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LA LUNA Y EL MATE. Por Walter del Carpio Barroso (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
enero 18, 2026
in Artículos Literarios
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LA LUNA Y EL MATE. Por Walter del Carpio Barroso (*)

———- O ———-
Dicen los pueblos antiguos que antes del tiempo, cuando el monte todavía hablaba en voz baja, Yacy, la Luna, recorría los cielos del Chaco con una curiosidad suave y eterna. Desde lo alto miraba los ríos lentos, los esteros que respiraban niebla, la tierra roja abierta al sol, y el espesor del monte donde todo guarda memoria.

Cada noche, el mundo le devolvía murmullos: el canto insistente de los grillos, el roce del viento en las hojas, el vuelo atento de las aves, el paso hondo del agua. Y en el corazón de la Luna nació un deseo antiguo: conocer la tierra no solo con la mirada, sino con el cuerpo.
Junto a Araí, la nube compañera, pidió permiso a Kuaray, el Sol. Él dudó, porque sabía que la tierra es hermosa y también peligrosa. Finalmente aceptó, advirtiendo que en el monte serían frágiles como los hombres, expuestas a la ley del silencio y la sombra.
Así bajaron una noche, cuando el Chaco dormía despierto. Caminaron entre árboles añosos, tocaron la tierra caliente, sintieron el frío del río en los pies. Todo las recibió con la paciencia de lo que ha existido siempre.

Pero el monte no es solo abrigo. Desde la espesura, un yaguareté —hambre y destino— se deslizó hacia ellas. El peligro fue detenido por una flecha certera. Un joven cazador guaraní, sin saberlo, había salvado a dos diosas.
Cansado, el muchacho se recostó bajo un árbol y se entregó al sueño. Allí lo visitó Yacy, blanca y serena como la madrugada. Le habló con gratitud y le confió un don: una planta nacería a la entrada de su aldea. Con sus hojas, le dijo, se prepararía una bebida sencilla y profunda, hecha para unir, para esperar, para compartir.

Al regresar, el joven encontró la planta prometida. Molió sus hojas, las colocó en una calabaza, agregó agua y bebió. Luego pasó el cuenco. La ronda comenzó sin apuro, como empiezan las cosas verdaderas.
Así nació el mate. Regalo de la Luna al hombre del monte. Bebida de encuentro, de palabra compartida y silencio respetado. Un gesto antiguo que toda-vía hoy, en el Chaco, sigue diciendo quiénes somos.
AGUA QUE UNE LA TIERRA Y LA MEMORIA
Cuando los europeos llegaron al corazón de Sudamérica, encontraron algo que no comprendían: los pueblos originarios se reunían en círculo para compartir una infusión llamada caiguá. En guaraní, su nombre era un poema: káa (yer-ba), y (agua), gua (procedencia). Agua que viene de la yerba.
El quechua nos regaló otra palabra: mate, de matí, la calabaza donde se preparaba la infusión. Se bebía con una cañita llamada tacuarí, que llevaba una semilla vaciada en la punta, a modo de filtro. La idea era simple, el rito, sagrado.
Los conquistadores, ajenos a su poder, la miraron con desprecio. La llamaron “hierba del demonio” y la asociaron a la holgazanería, sin entender que no era ocio… sino comunión.
La yerba mate —ilex paraguayensis— debe su sabor amargo a los taninos que guardan sus hojas, y la espuma al cebar, a los glicósidos que despierta el agua caliente. Pero el mate es mucho más que química vegetal: es tradición, encuentro y memoria. Rompe silencios, acorta distancias, iguala a quienes se sientan a compartirlo.
Porque el mate no fue a la rueda: la rueda nació del mate. Hoy, desde el campo chaqueño hasta la ciudad, sigue pasando de mano en mano, cumpliendo lo que mejor sabe hacer: unir, acompañar y sostener la identidad de quienes lo comparten.
———- O ———-
SILENCIO RESPETADO
Así nace el mate en Yacuiba, corazón del Gran Chaco, donde el sol acaricia la tierra roja y los quebrachos se inclinan suavemente al compás del viento. No es solo una bebida; es puente de unión, símbolo de paz y fraternidad, regalo de la luna y del sol a quienes habitan estas tierras, para compartir historias, risas y silencios respetados. Cada sorbo guarda la fuerza de la región, la memoria de sus pueblos y el calor de su gente. Alrededor del mate se tejen amistades, se escuchan cuentos de antaño y se celebra la vida sencilla, construida con respeto, esfuerzo y alegría compartida. Tomar mate en Yacuiba es abrazar la identidad chaqueña, honrar las raíces y reconocer que la verdadera riqueza se encuentra en la compañía, en la palabra que acompaña y en el silencio que escucha. Es un ritual que une generaciones, fortalece la amistad y permite sentir la esencia misma de la tierra, del cielo abierto y del viento que recorre las calles, los campos y las historias de esta ciudad.

El mate es mi compañero diario, confidente de mis sueños, miedos, tristezas y alegrías. Es la modestia de quien ceba con cuidado, la generosidad de dar hasta el final, la hospitalidad de invitar y compartir. Es decir “gracias” al menos una vez al día, y comprender que cada instante compartido es un acto de respeto y cariño. Yacuiba, con su esencia cálida y fuerte, nos enseña que la amistad y la tradición son eternas, que la memoria de la tierra late en cada conversación y que el silencio respetado también habla.
Aprender y enseñar en esta tierra de sol y viento se parece al mate: cada palabra compartida es un sorbo de sabiduría, cada gesto de cuidado es un sorbo de amor, y quien enseña también aprende, como quien recibe también comparte. Así, la enseñanza se convierte en legado, y el aprendizaje en compañía, fortale-ciendo raíces, amistades y la identidad de nuestro Gran Chaco.
Y al final, bajo el cielo chaqueño, se puede recordar con estas palabras:
Mate que une y que guía,
regalo de luna y sol,
herencia de tierra y vida,
compañero del corazón.

———- O ———-
(*) Escritor chaqueño

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