su pasión hasta que se estrelló con la realidad: el camino del profesionalismo para las mujeres no existía en su época. “La máxima aspiración entonces era el futbol universitario”, cuenta en una entrevista por televisión. “La única manera de permanecer en esto era como árbitra. La árbitra tiene el mejor asiento en el futbol”, dice. Así aprendió a hacerse respetar en un oficio dominado por hombres: cuando empezó, de 900 silbantes profesionales en México sólo 30 eran mujeres.
En el tercer Mundial varonil de la FIFA en México, la presencia de Katia Itzel nos recuerda que hay un largo recorrido que no termina de reconocerse. Desde aquellas pioneras de la selección nacional que llenaron el estadio Azteca en la segunda Copa del Mundo femenil en 1971, invisibilizada por más de medio siglo, hasta llegar a la primera silbante mexicana en esta élite de hombres, hay demasiadas mujeres cuya historia merece algo más que una estampita de Panini. Además, con Katia Itzel, quizás por primera vez alguien del gremio del silbato sea admirado y empiece a firmar autógrafos.
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(*) Periodista del periódico La Jornada (Publicación 27/06/26)