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La victoria de Donald Trump en 2016 y su retorno en 2024 no fueron aberraciones, sino epifanías patológicas de una civilización en crisis orgánica. Para comprenderlo, debemos verlo simultáneamente como holograma cultural que refleja las contradicciones estadounidenses y como arquetipo mitológico encarnado: Baalzebú, el Príncipe de los Demonios, personificación de la hybris desvergonzada.
Esta dualidad exige un análisis que entrelace la crisis de hegemonía (Gramsci), el mandato patriarcal de posesión (Segato), la fragmentación traumática del yo (Psicoanálisis Relacional, Ruppert), la neurofisiología del miedo (Teoría Polivagal) y, fundamentalmente, la guerra contra la vergüenza en el contexto de un analfabetismo moral generalizado como último síntoma de la degradación civilizatoria.
I.La Hegemonía en Ruinas y el Analfabetismo Moral como Proyecto Político
Desde una perspectiva gramsciana, Trump es el síntoma y acelerador de una crisis orgánica del orden liberal. La hegemonía—ese consenso cultural tejido con el mito del sueño americano y la hipocresía estructurada—se ha desintegrado. Trump no la usurpa; la reemplaza con una contra-hegemonía tribal basada no en ideología, sino en la afectividad traumática y la legitimación del analfabetismo moral.
Como diagnosticó Günther Anders, hemos entrado en una era donde el verdadero analfabeto no es quien no sabe leer, sino quien no siente vergüenza. Trump personifica este analfabetismo ético elevado a virtud política.
Su relación con la verdad es propia de Baalzebú, maestro de la mentira que pervierte el lenguaje hasta que las palabras significan su opuesto. Esto trasciende la mentira táctica: es un proyecto de analfabetismo moral colectivo, una ingeniería social que busca desconectar de forma permanente la corteza prefrontal del juicio ético.
En esta ruptura epistemológica, la coherencia emocional suplanta a la verificación fáctica, creando burbujas de información que son, en términos de la Teoría Polivagal, entornos neuroceptivos artificialmente seguros para sus habitantes, donde la indignación reemplaza a la reflexión y el juicio moral queda silenciado.
II.El Patriarcado Armado y la Economía del Usufructo sin Vergüenza
La figura de Trump encarna con crudeza el patriarcado de estado descrito por Rita Segato: un orden basado en el mandato de la masculinidad posesiva y la prestación (hacer ver el poder).
Su fanfarronería, su objetivización de las mujeres y su retórica de fortaleza son la escenificación obligatoria del mandato viril, ejecutada con una desvergüenza programática. Como Baal, cuyo ídolo fue forjado en el bronce que armó a los guerreros, Trump representa la hybris armada con arsenales nucleares y capital financiero, pero también con una incapacidad orgánica para el rubor.
Su economía es extractiva y usufructuaria, y su éxito político radica en haber convertido la transgresión pública sin sonrojo en una credencial de autenticidad. Esto resuena con la teoría del trauma de Franz Ruppert: la sociedad estadounidense opera desde un “yo traumático” colectivo que, incapaz de procesar la vergüenza histórica (genocidio, esclavitud, despojo), identifica al líder que no se sonroja como figura salvadora.
Trump ofrece a sus seguidores la identificación vicaria con el perpetrador sin culpa como antídoto contra su propia experiencia de víctima económica y cultural. El pacto con los evangélicos blancos es, en esta clave, un pacto de inmunidad moral: a cambio de poder político, se absuelve al líder de toda exigencia de piedad o humildad, consolidando un analfabetismo teológico que vacía la fe de su contenido ético.
III.Neuropolítica del Terror y la Anestesia Vagal de la Conciencia
La estrategia trumpista es neuropolítica: el secuestro deliberado de la amígdala y el silenciamiento de la corteza prefrontal, sede del juicio ético y la capacidad de sentir vergüenza. Esto se articula perfectamente con la Teoría Polivagal. Trump mantiene a su base en un crónico estado simpático de movilización (lucha/huida), bombardeándola con detectores de amenazas—inmigrantes, globalistas, el estado profundo—. Este estado de alerta constante anestesia la capacidad para estados ventrales vagales de conexión y empatía, donde florece la sensibilidad moral.
Simultáneamente, su espectáculo político es una máquina de disregulación nerviosa colectiva, donde la sobresaturación informativa y los deepfakes imposibilitan discernir entre seguridad y peligro real, entre verdad y ficción, entre dignidad y humillación. Esta es la “máquina de fracturación ética” que explota algoritmos para erosionar los marcos compartidos necesarios para la vergüenza, que es, ante todo, una experiencia somato-social de límite. El resultado es una sociedad analfabeta moralmente, incapaz de leer los signos de su propia transgresión.
IV.El Sonrojo: Límite Fisiológico frente a la Hybris del Analfabeto Moral
En este contexto, la vergüenza—y su expresión fisiológica, el sonrojo—se convierten en el campo de batalla fundamental. Como señala Del Pozo López, el sonrojo es una traición del cuerpo que certifica autenticidad y marca un límite ético; es la encarnación biológica de la alfabetización moral. La incapacidad de Trump para sonrojarse es la insignia de su poder desvergonzado y el síntoma cumbre del “analfabetismo moral” que gobierna su proyecto.
Es la demostración práctica de que, en su reino, el poder no necesita justificarse ante la ética. Desde el Psicoanálisis Relacional, la vergüenza saludable emerge de una conexión empática rota; es un regulador social.
La cultura trumpista sofoca sistemáticamente esta capacidad, promoviendo una desconexión relacional patológica donde el único vínculo permitido es la lealtad al líder y la única emoción noble es la indignación hacia el enemigo designado. La patologización del disenso (“Síndrome de Desorden Trump”) es el corolario lógico: si la oposición se medicaliza, se niega su estatus de juicio moral legítimo, consolidando el analfabetismo como norma.
Frente a esto, la resistencia ética y política debe ser somática, colectiva y alfabetizadora. Los mecanismos de contención multilateral—sanciones, condenas diplomáticas, defensa institucional—son el equivalente político del rubor: la reacción autónoma del cuerpo político de la civilización ante una transgresión. Recuperar la parresia (hablar verdad al poder) es el primer paso de reeducación moral pública. Pero debe ir acompañado de la construcción de comunidades que fomenten la co-regulación vagal ventral—seguridad a través de la conexión y la reciprocidad—, que son los espacios donde la vergüenza puede ejercer su función reguladora sin ser destructiva.
Las cosmovisiones matrifocales e indígenas, que ven la tierra como pariente y no como recurso, encarnan esta alfabetización ecológica y relacional, una pedagogía del cuidado que es antídoto directo contra la hybris extractivista y su inherente analfabetismo moral.
V.Exorcismo y Reparación: Hacia una Pedagogía de la Vergüenza Compasiva
Trump/Baalzebú ha abierto la caja de Pandora del siglo XXI: nacionalismo iliberal, saqueo legalizado, negacionismo climático. Su mayor legado es la normalización del analfabetismo moral. El exorcismo de este demonio no es retórico, sino práctico y profundamente reconstructivo. Requiere, en términos gramscianos, forjar una nueva hegemonía contra-analfabeta, que dispute el sentido común del usufructo y la dominación sin vergüenza.
Esta contra-hegemonía debe ser, esencialmente, una pedagogía de la sensibilidad moral reconstruida, basada en:
1.Verdad como relación restauradora, no como arma tribal.
2.Vergüenza como brújula ética somática y colectiva, reconectada con la compasión, no con la humillación.
3.Seguridad como conexión y cuidado (estado vagal ventral), no como fortaleza y exclusión analfabeta.
4.Poder como responsabilidad y reciprocidad (Segato), que incluye la capacidad de sonrojarse ante el abuso.
Los proyectos ya existentes en los márgenes—cooperativas, redes de cuidado mutuo, democracias participativas, luchas por la justicia ecológica—son escuelas de esta nueva alfabetización. Son, usando la metáfora de Donna Haraway, redes tentaculares de solidaridad, que actúan como un sistema nervioso descentralizado y resiliente, capaz de detectar el daño y responder con precisión ética.
El Espejo Agrietado y la Esperanza del Rubor
Trump es el espejo agrietado de una civilización que, al aferrarse a sus mitos de excepcionalismo y crecimiento infinito, ha cultivado su propia incapacidad moral para leer sus transgresiones. Es Baalzebú, el príncipe de la hybris, que muestra la lógica desnuda del patriarcado capitalista en su fase terminal de analfabetismo ético glorificado.
Pero el espejo, aunque agrietado, aún refleja. Y lo que refleja, en última instancia, es una elección biopolítica y civilizatoria. De un lado, la fuerza desvergonzada del analfabeto moral que cree que el poder hace el derecho. Del otro, la aplicación persistente de la vergüenza convertida en acción colectiva alfabetizadora: en ley, en sanción, en memoria, en nuevos pactos de convivencia que reeduquen la sensibilidad.
La esperanza no es ingenua. Está anclada en un límite biológico y una posibilidad pedagógica: mientras un solo ser humano pueda sonrojarse ante la injusticia, mientras una sola comunidad pueda “sonrojarse” organizándose para proteger la vida, la capacidad de re-aprender a sentir vergüenza—no como estigma, sino como señal de dignidad compartida—permanece como el núcleo de toda resistencia.
La tarea es monumental: reconectar la corteza prefrontal colectiva, sanar el yo traumático social alfabetizándolo en el lenguaje de los límites éticos, y tejer una realidad común donde el rubor sea la prueba de que, contra todo pronóstico, aún sabemos distinguir entre la barbarie del analfabeto moral y la dignidad de quien cuida.
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(*) Terapeuta chileno. Fuente: https://www.facebook.com/humbertodelpozolopez0/

