Artículos de Opinión

MUNDIAL 2026: POR MI RAZA HABLÓ EL PATO. Por Diego Vega (*)

Por Fidel Flores junio 24, 2026

No celebramos un gol… festejamos desde ese México profundo.
Las patoaventuras de la Selección, según Pepe el Toro.

———- O ———-
“400 mil personas disfrutando, no por haber ganado un campeonato, sino por haber ganado un partido con un gol regalado.”
La frase atribuida a Enrique Serna ha provocado desde aplausos hasta molestia y no pocas mentadas de madre.
Lamentablemente, Serna, ante la afirmación de un “gol regalado” no aporta ningún argumento serio: no establece si fue fuera de lugar, si hubo una falta previa o si hubo favoritismo arbitral. Nada.
Serna se queda corto de miras.
De su afirmación podría surgir una pregunta incorrecta:
¿Por qué 400 mil personas celebraron un gol regalado?

Y una pregunta correcta:
¿Por qué 400 mil personas salieron a celebrar un partido de fase de grupos como si hubieran ganado el Mundial?
Haya sido un error del portero o no —¡pruebas, Serna, pruebas!—, ese marcador explica el triunfo del Tricolor. Pero no explica el tumulto vuelto carnaval y éxtasis en las calles. El error del portero coreano explica el 1-0.
Pero no explica el Ángel de la Independencia lleno. Tampoco una Reforma desbordada y un Zócalo convertido en una marea verde.
No explica los festejos simultáneos en Guadalajara, Monterrey, Puebla, Tijuana y decenas de ciudades más.
Las imágenes y los videos del festejo desbordado no pasaron desapercibidos para los medios internacionales.
Periodistas extranjeros, comentaristas deportivos y hasta dirigentes futbolísticos se preguntaban cómo era posible semejante nivel de celebración por una victoria en fase de grupos.
Lo que para muchos países habría sido apenas una buena noche futbolera, para México se convirtió en una fiesta nacional.
¿Qué ocurrió realmente?

Para responder, tenemos que entrar al México profundo.
Pero, antes de ello, y para no salirnos del tema mundialista, expliquemos algo.
A diferencia de México, algunos países llegan precedidos por el prestigio de su desempeño en anteriores mundiales. Por mencionar algunos:
—Alemania llega como una división blindada con aires de káiser y una leyenda llamada Franz Beckenbauer.
—Brasil aterriza con cinco estrellas bordadas en el pecho y una colección de fantasmas llamados Pelé, Garrincha, Romário, Ronaldo y Ronaldinho.
—Argentina aparece acompañada por una albiceleste encabezada por Maradona y Messi.
—Y luego está México… con su pato Merlín.
Sí, estoy seguro de que muchos acaban de reírse de nuestra más importante estrella en este Mundial: un pato.
Pero Merlín ya es una de las noticias más importantes de esta Copa del Mundo, dentro y fuera de México. Por mencionar un ejemplo, los noticieros de televisión de algunas de las cadenas más importantes del planeta le han dedicado más tiempo a nuestra querida oca que a varios de los goles más espectaculares del torneo. La mayoría del mundo no recordará los resultados de muchos encuentros disputados, pero sí sabrá quién es la mascota no oficial del Mundial.

Merlín ya superó, en este Mundial, los mitos de Brasil y su rey del fútbol; de Alemania como la máquina implacable; de Argentina y sus figuras eternas; de Francia como nueva potencia futbolística; o de España y su generación dorada.
Pero ¿por qué Merlín? ¿Por qué un pato? ¿Qué mecanismo antropológico, sociológico y psicológico logra enganchar un Mundial, una selección de fútbol de medio pelo, una nación desbordada en fiesta, orgullo y pertenencia… y un pato?
Porque, por mi raza, habló el pato.
Merlín reúne varias características típicamente mexicanas: es espontáneo, auténtico y un poco ridículo. No pretende ser importante y genera simpatía inmediata.
En pocas palabras, Merlín reúne muchas de las características de los personajes más entrañables de la cultura popular mexicana: Pepe el Toro, Cantinflas, Tin Tan, El Santo, la Catrina de José Guadalupe Posada, Memín Pinguín, la Familia Burrón, el Chapulín Colorado, el vocho y hasta el Dr. Simi.
Bueno, para empezar, habrá que decir que Merlín superó a las mascotas oficiales de la FIFA: Zayu, Maple y Clutch. Productos de marketing respaldados por no pocos millones de dólares.
Merlín, en cambio, no fue creado en una oficina lujosa de algún piso elevado de un rascacielos.
Merlín no fue un concepto impuesto mediante una campaña publicitaria.

Merlín fue descubierto.
La gente simplemente lo vio caminando entre aficionados mexicanos con su playera del Tri y decidió adoptarlo. Su fama surgió de manera espontánea en las redes y en las calles.
A diferencia de Zayu, Merlín es real. Es un pato de verdad. Acompañando a sus dueños en la vendimia y ayudando a llevar el pan a casa —como una típica familia mexicana, diría la dueña de Merlín—, tiene una historia. La gente sabe que existe. Que puede tomarse una fotografía con él.
Y Merlín se suma a esa tradición de un pueblo mexicano que crea sus propios símbolos. Que no nacen desde la publicidad ni desde el oficialismo. Y eso forma parte de la cultura mexicana, de ese México profundo.
Y, a diferencia de muchos países, cuyos arquetipos son perfectos —el caballero, el guerrero, el conquistador, el más fuerte—, el mexicano tiende a adoptar al antihéroe.
La sociedad mexicana suele admirar más al personaje que surge desde abajo que al héroe diseñado desde arriba. Muchos de los símbolos culturales más poderosos de México no fueron creados por el Estado, sino por la calle, la cultura popular, el cine, la radio, la televisión o la propia gente.
En otras palabras, Merlín se parece más a Cantinflas o al Doctor Simi que a una mascota oficial de la FIFA.
Uno de los arquetipos por excelencia del pueblo mexicano es Pepe el Toro. Pepe el Toro no es rico, poderoso, exitoso ni elegante. Es todo lo contrario. Es humilde, vive una vida difícil, se le acumulan los problemas, sufre, llora, pierde, se equivoca, pero aun así sigue adelante.
Eso conecta con una tradición cultural mexicana muy distinta a la del héroe clásico anglosajón.
Mientras en Estados Unidos el héroe suele ser el vencedor —el cowboy, el millonario o el superhéroe invencible—, en México muchas veces el héroe es el que resiste. No necesariamente el que gana.
Por un momento piense que algunos personajes profundamente arraigados en el imaginario popular tienen ese mismo perfil:
Pepe el Toro, Cantinflas, el Chapulín Colorado, Tin Tan, El Santo, La Familia Burrón.
Todos tienen algo en común: no pertenecen a la élite, no son perfectos, no son inalcanzables y la raza puede verse reflejada en ellos.
Incluso la historia nacional tiene algo de eso.
La historia mexicana no está construida sobre vencedores perfectos, sino sobre hombres imperfectos que se atrevieron a desafiar lo imposible.
Nacimos y crecimos admirando al insurgente que desafió un imperio. Al rebelde que se levantó contra lo imposible. Al revolucionario que enfrentó una dictadura. Al campesino que desafió al hacendado. Al barrio que se enfrentó al poderoso. Al pobre que se negó a inclinar la cabeza ante el rico.
Nuestra galería de héroes nacionales está llena de personajes que, vistos desde la lógica fría de las probabilidades, jamás debieron ganar.

Un indígena zapoteco llamado Benito Juárez llegó a la presidencia de una nación profundamente clasista y derrotó a un imperio respaldado por las potencias europeas.
Francisco I. Madero desafió a la dictadura más larga de nuestra historia y terminó derrocado y asesinado.
Emiliano Zapata peleó por la tierra de los campesinos y fue traicionado.
Francisco Villa desafió a gobiernos, oligarquías y hasta a Estados Unidos para terminar perseguido y asesinado.
La memoria popular mexicana está llena de derrotados gloriosos. De hombres que no siempre triunfaron, pero que jamás se rindieron.
Por eso la admiración popular rara vez se dirige al poderoso. Se dirige al resistente.
¿Ahora podemos entender por qué gozamos cada partido de la Selección Nacional?
México llega con toda su estela de antihéroes, como Pepe el Toro. Con una playera verde en lugar de mandil de carpintero, una esperanza renovada cada cuatro años y una habilidad sobrenatural para tropezarse con la misma piedra en cada Mundial.
Porque, si algo ha demostrado la historia, es que nuestra selección no es Superman, Batman o el Hombre Araña.
Nuestra selección es el Chapulín Colorado.
Eso puede parecer un insulto, pero también es un enorme elogio.
El Chapulín era miedoso, torpe y no tenía superpoderes.

Su arsenal consistía en un chipote chillón, unas antenitas de vinil y una pastilla de chiquitolina que probablemente no habría pasado los controles sanitarios de la FIFA.
Sin embargo, cuando todo parecía perdido, aparecía.
Y eso es exactamente lo que hace México: aparece.
No siempre gana y no siempre convence —ahí sí tiene razón Enrrique Serna—, pero aparece.
Y aquí, si ustedes me lo permiten, se engancha todo este entusiasmo colectivo.
México ha participado en casi todos los mundiales —y cuando no lo ha hecho es porque solito se puso de pie y trastabilló— y, cuando aparece, aparece con el mariachi, con su pueblo disfrazado de sus antihéroes, con sus excesos, sus ocurrencias, sus bailes, sus gritos, su desmadre y… sus lágrimas.
Y quizá por eso la afición mexicana no se parece a ninguna otra.
Porque no apoya al favorito.
Apoya al improbable.
Al que pelea sabiendo que enfrente está un rival más grande.
Al que llega sin garantías.
Al que se cae y vuelve a levantarse.
Apoya a su Pepe el Toro.
Y como sabe que el Tri probablemente no llegará a la final —porque ya conoce el final de la película—, entonces convierte un segundo partido, y con un solo gol —¿regalado, Villoro?—, en una fiesta titánica.
Como las fiestas de tres días en algunas regiones del país.
Como tirar la casa por la ventana para celebrar los quince años de la hija.

“Mañana, Dios dirá”.
No se me malinterprete.
Yo quisiera que México llegara a la final de un Mundial, pero sinceramente creo que el fútbol mexicano no ha trabajado para ello.
Nuestro fútbol mantiene lastres que no lo dejan avanzar: desde un torpe Emilio Azcárraga, pasando por los dueños de los equipos, hasta una afición que se ha conformado con las migajas futboleras que le han arrojado, sorprendentemente, en magníficos estadios de clase mundial.
Y, en este escenario trágico, aparece un pato.
Un simple pato vestido con la camiseta nacional.
Caminando por las calles de la Ciudad de México como si fuera el dueño del Mundial.
Y millones de personas decidieron adoptarlo.
¿Por qué?
Porque México tiene una vieja costumbre.
La de enamorarse de los antihéroes.

—Cantinflas no era gobernador; era apenas un pelado que confundía a los poderosos con palabras.
—El Santo no era un príncipe; era un luchador enmascarado.
—El Chapulín no era invencible; era un cobarde que hacía lo correcto.
—Pepe el Toro no era millonario; era un hombre golpeado por la vida.
Y Merlín no es una mascota oficial.
Es un pato.
Pero un pato que se ganó el corazón de la gente.
Lo mismo ocurre con la Selección Mexicana.
Los aficionados saben perfectamente que no es la más poderosa del planeta.
No son tontos.
Ven jugar a las demás selecciones.
Conocen sus historias.
Saben quiénes son Brasil, Alemania, Argentina, Francia o España.
Pero también saben algo más.
Que la grandeza no siempre consiste en ser el más fuerte.
A veces consiste simplemente en presentarse a la pelea.
Como Rubén “Púas” Olivares.
Como el campeón que muere antes de tiempo, Salvador Sánchez.
Una vez más, y otra vez, y otra más.
Aunque las probabilidades digan lo contrario.
Por eso cada Mundial México vuelve a llenar estadios.
Por eso millones de personas vuelven a ilusionarse.
Por eso seguimos creyendo.
Porque, en el fondo, estamos apoyando una historia.
La historia de un país que lleva siglos encontrando héroes donde otros sólo ven personajes secundarios.
Así que, mientras las grandes potencias llegan al Mundial montadas en caballos de guerra, México aparece acompañado por Juárez, Madero, Zapata, Villa, Cantinflas, Pepe el Toro, el Chapulín Colorado y un pato llamado Merlín.
Y aunque parezca una locura… es probablemente la delegación más mexicana que se haya visto jamás.
Porque en este país los héroes casi nunca son los invencibles.
Son los tercos.

Los que vuelven a levantarse.
Los que siguen peleando cuando el guion ya los dio por derrotados.
Y quizá por eso seguimos alentando a la Selección.
Porque cada cuatro años nos recuerda algo profundamente mexicano:
Que no siempre gana el más fuerte.
Pero jamás gana el que deja de intentarlo.
Como la historia de la mayoría de los mexicanos.
Los que se quedan aquí.
Y los que cruzan la frontera para buscar el jale.
Porque llevamos quinientos años intentando reconstruir un sueño que alguna vez flotó sobre un lago.
Porque este país se cae, se rompe, se equivoca, se contradice… pero siempre vuelve a levantarse.
Porque así somos.
Puro pinche corazón.
———- O ———-
(*)
Analista político (Diego Vega es su seudónimo).
Fuente en FB: https://www.facebook.com/diego.vega.103899

Fidel Flores

Acerca de Fidel Flores

Periodista y colaborador en Interés Público.

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