
La comida ganará la guerra
y escribirá la paz.
C. R. Wickard.
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Dewitt Wallace es el creador de una de las revistas más exitosas y de más larga vida en la historia del periodismo mundial. En 1921 fundó en el sótano de su casa, en Nueva York, Selecciones del Readers Digest, algo así como Lecturas Concentradas, probablemente la publicación que más distingue el modo de vida norteamericano. El primer número apareció en 1922, con un tiraje de cinco mil ejemplares, y se vendía únicamente por suscripción de manera mensual. En 1929 comenzó a distribuirse en puestos de diarios y revistas de Estados Unidos; sólo cinco años después su tiraje superaba el millón de ejemplares, y a principios de los años cuarenta alcanzaba los cuatro millones. En diciembre de 1940, apareció la primera edición de Selecciones en América Latina, donde México representaba uno de sus mercados más importantes. La fama de esta revista de bolsillo hacía que las grandes industrias se disputaran sus páginas, sin importar la dimensión del espacio, para difundir sus productos. En 1979, Coca-Cola pagó 19 millones de dólares para que en la contraportada de la revista se publicara un anuncio de esa bebida durante un año. En promedio, Selecciones del Readers Digestedita treinta millones de ejemplares en 162 países y en 35 idiomas, griego e indio, entre otros. Hoy tiene ingresos por ventas de más de 3 mil millones de dólares al año. Si bien es cierto que representa uno de los fenómenos de divulgación periodística más importante del siglo XX, para muchos no deja de ser el ejemplo más acabado de “periodismo inferior”. Selecciones del Readers Digest es uno de los bastiones culturales del “american way of life”, y proyecta de forma muy definida la manera como ven y viven el mundo los estadunidenses: resúmenes de novelas cursis, condensados de grandes reportajes tomados de otras revistas y “artículos que levantan nuestro ánimo” –en palabras de su propio fundador–, representan la clave de su éxito. Durante la Guerra Fría, la publicación fue continuamente descalificada por los especialistas por hacer “propaganda intelectual en beneficio de Estados Unidos”; a decir verdad, la revista Sputnik hacía lo mismo a favor de la Unión Soviética.
Tengo en mis manos un volumen con los números correspondientes al año 1942, que un adicto o adicta (mi madre era una de ellas) a la revista mandó empastar. Lo encontré perdido en un local de libros viejos, y aunque nunca me conté entre sus lectores, me sentí atraído por la antigüedad de los ejemplares y por su contexto: la segunda guerra mundial se hallaba en su fase más delicada, con Inglaterra y Europa de rodillas ante los nazis, y los Estados Unidos resistiéndose a participar. Pagué diez o veinte pesos por el insólito descubrimiento y lo llevé de inmediato a casa para escudriñarlo. Los temas que saltan a la vista son acerca de la vida cotidiana y de lo que pensaba el ciudadano norteamericano promedio sobre la guerra: ¿Estados Unidos debía mantener su política aislacionista?, o, por el contrario, ¿debía participar en la contienda? Estos ejemplares tienen también como común denominador un sentimiento paternalista, que raya en el ridículo, de Estados Unidos hacia los países latinoamericanos. A su vez, aquí y allá hay pasajes sugestivos que, sin embargo, es preciso corroborar. Por ejemplo, en la página 42, del tomo correspondiente a enero, leemos lo siguiente: “Los famosos tulipanes holandeses figuran desde hace algún tiempo en la lista de las víctimas del nacismo (sic). Desde que se apoderaron de Holanda los alemanes tuestan grandes cantidades de bulbos de tulipán, los mezclan con bellotas, también tostadas, y los muelen en seguida para expenderlos como café en toda Holanda”.
¿Y qué dice esta revista a propósito del comercio mundial? Los ensayos son numerosos y a menudo catastrofistas. Los norteamericanos pensaban que Hitler, valiéndose de “métodos comerciales totalitarios”, absorbería la mayor parte de los productos de exportación de las naciones latinoamericanas y en cambio inundaría con los productos de sus fábricas todos los mercados de América Latina, “de los cuales los Estados Unidos tendrían que salir rabo entre piernas”. Creían estar ante un “mundo dominado por un sistema esclavista de producción”; sus trabajadores libres “tendrían que hacer frente a la competencia de trabajadores cautivos obligados a trabajar por salarios insuficientes aun para la mera subsistencia. No podríamos disponer en ningún país extranjero del sobrante de nuestros productos sino a los precios fijados por Hitler”.
El impacto de la guerra en todas las zonas de Europa fue diferente, dependiendo de la intensidad de los combates y del grado de explotación llevado a cabo por los alemanes. La imposición de pesadas exacciones, el saqueo, el traslado de plantas industriales y trabajadores, junto con la devastación que siguió a las operaciones militares, llevaron a un declive general de los niveles de vida a una gran área de Europa. El ministro de Agricultura norteamericano Claude Raymond Wickard, pensaba que sólo si Estados Unidos proveía de alimentos a Gran Bretaña, ésta podía vencer al nazismo. Para conseguirlo, los agricultores estadunidenses debían producir menos algodón y trigo y más carne, fruta, legumbres y artículos lácteos. El plan de Wickard para nutrir a Europa iba a transformar toda la estructura agrícola norteamericana. Al determinar los objetivos de producción de 1942, pidió a los agricultores:
.Carnes: 80 millones de cerdos en lugar de los 46 millones que serían sacrificados ese año. La producción de ganado de cerdo sería la mayor de toda su historia.
.Vegetales: un aumento del 14 por ciento sobre el año anterior.
.Aves y huevos: un aumento del 10 por ciento.
.Leche: 125 mil millones de libras, es decir, un aumento del 11 por ciento sobre la producción máxima de 112 mil millones de libras calculadas para 1941.
Incluso Wickard prohibió la venta de pan de molde en Estados Unidos hasta el fin de la segunda guerra mundial. Existía una razón, que la guerra agudizó, para rebajar la producción triguera. Los Estados Unidos habían venido cultivando ese cereal en cantidades excesivas: en 1941 hubo una sobreproducción de casi 140 mil millones de hectolitros. El cultivo de algodón acusaba también un drama de superproducción y bajo consumo. Al examinar los planes para proveer a “las multitudes hambrientas de Europa” de los alimentos que necesitaban –carne de cerdo, tocino, huevos, leche, quesos, tomate enlatado, frijoles, frutas secas–, Wickard vio la oportunidad de romper con tradiciones locales de consumo único, arraigadas entre los agricultores norteamericanos. “En el Sur sustituirán a las dispersas hileras de plantas de algodón mordisqueadas por los insectos, rojos tomates lozanos. En las regiones medias del Oeste, rebaños de gordo ganado vacuno pastarán la hierba tupida de las Grandes Llanuras donde, en extensiones de kilómetros y kilómetros que se pierden en el horizonte, crece hoy trigo que el mundo no necesita. Los plantadores de tabaco de Kentucky, con sus mercados inciertos, tendrán ocasión de criar ganado o de cultivar frutas y legumbres”.
A lo largo de las costas del Atlántico se establecieron depósitos desde los cuales se embarcaban constantemente subsistencias para Inglaterra, a razón de 200 mil toneladas mensuales. Ante una comisión del Congreso, Wickard manifestó que Norteamérica debía proveer el 25 por ciento de la alimentación requerida por Gran Bretaña, para lo cual habría que enviar, antes de marzo de 1942, subsistencias por un valor de mil millones de dólares. Pero el sueño de Wickard no se satisfacía con colmar las necesidades alimentarias de Inglaterra y enriquecer a los agricultores de su país. Quería crear grandes depósitos de artículos enlatados, productos lácteos en conserva y huevos en polvo, para que el resto del mundo los consumiera después de la guerra. Claude Raymond Wickard, ministro de Agricultura y encargado de la Administración de Alimentos para la Guerra durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt, sabía de lo que hablaba, ya que tenía profundos conocimientos sobre agricultura y producción y mejoramiento de comestibles, incluso era autor de varios textos especializados sobre alimentos deshidratados.
“La abundancia o escasez de víveres influye grandemente en el ánimo de un pueblo durante la paz; y es, en tiempo de guerra, factor decisivo”, opinaba Wickard.
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(*) Escritor, Doctor en Historia (UIA)

