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Donald Trump ha evidenciado las debilidades estructurales de América Latina ante el imperialismo hegemónico estadounidense que ha controlado a la mayoría de las naciones a través de la agresiva política arancelaria que ha implementado desde que regresó a la Casa Blanca hace un año.
El presidente estadounidense ha tratado de minimizar el papel de los gobiernos latinoamericanos a su mínima expresión, principalmente en aquellas naciones que son gobernadas por fuerzas progresistas, ya que busca la subordinación absoluta ante la implementación de la denominada “doctrina Donroe” que revivió la doctrina “Monroe” de 1823 para evitar el intervencionismo europeo colonial en el continente.
Los países gobernados por las derechas conservadoras se han alineado a los intereses de Washington. Los más evidentes han sido Argentina, encabezada por Javier Milei; El Salvador, por Nayib Bukele, y Perú, por José Jerí, quienes han aplaudido públicamente las acciones intervencionistas de Estados Unidos en la región.
Trump ha optado por entrometerse abierta y directamente en las elecciones de los países latinoamericanos, donde ha amenazado a la población con dejar de apoyar económicamente a las naciones donde voten en contra de las derechas, como sucedió en noviembre pasado en los comicios parlamentarios de Argentina para que “La Libertad Avanza” obtuviera la mayoría de las preferencias electorales.
De la misma manera, intervino en las elecciones de Honduras, donde Nasry Asfura, del partido Nacional, obtuvo la victoria, así como en los comicios de Chile, donde el presidente electo conservador José Antonio Kast también recibió el respaldo político de la Casa Blanca.
Así, en un año Trump ha logrado la subordinación de América Latina, en donde los representantes de los gobiernos progresistas actúan de manera aislada y limitada, sin capacidad real de incidir directamente en la política internacional, pues las debilidades estructurales de la región son marcadas.
El gobierno estadounidense ha impulsado una férrea política económica que ha provocado que las relaciones asimétricas con sus socios comerciales se conviertan en ventajas en las amenazas que han caracterizado al inquilino de la Casa Blanca, en tanto que los gobiernos latinoamericanos han aceptado las condiciones estadounidenses.
De operaciones encubiertas a ataques directos
Durante años el gobierno de Estados Unidos ha intervenido en las naciones latinoamericanas. Desde la creación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en 1947, las autoridades norteamericanas han intervenido en los procesos de alineación de la región para evitar, en su momento, la presencia del comunismo en el cono sur del continente durante la llamada Guerra Fría.
Mediante operaciones encubiertas, los agentes de la CIA han intervenido en golpes de Estado que han favorecido los intereses de Washington. Desde la operación militar en 1954 para derrocar a Jacobo Árbenz en Guatemala, hasta la reciente intervención militar en Venezuela para detener a Nicolás Maduro.
En la segunda mitad del siglo pasado, Estados Unidos movió fichas para colocar gobiernos afines a los intereses capitalistas que se presentaron en Brasil en 1964 para derrocar a Joao Goulart, en 1971 contra la administración de Juan José Torres en Bolivia, en 1973 con el golpe de Augusto Pinochet en Chile en contra de Salvador Allende, en 1976 para derribar al gobierno de Isabel Perón en Argentina por parte de Jorge Rafael Videla.
En esas operaciones, el gobierno estadounidense no actuó clara ni abiertamente, debido a que se trataron de labores encubiertas para apoyar a los golpistas, pero en la administración de Donald Trump se rompió ese paradigma con una intervención frontal para derrocar a un gobierno adverso a sus intereses como fue el de Nicolás Maduro.
La violación abierta a la soberanía nacional venezolana para garantizar el control de los recursos petroleros representó el rompimiento de los límites que el propio gobierno estadounidense había establecido, pues ha dejado de “defender los valores de la democracia occidental”, para optar por el control económico de la región.
La tibia respuesta de los gobiernos latinoamericanos mostró una clara fragmentación de la comunidad regional, que ha decidido no confrontar abiertamente a la administración de Trump, ante el temor de que las acciones efectuadas en Venezuela podrían replicarse en otros países.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, intentó enfrentarse a Trump, pero ante una latente amenaza de intervención militar, reculó y decidió someterse a la voluntad de Washington, mientras que el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil ha dejado de referir mensajes críticos en contra del gobierno estadounidense.
En el caso de México, que se encuentra en una mayor situación de vulnerabilidad por la cercanía geográfica, la presidenta Claudia Sheinbaum ha tratado de negociar con el gobierno de Trump mediante una serie de concesiones en el reforzamiento de la seguridad en la frontera y la extradición de narcotraficantes a Estados Unidos.
Sin embargo, las exigencias de Trump cada vez son mayores, pues sus mensajes sobre una operación militar en territorio mexicano representan una amenaza real a la soberanía nacional que ha sido vulnerada en varias ocasiones a lo largo de la historia por su agresivo vecino que le quitó más de la mitad del territorio nacional en el siglo XIX.
La fragilidad económica de América Latina
Pero la asimétrica relación de América Latina con Estados Unidos no sólo se presenta en el ámbito militar, sino, principalmente, en el rubro económico, en donde el gobierno estadounidense ha logrado alinear comercialmente a los países de la región.
En los últimos años varios países se han acercado económicamente a China que ha invertido recursos económicos en la zona ante el desinterés de Estados Unidos, particularmente en las administraciones demócratas, y por ello Trump pretende expulsar al gigante asiático del hemisferio occidental.
El gobierno de Trump busca mantener a la región con una elevada dependencia de la demanda del mercado estadounidense. Por ello, la intervención en Venezuela también busca eliminar la presencia de China de las inversiones petroleras y favorecer a las norteamericanas.
Mientras que Estados Unidos se mantiene como la principal economía del mundo, los países latinoamericanos están fuera de posicionarse entre las naciones con las mejores condiciones de bienestar en el mundo, ocasionadas por la elevada desigualdad que permea en la zona.
A pesar de que México, Brasil y Argentina son considerados parte del G-20—las 20 naciones más ricas del mundo—las condiciones de desigualdad son de las más elevadas en el planeta, de acuerdo con datos de la organización internacional británica Oxfam, que detalló que América Latina es la zona más desigual del mundo, por encima de África.
Así, con condiciones de inestabilidad económica y una amplia dependencia del mercado norteamericano provocan un escaso margen de maniobra de los países latinoamericanos para intentar diversificar su economía hacia otras latitudes, dado que Estados Unidos busca cerrar cualquier posibilidad con más aranceles.
México, principal socio comercial de Estados Unidos, está más atado, debido a que el gobierno de Trump ha amenazado con no renovar el T-MEC este año, ya que está en contra de la eliminación de aranceles las operaciones económicas con cualquier nación, debido a que acusa a que la comunidad internacional se ha aprovechado de la Unión Americana durante años.
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(*) Periodista y Doctor en Políticas Públicas y Humanidades (Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo)
