
———- O ———-
Yacuiba (**) es un pueblo alegre, modelado por el sol ardiente y los vientos del Chaco. Tiene la sonrisa franca de su gente sencilla y esa vocación de sueño que habita en los pueblos del interior, donde el tiempo avanza despacio y la vida se aprende mirando el horizonte. En sus calles polvorientas, en sus patios sombreados y en sus noches largas, late una alegría humilde, sin estridencias, pero profunda; una alegría que nace de la convivencia, de la palabra compartida y del canto.
Cuando cae la noche y el bullicio se apaga, la armonía adquiere un carácter casi sagrado. El silencio no es ausencia, sino espera. El aire se vuelve sonoro, cargado de una calma honda, y la música parece elevarse lentamente, como una espiral de notas claras que asciende hacia el infinito. En ese clima de recogimiento surgen las voces apasionadas de Los Nocheros, y Yacuiba escucha, reconoce y se reconoce.
Entonces irrumpe “La Migrante”, esa chacarera entrañable de nuestro amigo Fidel Carlos Flores, que llega como llegan los recuerdos: despacio, pero con fuerza. En sus compases se enredan nostalgias antiguas, imágenes de caminos recorridos, de despedidas y regresos, de amores y ausencias. Es una música que no se limita a sonar: habla, cuenta, acompaña.
Como juego de trompo arisco,
intenso palpita el monte,
al ritmo de chacarera
en tiempo de ritmo urgente.
Sentimiento con piel de selva,
coplas brotan del alma,
las tristezas quedan dormidas
cuando se regresa al alba.
Vine subiendo del Sur
al norte del continente.
Traje en mis alas al sol,
y del Gran Chaco el simiente.
El bombo, grave y profundo, marca el pulso de la tierra. Es el latido del Chaco mismo, firme y ancestral. Cada golpe resuena como un llamado antiguo, como si despertara voces guardadas en la memoria colectiva. Las guitarras lloran suavemente, se responden entre sí, y la chacarera avanza, redonda y sincera, devolviendo al corazón aquello que el tiempo parecía haber llevado.
Esos sonidos regresan a mí como entonces. No vienen solos: traen rostros, nombres, momentos. Traen la emoción intacta de aquellas noches en que la música reunía a todos y el canto era una forma de pertenecer.
Como juego de trompo arisco,
intenso palpita el monte,
al ritmo de chacarera
como lucero urgente.
Cuando el tiempo reverdece
«Pago adentro» guía al alma,
la alegría se estremece
de luna, greda y nostalgia.
Sigo en mi tiempo fugaz
buscando a la Cruz del Sur
soy trashumante de luz,
de piel y sal, soy migrante.
Los cantores se despiden. Sus voces se alejan, y queda apenas el eco de las pisadas perdiéndose en la oscuridad. El silencio vuelve a posarse sobre el pueblo. Y Yacuiba, pueblo alegre, queda dormida bajo la luz mansa de la luna, envuelta en un descanso antiguo, como si la música la hubiera arrullado.
En esa quietud, la memoria se hace presente. Recuerdo con emoción a Los Nocheros de 1964: a Adonay Suárez, Hugo Lezana, Milton, Ramón Coimbra, Cesáreo Cuellar, Panchito Reynoso, Nando Barroso, Cuña Pellegrini, Gallo Giro, Cuco Sánchez, Tubo Soria, Mataco Espinoza, Renart Quevedo, Carlitos Vargas, y a tantos otros amigos entrañables que el tiempo no ha borrado.
Al nombrarlos, una lágrima asoma sin pedir permiso. No es tristeza: es gratitud. Porque ellos, con su música, su amistad y su presencia, ayudaron a forjar una identidad, a darle voz y ritmo al sentir de Yacuiba. Porque en cada chacarera, en cada golpe de bombo, en cada guitarra que aún resuena en la memoria, sigue viviendo ese Yacuiba del ayer, profundamente chaqueño, entrañablemente nuestro.
Yacuiba del ayer sigue danzando en cada acorde de chacarera, en cada golpeteo del bombo que marca la tierra, en cada guitarra que suspira historias antiguas. Vive en la brisa que acaricia los árboles del Chaco, en los pasos silenciosos que recorren sus calles de polvo y sol, en las risas y susurros que se entrelazan con la memoria de quienes la amamos. Vive en la nostalgia dulce de los recuerdos compartidos, en la música que nunca muere y en el canto que renace al alba. Así, entre melodías y sombras, Yacuiba permanece eterna: un corazón chaqueño que late, un alma alegre que sueña, un refugio donde la tierra, la gente y la música se funden en un abrazo infinito bajo la luz suave de la luna.
———- O ———-
FIDEL CARLOS FLORES: SENTIMIENTO Y AUTENTICIDAD
Traigo hasta ustedes el corazón de mi querida y añorada Yacuiba, presencia vital de la región chaqueña que, como paloma de paz, también busca contagiar el abrazo y querencia de un viejo amigo, escritor y periodista.
Fidel Carlos Flores en sus textos, unas veces nos acaricia con palabras, sentimiento y autenticidad; otras, nos trae un cargamento cultural de reflexiones donde nos muestra su alma transparente y solidaria.
A través de los años, conocí de cerca su brega por un país con horizonte más justo y humano, más inclusivo y coherente. Menos egoísta e individualista, para superarnos -todos- como personas y devolver a las futuras generaciones: Esperanza, ánimo y resiliencia.
En tal sentido, agradezco a todos los nacidos en esta generosa tierra que emigraron: Unos menores de edad y otros mayores, su aporte y contribución.
Amigos, pongo a consideración el trabajo de Fidel (crónicas, artículos y micro relatos, entre otros), resultado de sus experiencias, análisis y vivencias en casi medio siglo, de habitar el norte del continente.
Yacuiba, julio de 2025.
———- O ———-
(*) Escritor chaqueño
(**) Yacuiba. Es una ciudad tropical del sureste de Bolivia (actualmente 125,000 habitantes, aprox.), departamento de Tarija. Capital de la provincia Gran Chaco. Localidad fronteriza, ubicada a 3 kilómetros de la República Argentina, a orillas (extremidad sur) de la Serranía del Aguaragüe. La provincia también colinda con Paraguay. En el Gran Chaco se encuentran las mayores reservas de gas natural de toda Bolivia y la segunda en Sudamérica después de Venezuela.

