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Llegué al bar a las 9 p.m. Llovía. Bajé del taxi negro y amarillo que me condujo por la amplia avenida paralela a la Barceloneta. Comenzó la llovizna. Tuve que cruzar la calle, aprisa, para resguardarme.
Frente al lugar me ajusté la bufanda blaugrana. Un grupo de chicas y chicos conversaban, de forma escandalosa, en el portón. Pude colarme entre la pequeña multitud. El sitio estaba abarrotado, no cabía un alfiler. No era para menos: se transmitía por televisión el clásico de clásicos: Real Madrid vs Barsa. Disputaban la final de la Copa del rey. Avancé, esquivando cuerpos, hasta el fondo del local. Cerca de la pantalla gigante estaba mi amigo (mexicano radicado en esa ciudad) junto con dos compañeros de trabajo, también mexicanos. Habían apartado la mesa con antelación. Contigua a nosotros, la porra culé entonaba cánticos: “¡Lamine…Yamal… cada día yo te quiero más!”… “¡Un sentiment molt dins de mi, t” animare cada partit… Lololololo…!”.
En otra mesa, pintada de blanco por su vestimenta y a discreción, residía la tibia afición madridista, Un grupo de mujeres y hombres jóvenes quienes, a pesar de ser muchas y muchos menos, entonaban con fervor “¡Como no te voy a querer, como no te voy a querer…si fuiste campeón de Europa una y otra vez…!”… “¡Yo te quiero Real Madrid!, Yo te quiero Real Madrid!…Lolololo…”.
Era lógico el entusiasmo mayoritario por el Barsa, estábamos en el corazón de Cataluña. El bar, eso sí, era un mundo de respeto y sana competencia. Los chicos y las chicas iban de un lado a otro dentro de un ambiente festivo. Yo había llegado a la capital catalana tres días antes. Mi amigo me consiguió hospedaje en el departamento de su compañero de equipo de futbol. El apartamento estaba ubicado en la céntrica Rambla. “Sólo te advierto una cosa”, comentó mi amigo, “este compa está bien clavado con el Barcelona, es fan de hueso colorado, de esos a muerte. No le vayas a decir que eres del Madrid, porque te corre…” No mentía, el tipo era un verdadero maniaco con respecto al deporte de las patadas. Antes de llegar a su piso, me cercioré de que la bufanda merengue que traía quedara sepultada en el fondo de la maleta, junto a una de Portugal (con la cara estampada del “Bicho”) que compré en Lisboa. Me asustaba la idea de ser expulsado de aquel departamento a medianoche. Me imaginaba llevando, tras de mí, la maleta de rueditas rodando sobre el concreto de la calle más importante de la ciudad, confundido entre cientos de rostros de lugareños, indigentes y turistas, que me verían con la compasión con la que se ve a un perro herido. Tuve que fingir que era gran admirador de los culés, recalcando los logros de la magnífica época de Samuel Etó, Ronaldiño, Xavi, Iniesta y Rafa Márquez (“mi compatriota”, resalté, “el káiser mexicano”). No mentía por completo; llegué a ser empático con el equipo de esa época. Eran jugadores admirables con un juego fantástico. Fue tan buena mi actuación que el camarada me llevó a la tienda del club, de la cual es socio. Allí encontré una bufanda, muy linda, a mitad de precio. Comencé a usarla a diario. “A la tierra que fueres…”, me convencí por instinto de conservación.
Por ello, cuando mi amigo me vio llegar enfundado en los colores blaugrana, me reprendió, muerto de risa: “Cabrón, pero si tú eres madridista …” Por fortuna, era tal el escándalo dentro del bar que nadie logró escucharlo. Le compartí en voz baja: “Soy del equipo que tenga que ser…” Volvió a reír. Pedimos y bebimos varias “Estrella Galicia”. Disfrutamos el tiempo, allí y entonces.
Se dio el silbatazo inicial. Arrancó el partido. El ambiente era único. Fue una fiesta, ambos contendientes jugaron a un nivel muy alto. Hubo tensión por momentos, como era de esperarse. Despegué los ojos de la pantalla, unos momentos, en medio de los cánticos del local. Noté que dos chicas, en la mesa vecina, jóvenes y hermosas, me miraban con insistencia. Cuando tuve que ir al baño, me persiguieron con la mirada. Cuando regresé a la mesa, me contemplé en el espejo de uno de los muros. En verdad el color de la bufanda combinaba con mi ropa. Supe que estaba traicionando, de algún modo, al Madrid de mi corazón, pero no quería ser mal visto en el bar, mucho menos ahora que tenía la atención de las dos hermosas mujeres.
Antes de sentarme, animado me acerqué a las jóvenes. Inicié una conversación casual. Se les veía a gusto con mi charla. Me invitaron a acompañarlas unos minutos. Alabaron mi bufanda, dijeron que se veía preciosa. Sonreí para mis adentros. Me dieron su número de whatsapp y quedamos de vernos, en el apartamento de una de ellas, al día siguiente. Me despedí, de momento, con el corazón lleno de júbilo. “Nos vemos mañana”, dije dichoso.
Un tipo madridista, recargado en una columna, comentó con humor: “Joder, deberías quitarte esa bufanda”. Confesé: “No digas nada, soy del Madrid, pero no quiero que sepan…” Le guiñé el ojo. Pude ver que lo comentó a su acompañante, y ambos se carcajearon con sinceridad. Me sentía como un espía dentro de las filas enemigas.
Después vino el gol del Barsa, el único del partido. Debo reconocer que no me molestó porque el festejo era tan ameno en el bar, tan alegremente intenso, que dejé de pensar en camisetas y colores. Nunca me importó menos la derrota. Vivir un partido con esa intensidad, en una ciudad hermosa y con gente cordial, era un asunto mágico. Qué más daba si había caído el Madrid. Pagamos la cuenta, y salimos. La ciudad era celebración pura. Hicimos recorrido, de bar en bar, hasta las 4:00 a.m. Fue una velada hermosa.
Al día siguiente visite a aquellas chicas. La pasé de maravilla en su piso. Fue una segunda noche inolvidable. Me cercioré, por cierto, de llevar aquel objeto blaugrana que tanto gustó, que fungió como fetiche y mediador en los rituales del amor. Entonces lo supe, el futbol es importante, pero hay cosas más fantásticas que otorga la vida. Mis acciones no me exentan de externar aún hoy el típico ¡Hala Madrid!; aunque, si me preguntan cuál es la mejor bufanda para ciertas ocasiones responderé que, desde luego, la del equipo que juegue en casa.
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(*) Escritor, Director del Coloquio Internacional de Poesía y Filosofía (México) Posee una Maestría y un Doctorado con especialidad en imaginarios literarios y urbanos. Ganador del Concurso Internacional de Cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019), entre otros.