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LA LENGUA TRAUMATIZADA: CONTRA EL NEOLIBERALISMO DEL ALMA Y LA ESCRITURA INSÍPIDA. Por Humberto Del Pozo López (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
enero 27, 2026
in Artículos de Opinión
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LA LENGUA TRAUMATIZADA: CONTRA EL NEOLIBERALISMO DEL ALMA Y LA ESCRITURA INSÍPIDA. Por Humberto Del Pozo López (*)

———- O ———-
«La condescendencia con el lenguaje no es un defecto menor ni una moda pasajera: es una capitulación. En literatura —y con un énfasis casi grotesco en la poesía y la ensayística contemporánea— el idioma ha sido reducido a material blando, a una sustancia maleable que no ofrece resistencia, que no corta, que no hiere. Este lenguaje, desde la teoría del trauma de Franz Ruppert, podría leerse como un síntoma de congelamiento disociativo: un yo alienado del lenguaje-verdad, que solo puede producir un discurso aplanado, sin riesgo de activar el dolor del sistema psíquico.
Se escribe como quien pasa la mano por una superficie pulida: sin riesgo de astilla, sin posibilidad de sangre. El neoliberalismo no solo organiza mercados y dispone los “órdenes del amor” de Bert Hellinger en función de lealtades sistémicas e invisibles; organiza dicciones. Ha impuesto un régimen de legibilidad obligatoria donde toda frase debe justificarse por su circulación, por su docilidad, por su rendimiento simbólico inmediato, negando así la autopoiesis del lenguaje vivo, que se crea y recrea en el encuentro.

El lenguaje ya no es un campo de fuerzas: es un servicio, una respuesta previsible del sistema nervioso social atrapado en una respuesta simpática crónica, según la Teoría Polivagal de Porges, siempre en modo “lucha/huida” comercial, incapaz de acceder a la calma creativa del estado ventral.
La literatura actual se mueve entre dos miserias complementarias. Por un lado, la mediocridad administrada, textos que no fracasan porque nunca intentan nada, fruto de un apego evitativo con la propia profundidad. Por otro, el facilismo sentimental, una retórica de lo “bonito” y lo “cercano” que confunde emoción con azúcar, una suerte de apego ambivalente narrativo que busca consuelo sin transformación.
Son textos de papel tapiz, sí, pero no porque decoren, sino porque repiten: patrones reconocibles, modulaciones previsibles, un murmullo continuo que no interrumpe nada. Heidegger habló del lenguaje como morada del Ser; hoy esa morada ha sido convertida en un espacio diáfano, sin rincones, sin sombra, higienizado hasta el vacío. Desde el psicoanálisis relacional, esto equivale a negar la alteridad real del otro (del lector, del símbolo), sustituyéndola por un espejo complaciente. Nada puede aparecer ahí porque todo debe ser visto de inmediato, sin tolerar la opacidad operacional de un sistema vivo.
El problema no es la claridad, sino su uso como coartada. Se ha instalado la superstición de que escribir bien consiste en no incomodar, en no forzar la lengua, en no exigir del lector más que un asentimiento distraído. Pero el lenguaje no está hecho para asentir: está hecho para resistir.
Deleuze no pensaba la escritura como un adorno del pensamiento, sino como una operación que desorganiza la lengua desde dentro, que la empuja a zonas donde deja de reconocerse, una verdadera intervención en la biología del amor de Maturana y Varela, perturbando las coordinaciones consensuales gastadas. Hoy, en cambio, se escribe como quien rellena formularios con metáforas: el significante no se tensa, se alisa. Lacan sabía que el significante manda, que goza, que produce efectos más allá de la intención; la literatura actual se limita a obedecerlo, a reproducir sus automatismos, a reforzar su dominio con una falsa naturalidad, como una lealtad invisible a un mandato de mansedumbre que Rita Segato identificaría como parte del mandato de la masculinidad patriarcal, ahora aplicado al discurso: dominar aplanando, controlar eliminando el riesgo.
La literalización es el gesto más obsceno de esta renuncia. Todo debe decirse, explicarse, cerrarse. No se tolera el resto, el residuo, la opacidad. Esto es la antítesis del trabajo con el trauma, donde, como señala Bessel van der Kolk, el núcleo de la experiencia no es verbalizable directamente, sino que reside en sensaciones e imágenes. Patrick Harpur insistió en que la literatura pierde su potencia cuando traduce lo imaginal en mensaje, cuando confunde símbolo con alegoría y misterio con contenido.
El mundus imaginalis no es un decorado para emociones correctas, es un ámbito de fricción ontológica. Sin embargo, la escritura dominante prefiere el subrayado, la pedagogía emocional, la experiencia convertida en mercancía narrativa. Cioran, al que se cita mal y se imita peor, no “compartía” experiencias: las descomponía hasta volverlas inhabitables, en un acto de constelación solitaria de sus demonios internos. Hoy se confunde confesión con pensamiento y vulnerabilidad exhibida con profundidad.
El lenguaje literario actual es como un sistema nervioso atascado en un estado de freeze o colapso polivagal dorsal: parece calmado, estático, pero en realidad está desconectado de la capacidad de acción significativa y del contacto genuino. En contraste, el lenguaje que resiste y corta opera desde el estado ventral de seguridad: puede permitirse la complejidad, la sintonía con lo oscuro y la exploración sin colapsar, porque tiene un tono vital, un soporte estructural.
El Método TriFOCAL, aplicado a la escritura, sería: 1) Foco en el cuerpo del texto (su ritmo, sonoridad, fisicalidad, para darle seguridad material); 2) Foco en la emoción no dicha (acoger la sombra del texto, lo que él mismo calla o teme, sus partes disociadas); 3) Foco en el símbolo transformador (permitir que desde esa base segura surja una imagen nueva, una metáfora viva que reorganice el sentido, tal como la imaginación activa en terapia del trauma).
La escritura fracasa porque ha renunciado a su función más elemental: producir una crisis en el lenguaje mismo. No una crítica temática, no una postura moral, sino una perturbación formal que desplace las coordenadas de lo decible.
No se trata de comunicar —eso lo hacen los manuales, los informes, las plataformas— sino de afectar la arquitectura del sentido, de alterar la economía del significante, de introducir una violencia que no sea decorativa. Esta violencia es terapéutica; es la sacudida necesaria para salir de la inercia traumática.
Las necesidades de ahora no pasan por más relatos “necesarios” ni por poemas “honestos”, sino por una mutación del régimen expresivo, una reorganización de los órdenes del amor en el campo literario, donde lo excluido (lo opaco, lo difícil, lo no productivo) pueda retomar su lugar. Sin ese cambio, la literatura seguirá transportando en sus páginas cargamentos de lujo inútil: palabras pulidas, imágenes exóticas, afectos importados. Mucho peso. Ninguna fuerza.
Uno podría pensar que el escritor condescendiente es como ese terapeuta novato que, ante el trauma profundo de su paciente, le ofrece una infusión de manzanilla y le sugiere pensar en cosas bonitas. “Vamos a respirar juntos y a nombrar tres cosas agradables de tu prosa… ¿ves? Ya está todo mejor”.
Mientras, el lenguaje-herida, ese niño interior del texto, permanece sentado en un rincón, rodando un significante afilado entre los dedos y susurrando: “¿Y si en lugar de eso probamos a poner un verbo que herede a todos los muertos de la sintaxis?”.
El método TriFOCAL para escritores resistentes sería, en cambio, invitar a ese niño a que use ese significante como lanza… pero primero, asegurarse de que tiene un suelo seguro desde donde lanzarla, claro está. No vaya a ser que, en un arranque de genuina emoción, nos dé en el cheque de la productividad.
Integrando la propuesta de Humberto del Pozo López, la verdadera escritura que “corta” y “hiere” para sanar, sería análoga a una sesión de constelación y psicoanálisis relacional aplicada al campo simbólico. El escritor, como facilitador, debe tener la valentía de representar lo excluido en el lenguaje (los significantes olvidados, las estructuras sintácticas reprimidas, los ritmos corporales negados), permitiendo que el sistema textual encuentre sus propios órdenes del amor —donde lo débil y lo fuerte, lo claro y lo oscuro, encuentren un lugar legítimo—.
Solo así, desde una seguridad polivagal ventral ganada en la propia materialidad del idioma, la literatura puede dejar de ser un síntoma de la cultura traumática y neoliberal, y convertirse en un acto de biología del amor: un espacio autopoiético donde se genere, en la clausura operacional del encuentro entre texto y lector, un nuevo mundo viable, con sangre, astillas y, finalmente, sentido.»
———- O ———-
(*) Terapeuta chileno.
Fuente: https://www.facebook.com/humbertodelpozolopez0/

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