Artículos de Opinión

LA PRESIDENTA MÁS EMPODERADA QUE NUNCA. Por Diego Vega (*)

Por Fidel Flores junio 2, 2026

Más de 130 mil asistentes acudieron a la celebración en Monumento a la Revolución, a dos años de su triunfo electoral
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Hay una diferencia entre llegar a la Presidencia y convertirse en el centro del poder.
La mayoría de los presidentes mexicanos tardaron años en lograrlo. Algunos nunca lo consiguieron.
Carlos Salinas llegó a su segundo año perseguido por el fantasma del fraude electoral de 1988. Gobernaba con eficacia, sí, pero bajo sospecha permanente.
Vicente Fox arribó a su segundo año convertido en una celebridad política incapaz de transformar popularidad en autoridad. Había derrotado al PRI, pero no había logrado construir un nuevo régimen.
Felipe Calderón alcanzó su segundo año con un país dividido por una elección controvertida y una guerra contra el narcotráfico que apenas comenzaba.
Enrique Peña Nieto parecía omnipotente durante sus primeros dos años. Tenía Congreso, gobernadores, empresarios, medios de comunicación y analistas alineados. Después llegó Ayotzinapa y la historia tomó otro rumbo.
Andrés Manuel López Obrador es quizá el único caso comparable. Entró al segundo año con altos niveles de aprobación, una oposición desarticulada y una autoridad política extraordinaria. Sin embargo, todavía enfrentaba la incertidumbre de la pandemia y una guerra permanente de los grupos que se resistían a perder privilegios.
Claudia Sheinbaum llega a su segundo año en circunstancias distintas.
Y quizá más favorables.
No sólo conserva elevados niveles de aprobación ciudadana. No sólo mantiene una calificación positiva que cualquier mandatario occidental envidiaría. No sólo encabeza un movimiento político que domina la conversación pública y la geografía electoral del país.
Además, comienza a ejercer una autoridad propia.
Es decir: ya no gobierna únicamente desde la herencia política de López Obrador. Gobierna desde Claudia Sheinbaum. Y eso es un cambio de enorme profundidad.
Durante meses la oposición apostó a que sería una presidenta tutelada. Una especie de administradora temporal del legado obradorista.
La realidad terminó siendo otra.
La presidenta ha demostrado capacidad para ordenar su partido, influir en decisiones estratégicas, definir prioridades nacionales y enviar mensajes que son obedecidos dentro de Morena con una disciplina cada vez mayor.
En otras palabras: ya mueve los hilos.
Y el sistema político lo sabe.
Por eso resulta tan revelador el episodio de TV Azteca.
Muchos se quedaron en la anécdota de que la presidenta sugirió no ver una televisora. Lo interesante no fue el comentario. Lo interesante fue que se sintió con la autoridad suficiente para hacerlo.
No fue la declaración de una presidenta insegura.
Fue la declaración de una presidenta que percibe que su legitimidad política está por encima de la capacidad de daño de sus adversarios mediáticos.
Y eso explica el nerviosismo de algunos.
Particularmente de Ricardo Salinas Pliego.

Porque durante décadas ciertos grupos empresariales asumieron que podían moldear la conversación pública desde la pantalla, mientras los gobiernos debían guardar silencio.
Hoy la relación de fuerzas es distinta.
Por primera vez en muchos años, el dueño de una televisora parece más obsesionado con la presidenta que la presidenta con la televisora.
Y eso tiene una explicación muy simple.
Las campañas permanentes de desgaste no han producido el resultado esperado. A pesar de titulares catastrofistas. A pesar de columnas alarmistas. A pesar de pronósticos apocalípticos. A pesar de los “ahora sí se cae” que llevan casi veinticuatro meses circulando.
El gobierno sigue avanzando. Y eso desespera. Más aún porque la presidenta no ha necesitado comprar consensos mediáticos.
Conviene recordar algo.
Mientras gobiernos estatales como el de Chihuahua han sido señalados reiteradamente por gastar cientos de millones de pesos en convenios de publicidad, entrevistas a modo y coberturas favorables, el gobierno federal no ha construido su popularidad mediante la compra masiva de elogios.
La aprobación presidencial proviene, fundamentalmente, de otra fuente: la percepción ciudadana. Y esa diferencia resulta profundamente incómoda para quienes creen que toda legitimidad puede adquirirse mediante contratos de comunicación.
Mientras tanto, desde el exterior también arrecian los ataques.
La llegada de Donald Trump nuevamente al centro de la política estadounidense ha significado una renovada presión sobre México: presiones migratorias, presiones comerciales, presiones diplomáticas, presiones de seguridad.
Y, en ocasiones, discursos que rozan peligrosamente la violación de la soberanía nacional.
En ese contexto aparecen aliados locales: gobernadores, dirigentes partidistas, opinólogos profesionales y voceros de ocasión.
Personajes que parecen más preocupados por agradar a Washington que por defender los intereses de México. El caso de Maru Campos se ha convertido en símbolo de esa contradicción. Mientras la presidenta responde desde una posición institucional frente a las presiones externas, algunos actores locales parecen competir por demostrar quién puede mostrarse más complaciente ante los intereses extranjeros.
Pero hay un problema para los promotores del desgaste permanente. La realidad. Porque los números no acompañan la narrativa del desastre:
—La inflación se mantiene relativamente controlada.
—La moneda conserva estabilidad.
—El desempleo se encuentra en niveles históricamente bajos.
—La inversión extranjera continúa llegando.
—Las tasas de interés descienden gradualmente.

—La actividad económica avanza, quizá sin espectacularidad, pero también sin la parálisis que sus adversarios pronosticaban.
Todo ello en uno de los contextos internacionales más complejos de las últimas décadas.
Y mientras los analistas anuncian tormentas todos los días, las obras siguen apareciendo.
El Tren Interurbano El Insurgente avanza hacia su integración plena con Observatorio. El tren Felipe Ángeles continúa consolidando la conexión con el AIFA. El puente Nichupté transforma la movilidad en Cancún.
Se inauguran hospitales. Se construyen carreteras. Se amplían puertos. Se desarrollan proyectos ferroviarios. Se fortalece infraestructura energética.

Y el país sigue moviéndose.
Quizá ahí radique la razón principal del empoderamiento presidencial. No es solamente popularidad. No es solamente narrativa. No es solamente control político. Es la combinación de resultados, estabilidad y percepción social.
Porque al final los gobiernos pueden comprar titulares. Pueden comprar entrevistas. Pueden comprar comentaristas.
Lo que no pueden comprar durante años es la confianza sostenida de millones de ciudadanos. Y esa es precisamente la fuente de poder más difícil de combatir.
Por eso, al comenzar su segundo año de gobierno, Claudia Sheinbaum parece más fuerte que nunca.
Y también por eso, quienes apostaban a verla debilitada lucen hoy más preocupados que la propia presidenta.
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(*)
Analista político (Diego Vega es su seudónimo).
Fuente en FB: https://www.facebook.com/diego.vega.
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Fidel Flores

Acerca de Fidel Flores

Periodista y colaborador en Interés Público.

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