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HAMBRE. Por Salvador Ávila (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
marzo 13, 2026
in Artículos de Opinión
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EL MUNDO EN 1942. Por Salvador Ávila (*)

Los almacenes de Badaiev que acaban de ser incendiados, eran el depósito principal de Leningrado, el centro de su abastecimiento. Aquella siniestra humareda que se elevaba, densa y grasienta, eran el azúcar, la harina y la mantequilla que ardían.
Testimonio anónimo sobre el sitio de Leningrado.

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Samuel P. Huntington (autor del polémico texto
El choque de civilizaciones), dice que un paradigma es “una teoría que explica mejor que sus competidoras un determinado conjunto de hechos, aunque no es necesario –y eso nunca sucede–, que los explique todos”. Es verdad, por otra parte, que la mayoría de los conceptos son relativos y que algunos son más difíciles de explicar que otros. Tal vez el ejemplo más evidente en este sentido es el concepto de pobreza. Siempre que se pone a discusión los especialistas –o pobretólogos, porque alrededor de este fenómeno se ha creado toda una corriente de estudio–, no sólo son incapaces de explicar a cabalidad el problema, sino que, en ocasiones, lo hacen más engorroso. Aluden a una serie de justificaciones (y limitaciones) teóricas y metodológicas; hablan, precisamente, de lo relativo del término, de los diferentes tipos de pobreza que existen, y alegan, además, que no es lo mismo ser pobre en una región que otra en un mismo país, o en países diferentes, pongamos por caso Bélgica y la India o Argentina y Canadá, para hablar del mismo continente. En esta forma de ver las cosas se oye el murmullo de la azarosa expresión de Rudolf Kjellén: “Geografía es destino”, expresión determinista de la cual debemos desconfiar.
Algo similar ocurre con el hambre que, por lo demás, va de la mano con la pobreza; una no se puede explicar sin la otra, son dialécticas. El hambre alude corrientemente y a la vez, a la sensación que acompaña a la imperiosa necesidad orgánica de alimentarse que experimenta todo hombre, y al estado biológico de desequilibrio resultante de la no satisfacción parcial o integral de esta necesidad. El filósofo alemán Ernst Bloch dejó anotado en su libro El principio esperanza: “Un hombre con hambre no es un hombre libre; un cuerpo saciado no tiene de qué quejarse”. Así lo entendió también el Nobel en economía Amartya Sen, padre del concepto de Desarrollo Humano. Ningún factor exterior lastima tanto al ser humano como el alimentario. El hambre no lo marca solamente en su cuerpo, sino en su alma: lo deshumaniza. “Un hombre que tiene hambre no es, no puede ser, un hombre libre; es el prisionero de su hambre, no tiene sino un deseo, un pensamiento, un fin: comer. Después, si el hambre se prolonga, cae en una profunda apatía y pierde, poco a poco, todo deseo, aún el de alimentarse. La pereza, el fatalismo de ciertos pueblos, de ciertas razas, no son sino consecuencias del hambre sufrido de generación en generación”. Nos dice el médico, nutriólogo y activista brasileño Josué de Castro en su obra Geopolítica del hambre.
El hambre es producto de una combinación de factores. Puede ser consecuencia de una mala cosecha de alimentos o de una distribución social inapropiada, del crecimiento rápido y desproporcionado de la población o porque no se cuenta con el dinero suficiente para comprar los comestibles. Durante la crisis que padeció Irlanda entre los años de 1845 y 1847, los pobres morían de hambre a millares, pese a que las posadas estaban abiertas y podían comprarse alimentos. En 1891, durante la gran depresión rusa, los campesinos morían de inanición, aunque el pan podía adquirirse por el equivalente de tres cuartos de penique la libra; pero los campesinos sin tierra carecían de dinero para comprarlo. La pobreza es, con mucho, la consecuencia más importante de la distribución desigual. “De poco sirve al mendigo hambriento saber que el restaurante del hotel Ritz acepta toda clase de clientes sin discriminación, si él no tiene dinero para comprar una comida”. Esto decía a mediados del siglo XX, el escritor y científico Magnus Pyke, consejero además del Ministerio de Alimentación del Reino Unido y de la Comisión Aliada de Posguerra para Austria. En las diversas crisis del sistema capitalista originadas por la sobreproducción, se prefirió arrojar los alimentos al mar, antes que distribuirlos entre los países más pobres.
La historia del hambre, de las hambrunas y la de los motines por hambre en la Europa moderna y contemporánea, está bien documentada en libros como El pan salvaje de Piero Camporesi, la Multitud en la historia de George Rudé y El miedo en Occidente de Jean Delumeau. En el Diccionario básico de la historia medieval de Pierre Bonnassie, el apartado “Hambre” es uno de los capítulos centrales. En El pan salvaje, Camporesi analiza la enfermedad y la hambruna que asoló a Europa durante gran parte del siglo XVI, mismas que eran explicadas, de acuerdo con los mitos y las creencias populares, como un “castigo producto del pecado original, la maligna influencia de las estrellas y el desequilibrio de los humores”. En los tiempos de escasez, “los hambrientos se transformaban en grotescos simulacros de seres humanos, exhaustos por el trabajo de seguir viviendo”. El texto pone en juego un aspecto polémico: “Desaparecía el límite alimentario entre hombres y animales y era común la antropofagia […], una práctica más o menos clandestina, consecuencia del hambre”, a la que Virgilio llamó “obscena” y Quintiliano “la más terrible de las enfermedades”. Sólo el desarrollo de los procesos de colonización pudo cambiar el mapa del hambre. En el siglo XIX, Europa dominaba el mundo y organizaba toda la economía internacional en su provecho; a comienzos del siglo XX, las dos terceras partes de las importaciones mundiales de trigo, maíz, oleaginosas, carne, manteca, huevos y queso eran destinadas a Europa occidental. Todos los continentes contribuían a su alimentación y prosperidad.
Pero muy pronto llegaron las guerras. Las hambrunas provocadas por los conflictos bélicos merecen una explicación aparte. Stig Dagerman se ocupó en su libro
Otoño alemán(“El pastel del pobre”, “El arte de hundirse”), del estado de precariedad en que vivía la población de Berlín al término de la segunda guerra mundial: ciudad en ruinas, ocupada por los ejércitos aliados y en donde la gente vivía literalmente en ratoneras. Dagerman supo llegar al fondo del sufrimiento de estas personas, y fue capaz de exponer el cinismo del comportamiento de los aliados, con políticas más prontas a favorecer la pervivencia del nazismo que su rechazo. Por otro lado, lo que ocurrió en Holanda en plena ocupación militar, es ejemplar en términos de experiencia y aprendizaje. Los pormenores de este suceso están descritos en el libro de Agnus Pyke, El hombre y su alimentación. Introducción a la bromatología. Inmediatamente después de la ocupación alemana en mayo de 1940, quedó suprimida toda la importación de alimentos, además de que alrededor del 60 por ciento de la producción agrícola de Holanda fue requisado. Sin embargo, a fuerza de utilizar tierras de pastos para el cultivo de patatas y el sacrificio de gran cantidad de cerdos y aves de corral, los gobernantes holandeses consiguieron mantener la distribución de alimentos a un nivel suficiente como para proporcionar un promedio de 1600-1800 calorías diarias, desde 1941 hasta el verano de 1944. Esto representaba pasar penalidades, pero no hambre. Se impuso además un racionamiento muy sensato, de manera que los que realizaban trabajos pesados recibían más alimentos y las mujeres y los niños raciones especiales. En el invierno de 1944-1945, al suprimirse todos los aprovisionamientos, la cantidad de alimentos distribuidos disminuyó rápidamente hasta algo más de 600 calorías diarias. El hambre desencadenada por esta inhumana medida –así como las redadas de judíos que fueron exhaustivas en Holanda–, terminó en mayo de 1945, con los alimentos suministrados por los ejércitos aliados. Los relatos y registros sobre el hambre padecida por los holandeses en ese periodo, son un material imprescindible para aquellos que quieran comprender en qué consiste este flagelo.
Con todo, es menos conocido el problema del desplantamiento o transplantación alemana. ¿Qué se entiende por esto? Se llama así a la expulsión en masa de la población alemana de los territorios alemanes orientales que iban a ser entregados a la Unión Soviética y a Polonia, entre los años de 1945 y 1960. La transplantación se discute por primera vez entre los políticos aliados en la Conferencia de Teherán, del 28 de noviembre al 1ro. de diciembre de 1943. A finales de 1944, se encontraban en los territorios alemanes del Este casi diez millones de alemanes (sin contar a los militares). La primera oleada de expulsión ocurrió en julio de 1945. El año de 1946, con cerca de dos millones de desplazados, es el periodo más intenso de la expulsión en masa. Solamente a partir de 1957 se realizan de nuevo grandes transportes de alemanes. Debido a la ocupación soviética, a la huida, al hambre y a las epidemias, casi tres millones de alemanes perdieron la vida. El desplantamiento alemán fue una de las primeras y fatídicas consecuencias originadas por la Guerra Fría.
———- O ———-
(*)
Escritor, Doctor en Historia (UIA)

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