
———- O ———-
Nació en un pueblo de Oruro cuando la década de los treinta en el siglo pasado, ya se despedía con olor a pólvora y a hambre vieja. Como tantos hijos de la postguerra entre Paraguay y Bolivia (1932-1935), vino al mundo cargando carencias que no eran suyas, sufrimientos heredados, esperanzas tercas y una fortaleza que no conocía pausa. Sin saberlo, mujeres como ella estaban construyendo a Bolivia con las manos desnudas, horneando el futuro y el de sus hijos en fogones de estaño y de taquia (1).
El país despertaba entonces de un sueño de siglos donde la semi esclavitud era costumbre y el aprovechamiento de los jailones (2) clasistas. El estaño mandaba. Las minas se tragaban hombres y escupían miseria, y la vida se vivía a mordiscos, con una desigualdad tan honda que parecía geográfica. La mayoría indígena habitaba una Bolivia que no le pertenecía: excluyente, segregacionista, machista, obtusa. Esa diferencia tenía dos caras —la ciudad y el campo— y curiosamente ambas, le daban con crueldad la espalda a su origen. Eran otros andares. Y en ese caminar multitudinario de rostros iguales e injusticias, también se alzaban uno que otro semblante digno e irrepetible. Esta vez era el de Enriqueta.
De Huari, población rural de Oruro (donde existe una fábrica de cerveza), le vienen a Mamá Enry —así la nombran ocho hijos y trece nietos— sus primeros recuerdos. Mientras remienda cortinas en su máquina de costurar, detiene el pedaleo un instante y la memoria se le viene encima:
“Me acuerdo desde los cuatro años. Mi madre me llevaba en su espalda, envuelta en un aguayo (3), hasta la estación del tren. Vendíamos lo que daba la estancia (4). Éramos pobres hasta el hueso, pero en medio de esa pobreza yo era feliz”.
“Tenía tan poca ropa —cuando era niña— que había que lavarla en el río y esperar sentada a que el sol la secara para volvérmela a poner. Después venían las travesuras: jugar a atrapar zorros que nunca se dejaban. Y el trabajo de niña que no sabía que era trabajo: juntar yareta (5), vender taquia para la Cervecería Huari, la única empresa de por ahí. Con ese ingreso sobrevivíamos”.
Ella, aprendió a contar antes que a leer y sus primos Víctor, Julio y otros la seguían como a capitana y líder. El resto del día ayudaba en los sembradíos de papa y cebada. Aun así, los viejos que no eran de su sangre la querían, porque preguntaba mucho y oía más, una niña con alma vieja —decían—.
Mamá Enry hace otra pausa. Su mirada se va lejos, a un tiempo que no perdona:
“La gente del campo que bajaba a los pueblos trabajaba por un plato de comida. Los patrones se creían dueños de todo. Los mineros estaban mejor: tenían comedores baratos donde la verdura llegaba de Cochabamba y el pan no faltaba. Salían al mediodía los perforadores y dinamiteros, con cara tiznada, pero después de comer, todos con el estómago en paz”.
“Mi padre se llamaba Manuel Acho, pero al adoptarlo otra familia, algunos de sus hijos llevaron apellido distinto. Cosas de aquellos años. Mi madre, Basilia Marcelo, tuvo cinco hijos: Herminia, Esteban, José, Ana y yo, la tercera. Mi padre se fue a la guerra del Chaco y volvió malogrado con una bala en el hombro y la muerte atrasada. Murió poco tiempo después y todo se nos vino encima. Mi hermano José se perdió siendo bebé. Quedamos huérfanos con mi madre, y el hambre era implacable y no se iba de la casa”.
“Yo tenía cinco años cuando llegó a la iglesia de Huari el padre Jerónimo Flores, venido de Sucre. Me tomó cariño. Él tenía en la capital hermanos con fincas. Uno de ellos, Teodoro, que no tenía hijos, quiso conocerme. En tal circunstancia me llevó a Sucre. Fui, me trataron y junto a su esposa Jacinta Cárdenas, les gusté. Así me hicieron hija adoptiva. Por primera vez me sentí bien”.
“Seis años duró la adopción, de los cinco a los once. En dicha capital entré a la escuela. Llegué hasta tercero de primaria. Lo demás me lo enseñó la vida, que aunque no da diplomas, fortalece el carácter”.
“Pero mi abuela Andrea reclamó mi vuelta. A los doce tuve que regresar, contra mi voluntad, al frío de Huari y a cuidar ovejas. Dos años ayudé a mi madre y a mis hermanos. Hasta que un día me cansé de todo. Hice un atado chico, lo puse al hombro con catorce años que tenía, y me subí al tren a Oruro a trabajar de cocinera. Tiempo después mi madre me encontró y me regresó al pueblo”.
“Pasaron dos años más y ya adolescente hice familia con Carlos Flores. Nos fuimos a La Paz. Él hacía y vendía colchas de vicuña. Al principio nos fue bien, pero la política esos años era violenta y sin bozal. Nos tocó la Revolución del 52 y sus coletazos de tragedia. Lo perdimos todo y volvimos al pueblo. Carlos se fue al Chaco argentino a buscar trabajo en la vía férrea que estaban poniendo. Yo me quedé con mi primogénita Francy y con David en la barriga. Cosía camisas, pantalones, vestidos, de todo. Resistíamos a la adversidad”.
“En 1957 fui a Santa Cruz por primera vez. Duré seis meses y volví al occidente. En 1959 regresó Carlos después haber trabajado como “hachero” en Tartagal, luego todos juntos nos fuimos al Chaco Boliviano, a Yacuiba. Él entró a la Comisión Mixta Argentino Boliviana, la del ferrocarril. Yo criaba a los hijos y vendía poquitas cosas. Fuimos creciendo con el pueblo y el pueblo con nosotros. Adoptamos al Chaco y él nos adoptó. Allí nacieron mis hijos y allí ayudamos a que Yacuiba dejara de ser estación y seis calles, para volverse paulatinamente ciudad”.
“Antes Yacuiba era eso: el tren, la empresa, pocas calles y después chacras y puestos. Pero el comercio con Argentina le puso sangre nueva. Tuvo auges y caídas durante las seis décadas que vivimos ahí”.
“Trabajé y aporté al país desde Yacuiba. De allí salieron Francy, David, Eva, Carlos, Judith, Marlene, Manuel y Mirtha. Todos pisaron universidad. Pero la política, con sus dictadura, contradicciones y destierros, empujó a cuatro de ellos fuera del país a estudiar y trabajar”.
Hoy, con los altibajos cosidos en la piel, le da gracias a Dios por cuidarla tantos años. Sigue optimista, activa. Se pone mal cuando no tiene nada que hacer.
“Espero que esta vida humilde le sirva a los que vienen, aunque no somos perfectos”, finaliza. Y el pedaleo de su máquina vuelve a sonar, más fuerte ahora, porque encima hay más prendas que costurar, y el tiempo, como el hilo, no se acaba mientras haya quien lo enhebre. (Santa Cruz, julio 2002)
Así recuerdo a mi jefa en 2026, todavía siento su materna calidez y enorme esfuerzo el último 25 de mayo en que me dio un abrazo de cumpleaños antes de irse; dio amor a pesar de su precaria salud, sólo una palabra alcanzó a decir: ¡felicidades!, me extendió su mano y apapachó con la fuerza que les queda a las despedidas, agradecí conmovido y me alejé varios pasos, para llorar oculto y en silencio. Previo a ese momento buscaba un cuaderno, hoy lo sigo buscando, y como ella ya no están, se han ido para siempre, y yo también poco a poco voy a su encuentro recordando a Macario (6):“Hay que tener consideraciones con los muertos, porque pasamos mucho más tiempo muertos que vivos”.
———- O ———-
Publicado en su primera versión en “Punto y Aparte”, Revista Universitaria (pág.26), Comunicación Social Universidad Evangélica Boliviana. Santa Cruz – Bolivia. Julio de 2002. (Breve crónica y reconocimiento a mi madre).
(*) Periodista (EPCSG) y Economista (UAM-Azcapotzalco).
(1) Taquia es una extreta seca de camélidos andinos, principalmente llamas y guanacos, usado tradicionalmente como combustible natural. Es un recurso clave en el altiplano para cocinar y calentar, valorado por su alto poder calorífico. En zonas rurales se emplea como leña, siendo fundamental para la economía doméstica y la minería.
(2) En Bolivia, jailones (o jailón/jailona) son personas de clase social alta o que aparentan tener un alto poder adquisitivo, caracterizadas por un estilo de vida ostentoso y, a menudo, superficial. Proviene de la expresión inglesa “high life” (vida alta) y suele tener una connotación despectiva o crítica.
(3) Tejido artesanal andino tradicional, rectangular y colorido, originario de Bolivia y utilizado por las comunidades indígenas, para transportar a sus bebés, alimentos o productos a la espalda. Simboliza la identidad cultural, tradición y conexión con la Pachamama.
(4) Equivalente a la Milpa.
(5) Yareta (azorella compacta) es una planta que ha sido utilizada por siglos en la medicina tradicional por sus múltiples beneficios. Conocida por sus propiedades curativas, ideal para quienes buscan un apoyo natural para la salud digestiva, el control de la glicemia y el bienestar general.
(6) Macario (1960) es una obra maestra del cine mexicano, dirigida por Roberto Gavaldón y protagonizada por Ignacio López Tarso. Es un drama fantástico ambientado en el virreinato que narra la historia de un campesino pobre cuyo deseo de comer un pavo a solas, lo cual lo lleva a encontrarse con la Muerte.