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DON CARLOS FLORES: RAÍCES DEL GRAN CHACO, MIGRANTES EN LOS AÑOS CINCUENTA (*)

Fidel Flores by Fidel Flores
febrero 1, 2026
in Artículos de Opinión, Latinoamérica
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DON CARLOS FLORES: RAÍCES DEL GRAN CHACO, MIGRANTES EN LOS AÑOS CINCUENTA (*)

———- O ———-
Don Carlos Flores nació en una población del departamento de Oruro, en la década de 1930. Su vida —como la de tantos hijos de la posguerra del Chaco (1932–1935)— estuvo marcada por la escasez, el dolor temprano, la esperanza obstinada y la lucha sin tregua. Sin saberlo, hombres como él levantaron Bolivia desde abajo, soportando el peso de una historia que les arrebató la infancia y les enseñó a sobrevivir.

Hoy, a sus más de noventa años, desde México, Don Carlos remonta su memoria hasta un jueves de 1938. Se ve a sí mismo con ropa gastada de niño —tenía apenas cinco años— acompañado de su madre, Paula Flores. Ambos, de rodillas al alba, soportando el frío cortante de la pampa, daban una vuelta alrededor de la iglesia de su comunidad. Él se aferraba con fuerza a la mano materna, como quien se sujeta a lo único firme en un mundo incierto.
En aquel pueblo convivían obreros de la fábrica de cerveza y comunidades campesinas. La economía giraba en torno a la fábrica: la mayoría de los jóvenes trabajaban allí; los demás vivían de la agricultura y del ganado ovino. Carlos era el menor de cinco hermanos. Quedó huérfano a los siete años. No supo que enterraban a su madre: le ordenaron permanecer encerrado en su cuarto. Paula murió a los 35 años, en la cocina de su humilde vivienda, sin atención médica; no había médico ni enfermera a kilómetros de distancia. El llanto llegó después, cuando comprendió la ausencia definitiva. Cuánta falta le hacía. Sin entender del todo, siguió caminando —como le habían enseñado— a pesar del dolor.
Eran tiempos de prematura adultez. Tras una niñez fugaz, la vida imponía responsabilidades de inmediato. A miles de niños de la posguerra no les quedó otra opción: perdieron la infancia, la adolescencia y a sus padres de golpe.
A inicios de los años cuarenta, la sequía y el hambre azotaban a la población campesina. Aun así, Carlos logró cursar tres años de primaria y conocer a sus abuelos paternos, Santos e Isidora, y a sus hijos: Leonardo —su padre—, Lázaro, Eugenio y Juana. Pero a los doce o trece años tomó una decisión silenciosa y valiente: sin avisar a nadie, subió a un tren y partió hacia la ciudad más cercana para trabajar. Fue panadero, ayudante de curtidor de pieles y aprendiz de muchos oficios. Con esfuerzo ahorró algo de dinero y regresó a su pueblo con la ilusión de abrir un pequeño taller de marroquinería. Le fue bien hasta que fue estafado y perdió casi todo.

A los diecisiete años conoció a Enriqueta, de quince. Formaron familia. Poco después, Carlos partió al servicio militar. Al concluirlo, ambos —todavía adolescentes— marcharon a La Paz en busca de trabajo. Al inicio parecía que la suerte les sonreía: Carlos trabajaba en la empresa ferroviaria, tendiendo cables; Enriqueta se desempeñaba en distintos oficios. Pero la inestabilidad política era extrema. Vivieron la Revolución de 1952 y sus efectos. Nuevamente, lo perdieron todo y regresaron al pueblo.
La migración era intensa en aquellos años. Entonces Carlos tomó otra decisión firme: partir hacia el Gran Chaco boliviano y argentino, donde se construía una vía férrea internacional. Trabajó en Tartagal, Argentina, en las quintas de inmigrantes italianos, recolectando frutas; luego en aserraderos, abriendo senderos en el monte, y más tarde como hachero, enfrentando el quebracho, el sol y el silencio del bosque chaqueño.
A mediados de los años cincuenta se estableció definitivamente en Yacuiba (**). Allí trabajó como ayudante de maquinista y luego en el taller de la empresa ferroviaria de la Comisión Mixta Argentino-Boliviana. Enriqueta, mientras tanto, cuidaba a los hijos y sostenía el hogar con un pequeño comercio, casi sin mercadería, pero con infinita voluntad. Con los años, prosperaron.
Carlos y Enriqueta adoptaron al Chaco —y a Yacuiba— como tierra propia. Allí nacieron sus hijos, y todos, con constancia y querencia, ayudaron a consolidar ese pueblo fronterizo. Los caminos de la vida lo llevaron también al sindicalismo: fue parte del directorio del sindicato de taxistas “1º de Mayo” y de la Asociación de Comerciantes del Mercado Central, entre otros espacios de organización.
Don Carlos hace una pausa, sonríe, y dice: “Seguido me sueño con mi Yacuiba. Antes era solo la estación del tren, la empresa ferroviaria y seis calles principales; lo demás eran granjas, ranchos y puestos. Pero la cercanía y el intercambio con Argentina dinamizó la economía de la región, que tuvo varios ciclos durante las seis décadas que formamos parte de ella”.
“Trabajé y aporté al país desde el Gran Chaco. De allí salieron mis hijos: Francy, David, Eva, Carlos, Judith, Marlene, Manuel y Mirtha. Todos llegaron a diferentes universidades, pero por causas ajenas a nosotros —conflictos políticos y dictaduras milita-res— cinco tuvieron que emigrar a estudiar. Luego, la mayoría formó familias con mexicanas y mexicanos, y nos quedamos por estos rumbos. Pero siempre que se puede regresamos, porque ese es nuestro origen, y por él estoy profundamente agradecido”. (Fidel Carlos Flores C.)
*La historia de Don Carlos Flores es un testimonio vivo del Gran Chaco: de su tierra áspera y generosa, de su pampa infinita y sus senderos que, a fuerza de trabajo y esperanza, se fueron transformando en caminos de vida. Es la historia de quienes, con manos callosas y corazón firme, construyeron Yacuiba y, con ella, la memoria de toda una región.
Cada recuerdo de Don Carlos es un hilo que se entreteje en el gran tapiz de la historia chaqueña: los días de infancia bajo el frío de la pampa, los trenes que llevaban sueños y trabajo, las quintas, los aserraderos, los ranchos y los mercados. Su voz nos recuerda que la vida en el Chaco se hace con esfuerzo, constancia y querencia; que el hogar se construye con amor y que la identidad se mantiene viva aun cuando la distancia y los años separan a los hijos de la tierra que los vio nacer.
Esta memoria es un homenaje a todas las familias que, como los Flores, hicieron del Chaco su hogar, levantando pueblos con manos y sueños, abriendo caminos donde antes solo había monte y silencio. Es también un recordatorio de que la historia no solo se escribe con grandes nombres y batallas, sino con la vida cotidiana de quienes trabajan, luchan y aman con intensidad sus raíces.
Con orgullo y gratitud, presentamos esta memoria en “Cosas de la Yacuiba de Antes, de Hoy y de Siempre”, como un broche de oro que une pasado y presente, memoria y futuro, y celebra a quienes, con esfuerzo y amor por su tierra, hicieron del Gran Chaco un lugar de vida, historia y memoria viva
———- O ———-
(*)
Extraído del Libro “Cosas de la Yacuiba de antes, de hoy y de siempre” de Walter del Carpio Barroso
–
Fidel Carlos Flores, periodista (EP.CSG) y economista (UAM-A), residente en CDMX (México) desde los años ochenta del siglo pasado.
(**) Yacuiba. Es una ciudad tropical del sureste de Bolivia (actualmente 125,000 habitantes, aprox.), departamento de Tarija. Capital de la provincia Gran Chaco. Localidad fronteriza, ubicada a 3 kilómetros de la República Argentina, a orillas (extremidad sur) de la Serranía del Aguaragüe. La provincia también colinda con Paraguay. En el Gran Chaco se encuentran las mayores reservas de gas natural de toda Bolivia y la segunda en Sudamérica después de Venezuela.

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