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CRÓNICA DE UN VIAJE PRECOZ. Por Fidel Carlos Flores (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
febrero 9, 2026
in Artículos de Opinión, Latinoamérica
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CRÓNICA DE UN VIAJE PRECOZ. Por Fidel Carlos Flores (*)

———– O ———–
ENTRE LA PREPOTENCIA CASTRENSE Y CASTRANTE.
Tic tac, tic tac, y agudizo la mirada hacia mi reloj de pulsera. Son las 21:30 horas, del miércoles 16 de julio de 1980, noche de aniversario de La Paz (capital de Bolivia), todos celebran en el centro y las afueras de la ciudad. Recorro la popular calle Tumusla y la transversal Avenida Buenos Aires en el auto de un compañero de clase, quien elocuente me explica el acontecer de esa hora.

Observo intensa actividad, soy invitado de dicho condiscípulo que se define asimismo como “auténtico paceño” se propuso enseñarme cómo se festeja el día de La Paz en lugares donde lo genuino y auténtico se regocija.
Después de ubicar una cantina aledaña a la zona y estacionar su vehículo, entramos a un local donde la mayoría de los asistentes se comunicaban en “aymara”, llamó mi atención su forma de participar en brindis estridentes y espontáneos, aún con interlocutores totalmente desconocidos y recién llegados, claro bajo los efectos de varias cervezas “paceñas”. Total, al día siguiente habría tolerancia y descanso laboral.
Nadie imaginaba que en esos momentos el ejército, encabezado por el General Luis García Mesa y Luis Arce Gómez iniciaba la logística del último golpe militar en Bolivia, llamado posteriormente cuartelazo de los coca dólares (**) tal acción militar destrozaría la recién recuperada democracia y al gobierno de la primera mujer presidente constitucional (interina) Lidia Gueiler Tejada.

Definitivamente corrían tiempos de autoritarismo e incertidumbre ciudadana, apenas el 22 de marzo de ese año habían asesinado al sacerdote y profesor universitario Luis Espinal (director del Semanario Aquí). Tiempos donde ser estudiante o dirigente era sinónimo de persecución política.
En ese contexto las universidades se cerraban indefinidamente por decreto presidencial y los actores político-sociales (pro democracia), organizaban inmediatamente la resistencia contra cualquier autoridad militar. No había opción, se tenía que estar de algún lado, la irrupción había disuelto de facto los derechos constitucionales del ciudadano, por lo que la disyuntiva era simple: ¿A favor o en contra?
Además, en esos aciagos días, la solidaridad y el entusiasmo estudiantil terminaban por conquistar. Me había trasladado a La Paz a los 17 años (recién egresado Bachiller) con el objetivo de ingresar a la universidad Mayor de San Andrés y en ese momento la institución era atacada. En tal escenario solo había que ser congruente.
Curiosa situación. Recordé que en algún momento tuve la opción de postular al Colegio Militar y de ser aceptado internarme los 4 años requeridos. Con el antecedente de que ya habían ingresado varios amigos generacionales. En esos años algunos padres pensaban que ser militar aseguraba un futuro económico y ascenso social rápido. Pero en el caso mío, la posibilidad, solo quedo en eso, e intuitivamente rechace la idea.
Volviendo a la experiencia del festejo paceño. Horas después me regresaron al departamento que habitaba en calle Graneros junto a otros residentes (oriundos de Yacuiba, Sureste de Bolivia). Al día siguiente jueves 17 a las 11 de la mañana debía asistir a cursos pre-universitarios en la UMSA (Universidad Mayor de San Andrés) pero antes de eso asistir brevemente a una reunión de estudiantes del Chaco cerca del comedor universitario.
Con esa intención abandoné mi vivienda y en el trayecto observé lo inusual: soldados armados y trincheras en la plazuela Eguino, tanquetas y retenes en la Plaza San Francisco. Se respiraba un ambiente tenso en las calles aledañas a la Alameda Central. Era mediodía y un año antes la ciudad había vivido un sangriento Golpe de Estado (Alberto Natusch Busch) con más de un centenar de pérdidas humanas.
La curiosidad y audacia de la edad por observar acontecimientos que nunca había visto, me fueron trasladando a lugares más peligrosos. Caminé hasta San Pedro, para entonces me acompañaba un coterráneo y compañero de secundaria Gilberto Zeballos Bossi.
Llegamos presurosos a la Plaza de la zona (frente a la cárcel de San Pedro), de reojo observé incertidumbre y angustia en los transeúntes. Casi todos intentando alejarse del lugar, vendedores ambulantes levantando sus productos, tiendas bajando sus cortinas, vehículos en contrasentido, etc. Mientras la adrenalina y el temor aumentaban, de fondo se escuchaban disparos.
Algo sucedía en el Paseo del Prado, precisamente en la sede de la Central Obrera Boliviana (COB), después conoceríamos que se trataba de una reunión de emergencia del Consejo Nacional de Defensa de la Democracia (CONADE) donde se encontraban la mayoría de los líderes sociales y sindicales, a solo dos o tres cuadras de donde estábamos.
Seguimos acortando distancia, mientras el sonido de ráfagas de metralletas y sirenas de ambulancias se incrementaban. Temerariamente una persona circunstancial, Gilberto y yo, ingresamos a zona de peligro, llegamos al Prado, a 50 metros de donde se producían las detonaciones, nos resguardamos en pequeñas áreas de una tienda de artículos deportivos, a unos metros un cine cerrado, también allí encontramos otras personas cobijadas en reducidos espacios. Todos observando incrédulos los acontecimientos.
Era el asalto a la COB perpetrado por paramilitares que habían detenido a todos los líderes allí reunidos, separando a Marcelo Quiroga Santa Cruz, Carlos Flores y Gualberto Vega, (luego nos enteraríamos) para acribillarlos y asesinarlos.
Gilberto y yo, fuimos testigos de esa funesta circunstancia, lo reconstruimos en la memoria 30 años después al reencontrarnos en Cochabamba. Paso a paso con nitidez analizamos detalles de esa vorágine violenta. Lo más significativo, los disparos hacia la COB desde ambulancias recién llegadas para la Caja Nacional de Seguridad Social (conducidas por paramilitares bolivianos y asesores argentinos), y el apresurado traslado de cuerpos inertes hacia los vehículos.
La universidad intervenida, las clases suspendidas, CONADE y COB destruidas, el triunfo del Golpe se hizo oficial, “de reconstrucción nacional” (se autodenominó). Se vivían días de impunidad donde el abuso y los excesos eran comunes (ejemplo: exilio de opositores, apresamiento y persecución de activistas) Se decretó el “Toque de queda” y otras medidas, sin embargo, aunque de forma irregular se retornó a las actividades cotidianas.
En ese contexto, estudiaba en las noches en un instituto privado (Lincoln Institute), a nivel técnico Relaciones Públicas (lo más parecido a periodismo), poco tiempo después dicho centro de capacitación se convirtió en pequeño refugio de profesores universitarios (ya que la UMSA estaba clausurada indefinidamente), recuerdo a Luís Macías (director), al Doctor en comunicación Dulfredo Retamoso (ex Unión Soviética), al sociólogo Del Águila (Perú) y al periodista Quintana (Venezuela), todos formados en el exterior.
La mayoría coincidía al final de sus clases con que la situación política iba de mal en peor, el exilio o autoexilio era una opción obligada por los acontecimientos. Y si nuestro objetivo era hacer carrera universitaria, deberíamos considerar tarde o temprano tal opción.
En esas aulas conocí a Orlando Soria Jaldín y Luís Salvatierra. Ahí se gestó la idea, influidos por dichos maestros. Los tres deberíamos averiguar posibilidades y opciones en países vecinos. Me tocó investigar Argentina, asi que viajé a Salta una semana donde conocí la Universidad Nacional y la Universidad Católica en la que funcionaba la carrera de Comunicación Social. A pesar de que en la primera ya estudiaba mi hermano Juan David, la situación política en Argentina también era extrema, se vivía bajo el gobierno militar de Jorge Rafael Videla (periodo conocido posteriormente como Guerra Sucia). En realidad, toda la región había sido afectada por el plan Cóndor (Argentina, Chile, Uruguay y Bolivia entre otros) impulsado por Estados Unidos que, en el marco de la guerra fría, impedía el socialismo, a toda costa.

Dos semanas después regresé a La Paz, donde seguía el éxodo y persecución. Me impactó el apresamiento a media noche de un vecino (dirigente) que vivía en frente. Cada vez más convencido por el autoexilio, retorné con aflicción a clases y también a reuniones para conocer nuevas rutas, luego de considerar el idioma común (necesario en ciencias sociales), la probable migración se inclinaba hacia tres países: España, Venezuela y México. ¿A cuál ir?
UN HECHO INSÓLITO: Una moneda al aire cambió el destino de tres jóvenes.
En tal circunstancia, surgió una anécdota, que con los años recordaríamos quienes participamos en ella. Un fin de semana al celebrar el cumpleaños de un amigo, pronto evocamos la disyuntiva pendiente, entre broma y risas nerviosas, resolvimos lo decidiera una moneda al aire (es decir, un volado al azar). Curiosamente tres ocasiones resultó, la última opción.
En noviembre, visitamos las embajadas y consulados de los tres países para conocer nivel de vida, becas y requerimientos respectivos. En todas, el movimiento del éxodo era intenso porque la persecución y represión iba en aumento. Hasta que en la última visita (a la embajada de México) nos recibió un funcionario designado para brindar información a migrantes, era Mario Santillán agregado cultural, quien amable y entusiasta, platicaba maravillas de la hospitalidad, del sistema político mexicano y de la ayuda a los exiliados y estudiantes sudamericanos. Considero que esta empatía terminó por inclinar la balanza hacía el Distrito Federal (hoy CDMX). En consecuencia, la decisión ya estaba tomada.
Fin de año de 1980. Nuevamente en Yacuiba y con toda la información requerida, mi familia continuó el análisis de condiciones económicas para viajar. La presencia y apoyo de mi hermano Juan David (de vacaciones en ese momento) fue determinante, junto a mi precoz obstinación por emigrar adolescente. Todas las intenciones coincidieron y se estableció una estrategia mínima, mis padres tendrían dos meses para conseguir recursos básicos (pasaporte, pasaje aéreo y un austero estipendio).
Antes del Carnaval de 1981, mi padre y yo dejamos el Sureste (Yacuiba) en tren a Santa Cruz (con un par de maletas e ilusiones mías a cuestas), continuamos a Cochabamba y luego arribamos a La Paz, para realizar trámites finales y concretar el autoexilio. Continuaba intenso el patrullaje militar y afortunadamente en ese contexto contamos con el apoyo y ayuda de la familia de Carlos Eugenio García para diligencias oficiales.
Días después con documentos revalidados y un pasaje de Aero Perú (vía Lima-Ciudad de México). Nos presentamos en el Consulado, Santillán me reconoció y agilizó trámites de visa, informándome que dos semanas antes mis dos compañeros ya habían viajado. Conseguí el número telefónico donde estaban hospedados y establecí el contacto, al llegar a ciudad de México tendría llamar a Orlando Soria, quien vivía en una colonia (barrio) del centro.
Faltaban tres días para mi traslado, era fines de febrero y se cumplió el plazo. Con el vuelo programado para las 22:00, una hora y media antes mi padre, Carlos E. García y yo arribamos a la terminal aérea, luego de atravesar el último retén militar. Llegamos y registramos equipaje, se me otorgó el pase a bordo, en lo que hacíamos tiempo, se nos acercaron personas mayores, para pedirme el favor de trasladar cartas y sobres con audio casets para sus hijos quienes esperaban en el aeropuerto de México, con carteles de identificación para recogerlos. Se me hizo fácil y acepté, sin medir consecuencias.
En el itinerario de viaje coincidí con Julio Ticona Cruz, comerciante y conocido de mi padre quien se trasladaba hacia Puebla a visitar a su hijo, coincidencia momentánea porque al contar con destinos diferentes, no lo vi más.
“ATENCIÓN pasajeros, iniciamos el abordaje del vuelo 602 de AeroPerú con destino a Ciudad de México con escala en Lima”.
Se escuchó por los altavoces invitando a todos los pasajeros a abordar el avión, me despedí con prolongado abrazo y la firme expresión paterna de: “Si algo sale mal, hijo te regresas…haremos lo ´posible para apoyarte”
Con mochila personal y bolsas (de encargo) me dirigí solo, al ingreso del avión. Ahí recién me di cuenta que un oficial militar me seguía, apresuré paso, pero me alcanzó en el interior de la aeronave, quiso quitarme las bolsas que me habían entregado afuera. Argumentaba que eran correos e instrucciones para comunistas exiliados, inició así una breve discusión, que fue subiendo de tono, pasajeros y tripulación se empezaron a incomodar. El oficial amenazó con bajarme, entonces recibí el apoyo espontáneo y circunstancial de los presentes, atiné a sacar 10 dólares y se lo entregué, se fue y posteriormente despegó el avión.
Varias horas después y luego de una escala técnica en Lima-Perú, llegué (6:00 am) a la metrópoli mexicana de 20 millones de habitantes. Entregue los sobres encargados y a las 8:30 horas. me pude reencontrar con Orlando Soria. Tres días me cobijaría en su cuarto ubicado en calle Sadi Carnot, colonia San Rafael a unos pasos de la Universidad del Valle, donde estudiaba. Apenas me instaló se fue a clases.
Una hora después, recién llegado salí a caminar la zona, conocí el periódico Sol de México, el monumento a la Revolución, y la vía México Tacuba (por donde pasa el metro), en eso estaba cuando noté que el taco derecho de la bota gastada que usaba, terminó por despegarse, caminé cojeando hasta una avenida preguntando por una taquería o zapatería pequeña para arreglar dicho calzado (venía con términos y significados de Bolivia). En ello, un transeúnte ocasional, al darse cuenta de mi acento extranjero, se detuvo y mantuvo el siguiente diálogo conmigo:
– ¿Busca una taquería?
– ¡Sí!, señor
– Usted no es aquí, ¿verdad?
– ¡No señor!,
– Ah…órale, eso pensé, ¡Ora verá! Mire, en la calle que sigue (me señala con el índice) del lado izquierdo, cerca al metro San Cosme, ahí hay uno bueno y barato (y continuó caminando).
No entendí su orientación, pero le hice caso, ya en el lugar busqué a estos pequeños negocios que en La Paz suelen ocupar espacios reducidos con cartelitos donde se lee: “Arreglamos zapatos, suela entera, media suela, tacos de cuero, etc.” Y que se hallan junto o al fondo de modestos locales donde venden almuerzos.
Estaba en San Cosme, frente a locales chicos y grandes, con nutrida concurrencia, la mayoría llenos de gente comiendo de pie. Un letrero llamó mi atención “Tacos de cuero y maciza”, entonces pregunté al joven encargado de atender clientes, que a su vez limpiaba multicolores platos:
– Buen día, ¿aquí hay taquería?
– ¡Sí! joven.
– Mire, necesito un taco de cuero,
– Ah, ¡Sí, sí! aquí hay de cuero, de carnitas (el ruido del lugar me impedía escucharlo con claridad).
– Mire lo que yo necesito es pegar un taco. ¿Hay tacos de cuero?
– Eh? Ah, sí, si hay de cueros, campechanos y de otros, si gusta. También hay tepaches, para tomar, pásele.
– Perdón, no entendí, pero ¿se tardan mucho en arreglar tacos?
– Arreglar? No aquí nomas «orden», orden de a tres, joven ¿cuántos quiere? (justo entregaba un par de órdenes y me enseñó su contenido).
Solo entonces, me di cuenta, (aunque mi interlocutor insistía en el pedido, y no reparó en tal dislate). Reí para mis adentros. Nunca había escuchado el nombre de tacos, tortillas, chiles, guacamoles, tepaches, etc. Típicos de la gastronomía mexicana.
Anécdota real que conservó con una sonrisa y que me ayudó a entender y adaptarme a la cultura mexicana en general. De hecho, habían transcurrido tres meses desde la primera vez que escuché el nombre del país (México) en que me encontraba. Con el tiempo desarrollé el hábito de anotar cuanta palabra popular desconocía y buscar significados. Curiosamente la experiencia de los tacos causó gracia entre amigos sudamericanos, seguramente porque vivieron algo parecido con palabras o códigos pre-establecidos.
Hasta aquí, quise dejar constancia de mis primeras experiencias en este “ombligo de la luna” (significado originario de la palabra México) e inicio de una aventura irrepetible, compleja y sentida, que nació en Bolivia y que con los años (casi medio siglo) se convirtieron en parte de mi esencia, simiente, sueños, huellas y esperanzas. Y que continúan caminando quizás, más de lo previsto, pero ahora consciente de su finitud.
———– O ———–
(*)
Periodista (Escuela de P. Carlos Septién García) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana/Azcapotzalco).
(**)
Libro: “Bolivia, el cuartelazo de los coca-dólares” es una investigación escrita por el periodista e historiador argentino Gregorio Selser, publicado originalmente en 1982 por Mex-Sur Editorial en México.
En esta obra, Selser expone los vínculos entre la junta militar golpista que tomó el poder en Bolivia a principios de la década de 1980 y el narcotráfico internacional. El libro detalla cómo el narcotráfico influyó en la política boliviana y la corrupción extrema asociada a los regímenes militares de la época, a menudo referidos como el “narcogolpe”, además de intervenciones extranjeras (EEUU) en América Latina. Un libro considerado referencia necesaria para entender la violenta relación entre el poder militar, la política y el narcotráfico en la historia reciente de Bolivia y América Latina.

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