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EL NIÑO QUE ME LLEVÓ EN SU BICICLETA (Crónica). Por Fidel Carlos Flores (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
abril 17, 2026
in Artículos Literarios
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EL NIÑO QUE ME LLEVÓ EN SU BICICLETA (Crónica). Por Fidel Carlos Flores (*)

———- O ———-
Introspectivo observo a un niño de ocho años, precoz, ávido y curioso, que medio desconfiado atisba en mí desde un tiempo que no tiene fecha. Nos miramos de reojo pero al contacto visual sonríe y ¡zás!, me lleva a su mundo como se llevan los vendavales a las hojas.
Pantalón corto, abarca gastada —huaraches que ya conocían de memoria cada piedra del camino—, a veces sin remera (playera), pedaleando su vieja bicicleta por la calle principal del pueblo, Yacuiba, esa frontera apacible y selvática donde casi todos se conocen de cara, de apodo y de calor. Fin de año, cuando precisamente el calor cotidiano es extremo, cuarenta o cincuenta grados centígrados que no se miden en termómetro sino en sed, donde con brazos extendidos se corre entre nubes de mariposas amarillas, o mojándose a pleno sol y lluvia veraniega porque el verano allí no pide permiso para ser aguacero y sauna al mismo tiempo. A todo se acostumbra uno, y se hace parte de la calidez climática y humana del Chaco, que es la única región donde el sudor también abraza.

Ahora, pelo mojado, despeinado y sonriente. Achino aún más mis ojos y me enfilo hacia el mercado central, al puesto de Amalia “La revistera”, estaciono la bicicleta como quien amarra un caballo. Y repaso con absorta mirada dos estantes que exhiben a Kalimán, Condorito, Juan Sin Miedo, El Santo, fotonovelas, El Tony, Fantasía, D’Artagnan, entre otras de acción, amor y aventuras, porque en aquel tiempo las mitologías se alquilaban con monedas y se leían bajo la sombra de los árboles.
Ese era el entretenimiento que germinó en mi imaginación; después vendrían revistas —Anteojito, Billiken—, libros usados y otros que ya tenían el olor y desgaste de otras manos y ojos. Y con ellos más aventuras, porque una aventura llama a la siguiente y así sucesivamente.
Sí, quizá fue el inicio. Ese verano el aleteo de mi quimera infantil me había llevado a crear mi propia revistita artesanal. Recorté un cuaderno viejo a la mitad, lo dividí en cuatro cuadros y me inventé una historia de forajidos en el viejo oeste; al final triunfaban los buenos, clásico cliché, je, je, pero era el cliché que me tocaba escribir y lo defendía. No lo niego: al principio fue la imitación, porque todos empezamos copiando el vuelo de otros pájaros, pero descubrí que los argumentos repetían estereotipos, y con los años fui agudizando la comprensión al distinguir tramas y contextos.
Como aquella historia donde un tripulante joven del avión estadounidense Enola Gay, luego de haber cumplido la orden de lanzar un explosivo a Hiroshima, Japón, en la Segunda Guerra Mundial, se acercó raudo a una de las ventanillas y vio el colosal hongo que había formado la bomba atómica. Tal imagen lo trastornó. El soldado —según sus palabras— al mismo tiempo había visto en el cielo la horrorizada cara de Dios que se cubría de pavor y vergüenza por haber creado al hombre. Al final, toda la tripulación acabaría suicidándose por la tragedia vivida. Me impresionó el drama de la guerra, sus consecuencias y personajes, porque hay lecturas que no se olvidan aunque uno quiera.
En mi caso, a veces mis relatos los escribo antes de empezar a escribirlos, incluso antes de saber que —quizás— tengan vida secreta, como los embarazos que no se anuncian. Cada texto tiene respiración y crecimiento propios, por ello desde hace medio siglo camino errante e invisible por la Ciudad de México, lugar donde vivo, pero no siempre estoy. En invierno, suelo abrigarme con melancolía y regreso —a hurtadillas— al pueblo, porque la infancia es una patria de la que uno emigra, pero a la que se vuelve permanentemente.
—¿Carlitos dónde vas apurado? Me saludas a Doña Enriqueta —me dicen las señoras del mercado cuando me ven atravesar corriendo el pasillo, y yo corro porque detenerse es pausar el tiempo—. Y es que a la menor provocación siempre contaba o transmitía algo, por lo que creo que el gusto por la plática lo heredé de mi padre, Don Carlos, que tenía la boca llena de anécdotas e historias y las regalaba sonriente a sus amigos.
En un mundo onírico y paralelo me asaltan alebrijes. Saltarines ellos, y sin límites, agitan mi infancia y mi actualidad como se agita un frasco de luciérnagas. Así recuerdo el enorme esfuerzo de mi madre el último 25 de mayo en que me dio un abrazo de cumpleaños antes de irse; dio amor a pesar de su precaria salud, sólo una palabra alcanzó a decir: ¡felicidades!, me extendió su mano y apapachó con la fuerza que les queda a las despedidas. Previo a ese momento buscaba un cuaderno, hoy lo sigo buscando, y como ella ya no están, se han ido para siempre.
A veces, siento una extraña mezcla de nostalgia, vacío y esperanza en medio de la escritura, entonces pienso: si un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido para siempre. Algunos dicen que los recuerdos no existen, pero reescribimos siempre la memoria del mismo modo como reescribimos nuestra historia, porque la memoria no es un archivo que se elimina.
Actualmente, como todo ser humano, vamos hacia el final a distintos ritmos y circunstancias. Transitamos, pues, con la edad uno de los últimos capítulos de la vida, por ello termino con una frase de Georges Bataille, Francia 1897-1962: “
Escribo deseando que me lean, pero el tiempo me separa del momento en que seré leído”. Y mientras tanto, el niño de la bicicleta sigue pedaleando, y yo, que ya no tengo ocho años, corro detrás de él para que no se me pierda del todo…
———- O ———-
(*)
periodista (Escuela de Periodismo Carlos Septién) y economista (Universidad Autónoma Metropolitana /Azcapotzalco)

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