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En 1995 sucedía en México una crisis económica y social brutal y aparece el “chupacabras”, y todo el tema mediático era sus “apariciones”.
Dicho fenómeno de manipulación colectiva en México durante mediados de los años 90 es ampliamente recordado como una “cortina de humo” orquestada por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (sexenio 1988-1994).
Tal estrategia buscó distraer a la población de la grave crisis económica, devaluación e inestabilidad política, incluyendo el asesinato del candidato Luis Donaldo Colosio, al utilizar el miedo y el sensacionalismo mediático.
La semana anterior (12/02/26) en Argentina se aprueba una reforma laboral que aniquilará los derechos laborales, en medio de una molestia social y de repente surgen los “therian” y la ampliación del tema en redes sociales y medios corporativos. Así se inició en la tierra del mate y Maradona, continuó en Uruguay y Sudamérica hasta llegar a nuestro mágico México y ahora es el tema mediático que -curiosamente- se comenta.
Ambos son ejemplos de “cortinas de humo” aplicadas en países en crisis. No aprendemos como sociedad y como dice el sabio Charly García sí, argentino: “Nos siguen pegando abajo…”.
(*) Abogado (Querétaro, México)
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THERIANS, SIGUE LA ESTUPIDEZ. Por Julio César Chaves (**)
Hace unos años, si alguien te decía en serio que era un lobo atrapado en cuerpo humano, lo mandabas al psicólogo. Hoy, le dan un like, lo comparten miles de personas y aparece en los videos más vistos de TikTok. Bienvenidos a la era de los Therians, el fenómeno que demuestra que la necesidad de atención no tiene límites, y que las redes sociales son el mejor fertilizante que existe para cultivar la estupidez.
¿Qué es un Therian?
Un Therian, según ellos mismos se definen, es una persona que siente que su verdadera identidad no es humana, sino la de un animal. No hablamos de amor por los animales ni de identificarse con ciertos rasgos de personalidad de manera metafórica. Hablamos de adolescentes que se ponen máscaras de animales, gatean por los pasillos del colegio, gruñen, ladran o maullan, y exigen ser tratados como la criatura que “son en su interior”.
El término tiene raíces en comunidades marginales de internet de los años 90, pero lo que antes era una rareza aislada se ha convertido, gracias a TikTok y YouTube, en una tendencia masiva. Hoy hay miles de jóvenes que se presentan abiertamente como lobos, zorros, gatos o águilas, y un ecosistema entero de contenido digital que los celebra y los alienta.
El problema no es la excentricidad. Es la normalización.
Seamos honestos, toda generación tiene sus excentricidades. En los 80 te teñías el cabello de verde. En los 90 te ponías cadenas de pantalones ridículamente grandes. En los 2000 todos querían ser vampiros emo.
Nadie pide que la humanidad sea aburrida y uniforme. El problema real comienza cuando estas excentricidades dejan de ser un juego inofensivo y se convierten en una identidad patologizada que se exige sea reconocida como legítima.
Los Therians no solo “juegan” a ser animales. Muchos de ellos exigen que sus profesores los llamen por nombres de animales, que se les permita comportarse como tales en clase y que cualquier cuestionamiento a su identidad sea considerado una forma de discriminación.
Acá es donde la excentricidad cruza la línea hacia algo más preocupante, la demanda de validación institucional para una creencia desconectada de la realidad.
Y si, hay problemas reales detrás de la máscara. Y acá cabe una aclaración importante, detrás de muchos jóvenes que adoptan estas identidades hay problemas reales de salud mental que merecen atención, no burla.
La adolescencia es un período de enorme vulnerabilidad psicológica. La búsqueda de identidad, el miedo al rechazo, la soledad y la desorientación son absolutamente reales y absolutamente serios.
El peligro es que las redes sociales han creado una trampa perversa y en lugar de conectar a esos jóvenes con ayuda profesional genuina, los conectan con comunidades que refuerzan y celebran estas creencias como si fueran la solución, cuando en realidad pueden ser un síntoma.
Un adolescente con problemas de identidad, desconectado socialmente y en busca de pertenencia, encuentra en la comunidad Therian un hogar digital inmediato. Le dan un nombre, una tribu, una narrativa. Y eso, aunque sea una narrativa disparatada, llena un vacío real.
El problema no es el joven vulnerable. El problema es el sistema que se beneficia de mantenerlo en esa burbuja en lugar de ayudarlo a sanar.
Para colmo de males, las redes sociales, actúan como el gran amplificador de la estupidez. TikTok, Instagram y YouTube no inventaron a los Therians. Pero los industrializaron. El algoritmo no distingue entre contenido nutritivo y contenido dañino; solo mide el tiempo de pantalla y el engagement. Y resulta que un adolescente gateando con máscara de zorro genera millones de visualizaciones, comentarios encendidos y un debate interminable que mantiene a todo el mundo pegado a la pantalla.
Lo que las plataformas han logrado es hacer rentable la exhibición de la confusión identitaria. Cada video de un Therian “despertando” o “mostrando su lado animal” recibe miles de comentarios, algunos de apoyo frenético, otros de indignación, pero todos alimentan el mismo algoritmo. El resultado es una espiral en la que la excentricidad tiene que escalar constantemente para seguir siendo visible, y los jóvenes involucrados quedan atrapados en una identidad que funciona bien para generar contenido, pero muy mal para vivir una vida real.
¿Qué dice esto de nuestra sociedad? El fenómeno Therian no existe en el vacío. Es síntoma de algo más amplio y más serio, una cultura que ha confundido la validación con la verdad. Hemos llegado a un punto en que cuestionar cualquier afirmación sobre identidad personal es automáticamente tachado de odio, discriminación o fobia.
El pensamiento crítico ha sido reemplazado por la afirmación automática, y eso no le hace ningún favor a nadie, especialmente no a los jóvenes que más necesitan que alguien les diga la verdad con cariño.
Una sociedad sana no valida todo lo que una persona siente solo porque lo siente con intensidad. Una sociedad sana distingue entre respetar a las personas y validar toda creencia que esas personas tengan sobre sí mismas. Podemos tratar a un Therian con total dignidad y al mismo tiempo decirle que necesita hablar con un profesional de salud mental, no con un algoritmo.
¿Y cuál es el antídoto contra moda ridícula?
Los Therians son, en gran medida, una creación de internet. Han existido siempre personas con dificultades severas de identidad, pero nunca antes había existido un mecanismo tan eficiente para agruparlas, reforzar sus creencias y convertirlas en contenido viral. Lo que antes era una experiencia aislada que probablemente llevaba a buscar ayuda, hoy es una comunidad organizada que se autoperpetúa.
La respuesta no es el odio ni el ridiculizar a las personas involucradas. La respuesta es negarse a participar en la normalización de algo que necesita ser tratado, no celebrado. Es hablar con claridad, aunque incomode. Es recordarle a nuestros hijos, sobrinos y estudiantes que las redes sociales son un escaparate diseñado para engancharlos, no un espejo confiable de la realidad.
Y es, sobre todo, tomarse en serio la salud mental de los jóvenes, no afirmándoles cada ocurrencia que tiene el algoritmo, sino conectándolos con ayuda real, presencia real y conversaciones reales. Eso es lo que una generación confundida necesita. No máscaras de animales. Necesitan alguien que les diga la verdad.
(**) Ciudad de Chacabuco/Argentina
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