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WALTER DEL CARPIO BARROSO: SEMBRADOR DE RAÍCES, MELODÍAS Y MEMORIA. Por Franco Centellas (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
enero 30, 2026
in Artículos de Opinión
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WALTER DEL CARPIO BARROSO: SEMBRADOR DE RAÍCES, MELODÍAS Y MEMORIA. Por Franco Centellas (*)

———- O ———-
En Yacuiba (**), donde los amaneceres huelen a tierra recién mojada y los gallos despiertan la brisa tibia que recorre los algarrobales, nació el 14 de septiembre de 1944 Walter del Carpio Barroso. Segundo de seis hermanos, hijo de Walter del Carpio Flores y Eriberta Clorinda Barroso, creció entre libros que olían a papel viejo, guitarras que vibraban con la risa de los vecinos, bombos que retumbaban en los patios polvorientos y las historias que se contaban al calor del sol chaqueño. Desde niño comprendió que la voz podía ser mucho más que sonido: podía ser puente hacia la memoria, la identidad y el corazón del Chaco.

A los 18 años subió por primera vez a un escenario con Los Nocheros, y más tarde, junto a su hermano del alma Renart Quevedo, fundó Canto Nuestro, un grupo que no solo recorría caminos y ferias, sino que llevaba consigo la esencia de su tierra. Cada canción era un relato, cada melodía un espejo del alma chaqueña. Su canto no buscaba aplausos: buscaba decir lo que el pueblo sentía y no siempre sabía cómo nombrar, transformar la nostalgia y la alegría en armonías que unían a todos los que escuchaban.
Walter también fue escribidor del alma popular. Con la paciencia de quien escucha, con la sensibilidad del coplero que siente cada palabra en el viento, recogió refranes, modismos, chistes y coplas que corrían entre fogones, ferias y fiestas. De esa labor nacieron obras que hoy son patrimonio vivo: El habla popular de la Provincia Gran Chaco, Pequeño Dipsionario del Chaqueño no Ilustrado —título que recuerda su tartamudez infantil al intentar decir “diccionario”— y más de seis mil Coplas del Alma, semillas de sabiduría que resguardan la voz colectiva del Chaco y sus colores, olores y ritmos.
Su amor por los libros germinó en la librería de su padre y floreció en los pasillos del diario El Tribuno en Salta, donde aprendió que la palabra podía ser también consuelo y refugio. Fueron tiempos difíciles: la política hería y muchos compatriotas cruzaban la frontera en busca de un nuevo amanecer. Walter se convirtió en puerto seguro, un faro de palabra, mate compartido y silenciosa compañía. Más tarde, en Santa Cruz de la Sierra, su casa y su tiempo se volvieron refugio para quienes escapaban de la dictadura. No solo abría puertas: ofrecía corazón, palabra, escucha y esperanza, ayudando a recomponer fuerzas y sueños en medio de la incertidumbre. Su solidaridad, silenciosa pero profunda, dejó una marca imborrable en quienes tuvieron la fortuna de cruzar-se con él.
Como la semilla que retorna a su tierra cuando el viento es propicio, Walter regresó a Yacuiba, llevando consigo su canto, su escritura y la certeza de que la identidad se construye con memoria, música y afecto. Hoy camina despacio por las calles de San Pedro y Comercio, en la esquina del Eterno Calor, saludando a todos con la sencillez que lo caracteriza. Silba bajito alguna copla que quizá aún no ha escrito y contempla la vida con la serenidad de quien ha amado profundamente su tierra.
Aún guarda obras inéditas —Yacuiba: una región con historia, Arriando Leyendas, cuentos y algo más , Yacuiba del Ayer, Los juegos de la infancia— que esperan su momento para seguir sembrando raíces, memoria y pertenencia. En 2022, su pueblo lo reconoció como Ciudadano Distinguido, un abrazo colectivo por su vasta siembra cultural.
Walter del Carpio Barroso comparte la vida con su compañera Ana María Olmos, sus hijos Alberto y María Carla, y sus nietos Zaira, Sol y André, quienes ya comienzan a heredar su canto, su humor y su ternura. Pero su legado trasciende la familia: vive en cada nota de Canto Nuestro, en cada copla, en cada refrán que se escucha al pie de los algarrobales, en cada palabra amable que tiende un puente en los tiempos oscuros.
Walter es un sembrador de cultura y de solidaridad, un hombre que enseñó que la memoria no vive solo en los libros, sino también en las guitarras, los bombos, las coplas, los mates compartidos y en la palabra amiga que acoge, protege y acompaña. Nos recuerda que la identidad no se construye en soledad: se canta, se escribe, se comparte y se cuida con cariño, con respeto y con memoria viva.
Como él mismo dice con humildad y ternura: “Nací en Yacuiba un mes de septiembre… Soy un estudiante eterno de esta tierra que tanto me ha enseñado.”
———- O ———-
(*)
Periodista chaqueño
(**)
Yacuiba. Es una ciudad tropical del sureste de Bolivia (actualmente 125,000 habitantes, aprox.), departamento de Tarija. Capital de la provincia Gran Chaco. Localidad fronteriza, ubicada a 3 kilómetros de la República Argentina, a orillas (extremidad sur) de la Serranía del Aguaragüe. La provincia también colinda con Paraguay. En el Gran Chaco se encuentran las mayores reservas de gas natural de toda Bolivia y la segunda en Sudamérica después de Venezuela.

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