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BOLIVIA: A 40 AÑOS DEL ASESINATO DEL DIPUTADO EDMUNDO SALAZAR. Por María René Cruz Moscoso

Fidel Flores by Fidel Flores
enero 27, 2026
in Latinoamérica
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BOLIVIA: A 40 AÑOS DEL ASESINATO DEL DIPUTADO EDMUNDO SALAZAR. Por María René Cruz Moscoso

—Un valiente diputado que se enfrentó al narcotráfico y que regresa cuando este vuelve a escena.
———- O ———-
Cada vez que el narcotráfico reaparece envuelto en inexplicables silencios oficiales y decenas de sospechosas maletas, algunos nombres regresan con fuerza.
Uno de ellos es el de Edmundo Salazar Terceros, diputado asesinado en 1986 tras investigar Huanchaca, un caso que reveló cómo el narcotráfico se movía con respaldo político durante el período liberal y bajo la mirada de la DEA.
Salazar Terceros, diputado y revolucionario, fue asesinado en 1986 tras liderar una investigación sobre el caso Huanchaca, que reveló una red de narcotráfico con vínculos en la cúpula del MNR y agentes de la DEA.
ENCUBRIMIENTO Y NEGLIGENCIA

Denunció al entonces ministro del Interior, Fernando Barthelemy, por encubrimiento y negligencia, lo que lo convirtió en blanco de amenazas hasta ser acribillado frente a su casa.
Su esposa, María Elena Oroza, continuó la búsqueda de justicia hasta morir en un sospechoso atropello en 1994.
Sus hijos quedaron huérfanos.
Hasta el año pasado, su hija María José, convertida en diputada, intentó reabrir el camino hacia una verdad que muchos prefirieron enterrar.
A continuación, el revelador reportaje de María René Cruz Moscoso:
EDMUNDO SALAZAR TERCERO FUE ASESINADO HACE 40 AÑOS

Su muerte truncó una investigación clave sobre el narcotráfico que involucraba a la cúpula del MNR y que se reveló tras la escabrosa muerte del naturalista Noel Kempff Mercado.
Ese hecho marcó a su familia con una cadena de fatalidades.
PRIMERA FATALIDAD
En 1986, investigar era un verbo serio y peligroso. Eso lo sabía bien Edmundo Salazar Terceros quien había decidido andar armado ante las constantes amenazas que recibía por profundizar en la investigación de un triple asesinato que había sucedido el 5 de septiembre de ese año.
El pueblo boliviano estaba conmocionado al descubrir que el reconocido naturalista cruceño Noel Kempff Mercado, el piloto Juan Cochamanidis y el guía Franklin Parada habían sido cruelmente asesinados durante la expedición biológica boliviano-española a la meseta de Caparú o Caparuch, en el entonces Parque Nacional de Huanchaca, ubicado en San Ignacio de Velasco, Santa Cruz.
La supervivencia del ictiólogo español Vicente Castelló no solo reveló que los expedicionarios fallecidos fueron masacrados a tiros y calcinados, sino la presencia de una gran fábrica de cristalización de cocaína capaz de producir, 1,5 toneladas de droga semanales, similar a la de Chapacura en la misma región, según datos de la época.
En Santa Cruz, no se vivía una tragedia de esa magnitud desde el turbión de 1983, que dejó muertes y devastación. Ese nuevo episodio de dolor e indignación movilizó a la población, exigiendo explicaciones al Gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), liderado por Víctor Paz Estenssoro.
Ante ese clamor, la Cámara de Diputados del Congreso Nacional de Bolivia conformó una Comisión Mixta (oficialismo y oposición) de Constitución, Justicia y Policía Judicial para investigar este caso, porque se sospechaba de negligencia gubernamental para socorrer a las víctimas.
Edmundo Salazar Terceros fue elegido para integrar esta comisión y asumió la labor con la convicción de que no se podían quebrar las expectativas del pueblo cruceño y boliviano sobre las interrogantes del funesto suceso, recordaba su hermano René Salazar.
Salazar Terceros junto a sus colegas Roger Cortez (PS-1) y Mario Velarde Dorado (MNR), entre los más destacados de una lista de 10 parlamentarios, iniciaron la recolección de la información.
A medida que hallaban datos se enfrentaban a una compleja trama. La investigación pronto se tornó peligrosa, envuelta en una red de nombres de narcos, policías, militares e incluso la DEA.
Salazar Terceros repartía su tiempo de investigación entre La Paz y Santa Cruz, donde se encontraba su esposa y tres hijos. Cuando llegaba a la capital oriental comentaba a su hermano René que sentía que se ponían trabas a la investigación y consideraba que se filtraban las indagaciones sobre Huanchaca.
Eran constantes las insinuaciones que Edmundo recibía para volcar la cara y dejar de lado ese bullado caso. 150.000 dólares, una casa a estrenar, y un auto cero kilómetros son tan tentadores en 1986 como ahora, pero él los rechazaba.
Una fuente reveló la siguiente charla:
—Si eres mi amiga y eres del frente (FRI) voy a hacer de cuenta que no tuvimos esta conversación—
Y ella respondió
—Sí, sí, sí…, les dije, pero… vas a tener cuidado son gente peligrosa
—Sí, lo sé.
Sin tapujos, Salazar Terceros acusó al ministro del Interior, Fernando Barthelemy Martínez, de encubrir con el velo de la ambigüedad las responsabilidades detectadas tanto en los jefes de organismos nacionales como del personal extranjero de la DEA.
El aludido Ministro del Interior respondió, en ese entonces, que no había las condiciones técnicas para operar en Huanchaca y que el trabajo de la comisión excedía sus facultades.
Barthelemy Martínez reiteró en varias ocasiones, que el equipo norteamericano (Black Hawk) tampoco pudo entrar a tiempo por falta de apoyo logístico para el reabastecimiento y porque no era adecuado para la lucha contra el narcotráfico.
Las explicaciones de toda índole incluían la falta de autorización del jefe del Comando Sur, general Jhon Taylor, quien estaba jugando golf en Panamá.
Salazar Terceros no cesó en su búsqueda de la verdad histórica de Huanchaca. Leyó el 7 de noviembre de 1986, ante la prensa cruceña, el informe sobre los avances de su comisión. Criticaba el contubernio entre el MNR y ADN por la aprobación de una resolución (010/86) para evitar que se profundice en el triple asesinato.
Edmundo, el revolucionario marxista-leninista-maoísta, comenzó a incomodar cada vez más a ciertos sectores. Su presencia en los medios de comunicación era constante, al igual que su voz firme en la testera del Parlamento, donde defendía la reserva moral de la comisión. Sin imaginar que en la avenida Mutualista, en la misma zona de su hogar, ya se gestaba en las sombras el plan para acabar con su vida.
El 10 de noviembre de 1986, tres días después de ese informe. Salazar Terceros fue abatido a fuego de metralleta en la puerta de su casa, mientras guardaba su auto celeste Volkswagen Passat.
Eran las 19:30 cuando un estruendoso ruido resonó en el garaje de su casa en la avenida Mutualista. Su esposa, María Elena Oroza, encontró a Edmundo gravemente herido. En su desesperación, entró nuevamente a su domicilio para realizar una llamada desde un teléfono fijo de la época, muy distinto a los celulares modernos que conocemos este 2025.
Por casualidad, los parientes del herido vivían a solo dos cuadras. Tras su llegada, decidieron colocar a Edmundo en el asiento delantero del mismo vehículo y dirigirse rápidamente hacia la Caja Petrolera. Mientras su hermano, René lo alentaba desde el asiento delantero, María Elena lo sostenía desde atrás, aunque la gravedad de las heridas hacía evidente su fatal desenlace.
Tras llegar a emergencia son atendidos por el Dr Orías. Minutos después confirman que Edmundo Salazar Terceros recibió cuatro impactos de bala. En los recortes de la época se ve el torso del diputado revolucionario con un orificio al lado derecho.
Llaman a la prensa para informar del funesto suceso. Así a pocos metros de ahí, la madre de ambos, Lucila Terceros viuda de Salazar se llevaba las manos al rostro tras escuchar de la voz del periodista Jorge Arias sobre la muerte de su hijo.
Son días aciagos en la familia Salazar-Terceros-Oroza. María Elena tiene poco tiempo de dar a luz a su tercer retoño, Juan José. Tanto es su pesar que vuelve a registrar la partida de nacimiento y añade el nombre de Edmundo. Quedan huérfanas, María Claudia de 4 años y María José de 2 años y casi cinco meses.
Velan los restos del revolucionario por tres días en el domicilio particular y en el atrio de la Universidad. Compungidos camaradas llevan el féretro con la bandera de Bolivia y la de su partido.
En vísperas de fin de año de 1986, Lucila Terceros viuda de Salazar, decide romper el silencio y escribe una carta a máquina antigua. Ahí expresa mucho dolor como el que se siente al parir a un hijo… o al perderlo.
“He venido siguiendo la actuación de las autoridades que se han comprometido con la investigación, al mando del Ministro del Interior, pero en lugar de tener alguna satisfacción, veo con asombro que la administración de justicia se distorsiona diluyendo los hechos y tratando de sepultar la verdad como si esta no tuviera su propio brillo. Me duele perder del modo ignominioso como perdí a mi hijo. Entrando el nuevo año (31 de diciembre) deseo que las promesas del Gobierno y sus representantes de llegar a las últimas consecuencias se cumplan”.
La madre de Edmundo falleció en 1995 y nunca encontró justicia para su hijo. Debajo de su colchón hallaron numerosos recortes de periódicos del caso. Vivió en silencio el dolor de perder en menos de una década a su esposo Félix (1983) y sus revolucionarios hijos Juan José (1984) y Edmundo (1986).
La muerte de Edmundo Salazar no marcó el final de la historia, sino el comienzo de un doloroso calvario para su familia. Un puente de penas como el significado en quechua de Huanchaca.
SEGUNDA FATALIDAD
María Elena Oroza Werner viuda de Salazar viste una chamarra negra de hombros anchos, tipo Miami Vice, lleva una camisa clara y unos pequeños aretes sobresalen de sus orejas. Su rostro limpio, enmarcado por un trazo ni tan grueso ni tan delgado de cejas. Sus ojos son grandes y sus labios con delineado natural. A un costado de sus manos hay un portafolio con documentos.
Por larguísimos ocho años, desde 1986 a 1994, repitió esta letanía de llevar a donde fuere los documentos en busca de justicia para su esposo. Asistía a extenuantes sesiones en el Parlamento. Iba de reunión en reunión para conocer mayores avances sobre el caso de Edmundo Salazar Terceros.
También repartía su tiempo entre La Paz, Santa Cruz y su trabajo en Cordecruz.
Los fines de semana junto a sus hijos visitaba la quinta de Cotoca donde vivía su suegra Lucila. Ahí le ayudaba en la cosecha de hortalizas y se distraía con el olor a tierra, la comida ahumada y el aroma de los árboles frutales de mandarina y guayaba.
A ratos, solo a ratos escondía las lágrimas de dolor a sus hijas e hijo. En algún momento de su lucha, les comentó la posibilidad de salir de Bolivia para ir a vivir a Perú o Argentina. Más cuando descubrieron un orificio parecido a un proyectil en una de las ventanas de su casa.
El viernes 8 de abril de 1994. María Elena lleva a sus hijos, como todas las mañanas, al colegio Cristo Rey. Pero ese día no volvió a recogerlos. En la calle Independencia y La Riva, cerca del centro educativo, fue atropellada por un vehículo. Ella se encontraba sobre la vereda de la calle. Tres niños otra vez quedan rotos en su primera infancia. María Claudia de 13, María José de 9 años y 37 días y Juan José Edmundo de 8 años.
Durante el traslado de María Elena a la Clínica Foianini fue atendida por su cuñado médico. Antes de morir susurro: ¡Mis hijos! Justo el día de su muerte, en el camino al colegio, llevó a su madre a la Caja Nacional de Salud y le recomendó cruzar la calle con cuidado en una transitada avenida Irala.
Según el informe oficial, que fue certificado por peritos franceses, se estableció que María Elena sufrió un accidente de tránsito.
“Dos jardineros de la Iglesia Alfa y Omega, ubicada al frente del siniestro, dijeron que el jeep Toyota Land Cruiser con placa SIE-115- manejado por Roberto Balcazar Bulacia estaba estacionado y que de repente el conductor aceleró a gran velocidad”. Desaparecieron los testigos y el caso se cerró como homicidio y lesiones graves y gravísimas en accidente de tránsito.

También, se esfumó el folder de documentos que siempre llevaba. Para la familia fue un caso sospechoso y afirmaron que el principal culpable era pariente de un reconocido político ligado a las esferas de poder.
Deysi Werner viuda de Oroza, la madre de María Elena, a sus 60 años tuvo que ser madre-padre-abuela. Ella guardó luto por más de dos años y a insistencia de sus hermanas volvió a vestir de color. Soportó años de procesos judiciales. Tras cerrarse lo de su hija se desplomó en el Juzgado, dejandola con una lesión física y emocional.
Falleció el 17 de febrero de 2020. Sus hijos-nietos le dedicaron este mensaje: “Ella no dio el amor más puro de corazón de madre. Logró que en sus brazos olvidáramos la pena más grande, nos llevó de la mano por la vida. Gracias, Señor”.
Las promesas de justicia se fueron diluyendo con los días, los meses, los años. En 1996, hubo intento de reabrir el caso de Huanchaca, pero los documentos posiblemente se desvanecieron de la Vicepresidencia de la República.
TERCERA FATALIDAD
Los procesos judiciales de Edmundo Salazar Terceros y María Elena Oroza Werner fueron una metáfora kafkiana. En el caso del esposo, recién hubo avance en abril de 1992, cinco años después del asesinato.
El fiscal del caso de ese entonces, Ives Padilla afirmó que la forma para que se entregue Eynar Ayala Hurtado, uno de los sindicados, fue apelar a su condición de padre. Su esposa de apellido Azogue, le dijo: “Por Huguito, entrégate”.
Según la declaración fechada el 13 de abril de 1992, realizada en el Ministerio del Interior de Santa Cruz, Ayala admite que recibió 5 mil dólares de un tal Mexicano para acabar con la vida de Edmundo Salazar Terceros.
“Me dijeron que había la cobertura necesaria” se lee en su declaración en la que aseguraba que había expresado sus palabras sin ninguna presión. Ahí dijo que tenía formación militar y que formaba parte del grupo de Humberto Gil y Micky Arredondo, nombres que figuraban en las investigaciones de Edmundo.
Sin embargo, en 1994 el Juez Primero de Partido en lo Penal de Santa Cruz, liberó de culpa y pena a los procesados. Ante un pedido de apelación por el Ministerio Público en 1997, se revoca parcialmente la sentencia.
Y establece que el autor de la muerte de Salazar es Eynar Ayala Hurtado (30 años) y su cómplice Gualberto Suárez Olivera (20 años), además de Humberto Nicanor Gil (10 años). Quienes debían cumplir su sentencia sin derecho a indulto, en el Centro de Rehabilitación de Santa Cruz.
El proceso de Salazar Terceros duró 22 años. Desde la fecha del asesinato en noviembre de 1986 hasta la confirmación de sentencia con el Auto Supremo № 417 de diciembre de 2008.
Eynar Ayala Hurtado no cumplió la pena de 30 años de cárcel. Su hijo publicó el 2017 una foto de su padre en Facebook. Se veía a un hombre entrado en años, de ojos claros, poco cabello, camisa azul con manga corta y el rostro a un lado- quizás por una enfermedad- junto a una niña
Los otros sindicados en el caso, como Humberto Nicanor Gil, nunca entraron a la cárcel por el caso Salazar. Murió en 2005 en una reyerta en el penal de Palmasola. José Gualberto Suárez Olivera, según la página exequial Prever, falleció el 14 de agosto de 2006, y haciendo cuentas, murió durante el periodo de su sentencia de 20 años.
Hubo negligencia en el procesamiento del caso de María Elena Oroza, en un análisis del Auto Supremo № 388 emitido el 3 de diciembre de 2007. “Los fiscales no presentaron a tiempo los expedientes y los acusados, no pueden ser juzgados indefinidamente en el tiempo. Es una sanción a los operadores de justicia”, explicó el abogado José Villarroel.
EL LEGADO
María José Salazar Oroza no guarda recuerdos claros de su padre, Edmundo. Tenía apenas dos años cuando fue asesinado. Quizás conserve una vaga imagen de él en una movilidad, pero no más. Su abuela materna Deysi solía contarle que se escondía debajo de la cama esperando que su papá la buscara.
Lo que sí permanece vívido en su memoria es el fatídico día del accidente de su madre. Estaba en la hora de recreo, disfrutando un sándwich, cuando el ulular de una sirena interrumpió la calma escolar. Poco después, fue llevada a la casa de uno de sus tíos paternos.
Tras escuchar sobre el deceso de su madre solo quería llegar a su casa para liberar sus penas. “Recuerdo que vi mucha gente y yo solo quería estar sola. A mi madre la extrañaba mucho los primeros días. Pedía perdón por haber rechazado el jugo que me ofreció con leche. Es que odiaba la de marca Anchor. Rogaba porque me ofrezca ese jugo por última vez”.
El 2000 no solo fue un suceso mundial por el cambio de siglo, sino también en la vida de María José y sus hermanos. Los tres dejaron la casa familiar donde su padre había sido asesinado y donde velaron a su mamá.
Ese mismo año, falleció Fernando Barthelemy Martínez, a quien ellos señalaban como partícipe en el asesinato de Edmundo Salazar. La prensa reflejaba que el exministro y exlegislador del MNR sufría de severos problemas gástricos. “Justicia divina”, habría dicho su abuela Deysi.
María José tenía 14 años cuando tildó de “infelices” a los que provocaron las muertes de sus padres. Ella pasó una adolescencia diferente. Sin fiesta de 15 años. Con algunas tribulaciones económicas, ya que la renta vitalicia fue suspendida por el Estado. En 2006, ella viajó a La Paz para pedir su restitución, pero el primer gobierno del MAS rechazó el pedido.
La política era un capítulo cerrado en su vida, pero la sangre llama. Y el 27 de octubre de 2020, recibió la credencial de diputada suplente por Comunidad Ciudadana. Ese día, dijo que honraría la memoria de sus padres.
Salazar Oroza como legisladora no dudó en cuestionar incluso a su propia bancada de Comunidad Ciudadana sino también denunció actos de corrupción en la CNS por supuesto sobreprecio de insumos durante la pandemia del COVID-19. También hay registros de ella en una huelga de hambre en demanda de la realización del Censo o cuando criticó al juez de Santa Cruz Ever Zeballos, denunciado por dejar en libertad a una persona acusada de violación.
El 3 de julio de 2025, le taparon la boca al terminar su intervención en el debate por el contrato del litio. La agresora fue Verónica Aguilera de Creemos.
Salazar Oroza, en una entrevista dijo que era una tarea pendiente sacar a la luz lo que realmente le pasó a sus padres, aunque tenía claro que la arena política no era fácil.
Quizás logre desentrañar lo que otros quisieron silenciar, o tal vez su deseo quede atrapado en el tiempo. Lo cierto es que, consciente o no, sigue esta vida entre el destino que la marcó y el camino que decidió hacer suyo.
———- O ———-
Fuente digital: https://www.facebook.com/guardianesdelamemoria

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