
Título original “Junior Arias y Pepe Pomacusi: Los arquitectos del espectáculo político” (publicado en FB del autor)
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Junior Arias y Pepe Pomacusi no son solo comunicadores: son piezas fundamentales de un engranaje mediático en Santa Cruz que evoca la estética de una novela de realismo sucio o una sátira política mordaz.
En el ecosistema del periodismo boliviano contemporáneo, representan la figura del analista camaleónico: profesionales que, bajo una fachada de implacable rigor ético, despliegan una destreza magistral para la supervivencia y el acomodo dentro de las estructuras de poder cambiantes.
El cortesano del periodismo
Se les podría definir como «cortesanos del micrófono» —un oxímoron que describe a quienes habitan los pasillos del palacio mientras fingen vigilarlos desde la acera de enfrente. Utilizan sus plataformas —ya sea el set de televisión o los streams de redes sociales— no como un escalpelo para buscar la verdad objetiva, sino como una espada de doble filo: hieren al que cae para ganar el favor del que asciende, transformando la información en una divisa de alto valor estratégico.
El estilo Pomacusi: la retórica del justiciero
El discurso de Pepe Pomacusi es incendiario, directo y profundamente personalista. Él no solo informa: se sitúa como el protagonista absoluto de la noticia, apelando constantemente al sentimiento popular para validar su propia relevancia. Su estilo se caracteriza por una cadencia dramática, casi teatral, diseñada para el consumo rápido y la viralidad del escándalo.
Ejemplo de su retórica editorial:
«La caída de Luis Arce no es un accidente, sino la crónica de una soberbia anunciada. Es el ejemplo perfecto de cómo los políticos confunden el sillón presidencial con un trono divino. Pero aquí estoy yo, Pepe Pomacusi, para recordarles que el poder es prestado. Te vas porque te lo buscaste.»
Esta narrativa de «defensor del pueblo» oculta a un estratega del pragmatismo. Para Pomacusi, la ideología es un accesorio intercambiable y la gestión pública es secundaria frente a la rentabilidad del impacto mediático.
Junior Arias: el sabueso de la oportunidad
Si Pomacusi es el drama, Junior Arias es la tensión. Arias ha perfeccionado un estilo de «periodismo de investigación» que a menudo parece teledirigido. Su capacidad para obtener exclusivas y documentos confidenciales sugiere una simbiosis con ciertos sectores de la inteligencia estatal o grupos de poder económico.
Agilidad evolutiva: Al igual que su colega, Arias posee una notable capacidad para transitar de un ciclo político a otro sin perder el equilibrio. Su «olfato» no solo busca la noticia, sino el momento exacto en que una denuncia puede causar el máximo daño político o generar el mayor rédito de influencia.
La noticia como proyectil: En sus manos, el dato no es un elemento de educación ciudadana, sino un proyectil balístico. La información se dosifica, guarda o lanza con precisión quirúrgica, respondiendo más a agendas de poder que al derecho a la información.
Rasgos compartidos: narcisismo y cámaras de eco
Ambos personajes comparten vicios que han transformado el debate público en Bolivia:
-El narcisismo de la credibilidad: Pomacusi ha declarado que su marca personal posee más credibilidad que corporaciones históricas como Unitel o Red Uno. Este mesianismo digital busca desplazar a la institución por el «yo». Para ellos, la verdad no reside en el hecho, sino en su capacidad personal de narrarlo.
-El veto a la disidencia: A pesar de presentarse como paladines de la libertad, administran sus comunidades digitales como feudos. El bloqueo sistemático es la herramienta principal contra la contradicción: quien cuestiona es silenciado, creando una cámara de eco donde solo resuena el aplauso o la indignación dirigida.
-El análisis transaccional: Su barómetro es estrictamente político y económico. Su virulencia o benevolencia oscila según la cercanía al presupuesto estatal (pauta publicitaria) o la proyección de futuras cuotas de poder. No evalúan planes de desarrollo ni leyes complejas: evalúan quién tiene el bastón de mando.
La máscara de la posverdad
Su mayor talento no es el periodismo, sino la persuasión emocional. Han logrado convencer a una audiencia cautiva de que sus críticas nacen de una convicción moral inquebrantable. Sin embargo, para observadores atentos, sus ataques frontales funcionan a menudo como «avisos de cobro» enviados al poderoso de turno: un recordatorio de que su silencio o su aplauso tienen un precio que el sistema debe estar dispuesto a pagar.
Conclusión
Junior Arias y Pepe Pomacusi son el rostro de la posverdad en Bolivia, donde la línea entre líder de opinión y operador político se ha borrado por completo. Su influencia radica en su capacidad para leer el «humor de la calle» y devolvérselo a la audiencia masticado, simplificado y cargado de una indignación que, aunque parezca genuina, es profundamente calculada. Son, en última instancia, un síntoma del sistema: hombres que han convertido la crisis política permanente en su hábitat natural y en su fuente de ingresos más lucrativa.
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(*) Analista político (UAGRM de Santa Cruz/Bolivia)

