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El balón estaba en la mancha, en ese círculo albo frente a la portería. Yo tendría diecisiete, quizá dieciocho años. Así llegan las oportunidades. Ésta llegó pronto, quizá demasiado. Itzel me miraba con anhelo tras el enrejado, podía sentir cómo me recorría el cuerpo una mezcla de simpatía y deseo febril. Yo era tímido entonces.
Ella había cumplido dieciséis, si la memoria no traiciona. Éramos un Romeo y una Julieta de barrio en medio de un tibio coqueteo. Yo vivía en un residencial que odiaban los de su cuadra. Su hermano le prohibía hablarme; sus amigas también. Ella no hacía caso a las presiones: cada vez que me veía por la cancha me abordaba. Eran grandes momentos de felicidad para mí, un refugio dentro de la solitaria adolescencia.
Ahora, como hombre casado y padre de un hijo podría mentir, inventar que no existió otro amor antes de la madre de mi pequeño. Mentiría. Itzel fue un romance absurdo ante la imposibilidad de concretarse, pero fue intenso. Sabernos prohibidos brindaba fuego a las posibilidades. Durante meses estuve obsesionado con ella. Al parecer, ella conmigo. Nos besamos y acariciamos, de forma prolongada, tres veces. En la clase de cálculo integral su rostro acudía a mi mente con frecuencia. Aún hoy, de vez en cuando y a solas, repito su nombre.
La tarde del penal, aquella aciaga tarde, los eventos dentro de la cancha y fuera de ella se desenvolvieron aprisa. Tuve oportunidad de empatar el juego antes del tiempo regular, al límite del final. Después un par de rebotes fuera del área, el balón quedó en medio de propios y extraños. Giraba, espléndido, sólo tuve que meter el empeine con suavidad. La pelota ascendió, hizo una curva, y se insertó en el ángulo superior derecho ante el esfuerzo del portero. Con qué mezcla de emoción y ternura me miró Itzel. Aún no puedo olvidarlo.
Fuimos a la tanda de penales. El momento era crítico. Ellos habían errado el tiro anterior. Lo habían enviado por encima del larguero. Les llevábamos ventaja. Era mi turno. Si anotaba me convertiría en héroe. El sueño cumplido. El momento que esperé, luego de ver tantas Champions League. Itzel, expectante, aguardaba. El balón se hallaba en el manchón. Los vecinos, los compañeros de equipo, los contrarios, todos contuvimos la respiración. Mi corazón dejó de latir por un instante. Miré la parte inferior derecha de la portería, de reojo. El arquero se movía de un lado a otro, sobre la línea. Volví a revisar el rincón derecho. El árbitro silbó. Emprendí una carrera breve, con paso seguro. Por un momento la portería pareció pequeña, porque el portero era alto. Recargué el cuerpo para disparar hacia el costado diestro. Entonces se abrió la gran posibilidad cuando el arquero se lanzó hacia ese lado. El sol iluminaba el verdor del césped.
La izquierda del marco estaba al descubierto. Supe que debía cambiar el rumbo, no había que aprobar cálculo integral para eso. Toqué el balón, como un billarista, hacia la izquierda; la pelota rodó hacia el rincón. Enmudecimos. El disparo pasó, lento, al costado del poste. Por fuera. Pasó por fuera. Lo vi tan fácil que me costó asimilar lo que ocurría.
Me llevé las manos al rostro, invadido por la vergüenza. Miré a la chica. Su rictus se tornó en el más profundo desencanto. Después vino el equipo contrario. Nuestro guardameta detuvo el disparo. Enseguida mi mejor amigo, Toni, cobró el último penal. Anotó. Hubo una gran celebración por nuestra parte. Éramos campeones. Mis compañeros se abrazaron con efusividad. Yo habitaba, en ese momento y de manera intelectual, una tierra lejana. En medio de los gritos recordé las palabras de Figo: “El futbol no perdona.”
No podía superar la oscura sensación de fracaso. Este deporte contiene drama, predestinaciones, caídas, tragedias personales. Estaba recreando una de ellas; uno no quiere asumir el papel de villano. El futbol se convierte, de vez en vez, en alegoría de la vida. Miré la cerca metálica. Ella no estaba. Nunca volvió a la unidad. No retornó a mi vida.
Le perdí la pista; estudié el bachillerato y concluí la carrera; me marché a trabajar a otra ciudad. Allá me casé. Hice una familia. Dejé atrás esa historia. La semana pasada volví al residencial para visitar a mis padres. Les llevaba un paquete de chocolates que estuvo a punto de caerse de mis manos porque, justo cuando iba a cruzar la puerta principal, pude ver a Toni y a Itzel, juntos, en una camioneta del año. Se detuvieron un momento en la pluma de acceso. A bordo de la camioneta, se dieron un beso. No me reconocieron, no notaron mi presencia.
Me hubiera gustado saludar, hablar con ellos. Quería confesar a Itzel que cada vez que experimento cierta frustración, no sé por qué, acude a mí su gesto de desencanto. Ha pasado el tiempo. No extraigo ninguna moraleja al respecto. Para qué. Como escribió José Emilio Pacheco, “de aquel horror quién puede acordarse”. Tal como comentó el flaco Menotti: “puedes dejar de correr, pero no de pensar”. Si Itzel y yo hubiéramos tenido una hija, tendría al menos veinte años.
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(*) Escritor, Director del Coloquio Internacional de Poesía y Filosofía (México) y articulista de Interes Público.

