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TALLERES DE CREACIÓN LITERARIA. Por Elena Poniatowska (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
febrero 22, 2026
in Artículos Literarios
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TALLERES DE CREACIÓN LITERARIA. Por Elena Poniatowska (*)

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CDMX, 22/02726 (La Jornada). Cuando Rosario Castellanos fue nombrada embajadora de México en Israel por el presidente Luis Echeverría, en 1971, el sacerdote jesuita Felipe Pardiñas me pidió que la sustituyera en el instituto Kairos para dar un curso de creación literaria, cosa que me atemorizó. Para mi sorpresa, encontré a un grupo de mujeres (y tres hombres, entre otros mi querido Yuri Herrera, hoy maestro en Nueva Orleans y gran escritor) ávidas de lectura y con bibliotecas bien surtidas. Todas deseaban expresarse y participar en la vida de su país. Así nació lo que Guillermo Sheridan llamó “literatura ñora”, la que hacen las amas de casa en vez de ir al salón de belleza después de dejar a sus niños en la escuela.
Desde la segunda clase me dejaron muy sorprendida con los escritos sobre su propia vida que pedí para conocerlas. Recuerdo, sobre todo, a Alicia Trueba, quien fundó Mercado de Discos con su esposo, quien vendió discos durante muchos años. También Gloria Inne, cubana anticastrista, resultó ser notable tallerista, así como la joven Adela Celorio (Sandy), entonces casada con Sergio Ramos, quien me sorprendió al responder: “eso es lo malo”, cuando le dije que tenía una mujer muy inteligente. Rosa Nissán fue más allá de las expectativas y sus dos novelas, Novia que te vea e Hisho que te nazca revelan a una clase media que acude a la gran alberca y a los vestidores del club deportivo israelita y hace “showers” para novias y futuras mamás. Su público lector ahora festeja su ingenio y la veracidad juguetona que sale de sus cuatro novelas.
Con el tiempo, alumnos y maestros salimos del Instituto Kairós porque la autora de Los colores del principio, Alicia Trueba, decidió construir en su casa un espacio ex profeso para reunirse y escuchar a Juan Villoro antes de irse a España. Los primeros maestros de literatura fueron Gonzalo Celorio, Vicente Quirarte, Magda Solís, Tatiana Espinasa, Sandro Cohen, Hugo Hirirat, Juan Antonio Ascencio (autor de una biografía sobre Juan Rulfo, su gran amigo), Guillermo Samperio, Memo Giardinelli (quien llegó de Chile), el muy exitoso Germán Dehesa (quien inflamó de amor por él a enorme cantidad de seguidoras), Raúl Renán y Daniel Sada, entre muchos otros.
El taller se impartía los jueves de 10 a 14 horas en casa de Alicia Trueba, en Tlacopac, colonia cercana a la de San Ángel. Las alumnas llegaban con su texto escrito a máquina con varias copias para repartir. En la cabecera, el maestro era el Dios de la última palabra, porque todas aprendimos a opinar y a desarrollar una capacidad crítica que llevó a varias a hacer crítica literaria y escribir en diarios y revistas como Marie Pierre Colle, quien colaboró en Novedades y en el The News de México, en el Vogue francés y en House and Garden, de Estados Unidos. Guadalupe Loaeza empezaría en el Unomásuno y sigue haciéndolo regularmente para el deleite de sus lectores, así como hizo en su ciudad natal Olga de Juanbelz en El Siglo de Torreón, fundado por su padre.
Con el tiempo, cada una de las futuras autoras encontró su camino: Silvia Molina publicó su novela La mañana debe seguir gris, con la que ganó el premio Xavier Villaurrutia; Rosa Nissán, Novia que te vea (best seller), que después fue llevada a la pantalla por Guita Shifter; Marisol Martín del Campo, Memorias de una mujer sin piano, a propósito de Jeanne Buñuel, esposa del extraordinario y muy querido Luis Buñuel; Alicia Trueba, dos novelas que circularon en América Latina y recibieron críticas en Argentina, Los colores del principio y Fantasías de casadas, viudas y solteronas; Fidela Cabrera, Lo que me cuentan los espantos y Algo más que campanas; Carmen Carrara, Cuentos de la isla; Beatriz Graf, La libreta morada y Contra nadie en la batalla, y Adela Celorio, Y en medio de nosotros, la tele como un Dios, Los funerales de papá y La vida está en otra parte. Hoy, Sandy tiene su propio taller, en su casa de Villa Verdún.
El de Alicia Trueba resultó ser un taller muy productivo. Cada obra publicada era un adelanto en la vida de cada asistente, y Rosa Nissán, por ejemplo, cuenta ahora con un nutrido grupo de seguidores.
Cuando ocurrió el terremoto de 1985, que devastó a la Ciudad de México, las alumnas salieron a la calle y ninguna se quedó con los brazos cruzados. Entrevistaron a la gente que había sido víctima del siniestro. Escribieron sobre los edificios derrumbados, asistieron a los centros de acopio para llevar agua, ropa, alimentos y medicinas durante varias semanas. Entregaron su trabajo que se reunió en un libro titulado: Nada, nadie: Las voces del temblor, publicado por la editorial ERA cuando la dirigían Neus Espresate y Vicente Rojo. Gracias a “las señoras del taller” ese testimonio aún se encuentra en las librerías después de más 40 años.
En ese mismo taller hubo un pequeño foro en el que se dieron clases de teatro con la legendaria actriz del cine mexicano Stella Inda y la sorpresiva presencia de Octavio Paz en el estreno de una obra en la que destacó Olga de Juanbelz. La actriz Rita Macedo pensó escribir sobre su vida y su relación con Carlos Fuentes. Ahora, como broche de oro, el maestro del taller en casa de Alicia Trueba entre muchos otros, el autor Gonzalo Celorio, ha ganado el premio Cervantes 2025. En una ocasión, Celorio presentó Y retiemble en sus centros la tierra, y de repente empezó a temblar. Todas las alumnas salieron despavoridas a la calle. Quizás el libro tenía algo de profético.
Magda Solís fue una maestra muy querida e influyó en Adela Celorio, quien a su vez habría de seguir con la tradición y ha convocado a maestros y alumnos en su casa que es en sí misma una creación literaria hasta el día de hoy.
En la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán, hoy Facultad de Estudios Superiores (FES), Emma Rizo editaba la revista Libreta Universitaria, que en los años 80 publicó textos de varias talleristas: Adela Celorio, Carmen Carrara (quien dirigió la Casa del Lago y la Casa Universitaria del Libro), Vicente Quirarte, Gonzalo Celorio, Olga de Juanbelz, Rosa Eugienia Guzmán, Alicia Trueba (quien escribió sobre India) y Rosa Nissán, entre otras. La Libreta Universitaria fue una de las primeras publicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Más tarde, Rodrigo Ávila Bermúdez, egresado de la FES Acatlán, habría de publicar su tesina sobre este taller literario y de esta generación de mujeres escritoras. Hoy día quedan muy pocas pioneras de aquellos talleres literarios que fueron un boom en México durante los años 70 y 80 del siglo XX.
En su momento, otros escritores dirigieron sus talleres, como Vicente Leñero; José Agustín; Hugo Hiriart; La Güera Turrent, quien tuvo el suyo varios años en el Pedregal; Rafael Ramírez Heredia, quien lo impartió en la Casa Reyes Heroles, de Coyoacán, del que los alumnos salían llorando con sus textos hechos bolita por las críticas del verdugo maestro.
Actualmente, la tradición de talleres literarios se ha difundido en las universidades Nacional Autónoma de México, y Autónoma Metropolitana, en Casa Lamm, en el Centro Cultural Helénico, en universidades privadas y casas de cultura, en el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, en la Secretaría de Cultura y hasta en Internet.

El sicoanálisis ha sido parte importante de la narración autobiográfica o confesional de muchos talleristas. Prueba de ello es la catarsis que genera escribir sobre uno mismo, recordar lo que se esconde, revivir lo que se silenció durante mucho tiempo.
Aprender a escribir con otros es una ayuda y un privilegio, porque a veces la soledad asfixia y las buenas intenciones se quedan en el tintero. A lo largo de mi vida he visto muchos talentos apagarse y muchas carreras encontrarse con un punto final que se parece en algo a la muerte. En las entrevistas que hago con frecuencia, muchos dicen con voz grave y triste: “yo quise… no me atreví… me iba a lanzar… no se lo dije… me quedé callada…” La frustración mata toda posibilidad de salir adelante. A pesar de las críticas y burlas, los talleres de creación literaria fueron un pivote en la vida de muchas escritoras que la ejercieron profesionalmente y se salvaron a sí mismas. Por tanto, “la literatura ñora”, como la llamaron sus críticos, no hizo daño a nadie y a lo mejor ayudó a dar tranquilidad y buena suerte a muchas lectoras que sintieron que podían ser parte de la vida cultural de México y decir lo que pensaban.
———- O ———-
(*)
Escritora y periodista mexicana. Su obra literaria tiene una marcada orientación social y política en la cual destacan sus crónicas, reportajes e investigaciones en varios libros de su autoría.

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