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Hay líderes que buscan la paz, otros que buscan la gloria y, también existen los que buscan premios, aplausos y reverencias… y cuando no se los dan, buscan venganza. Donald Trump pertenece a esta última y peligrosa estirpe: la del emperador resentido. El hombre que no soporta que el mundo no lo adore como él cree merecer. El hombre que, según su propio imaginario, debería haber recibido el Premio Nobel de la Paz sólo por existir… y que ahora le reclama ese desaire a medio planeta.
Trump no actúa como presidente de una república moderna; actúa como emperador romano en crisis de reconocimiento. Cree que el poder existe para confirmar su grandeza, no para administrar responsabilidades. Y cuando esa confirmación no llega, cuando no hay Nobel, ni reverencia, ni ovación mundial, aparece el berrinche nuclear. La escena es conocida por la historia. Ya ocurrió. Se llama Nerón.
Nerón adoraba el arte. Sobre todo, el suyo. Cantaba, declamaba, escribía versos mediocres con convicción imperial. Los griegos, siempre prudentes y con buen instinto de supervivencia, lo premiaban en cada encuentro de artistas y poetas que se hacía en Grecia. No porque fuera genial, lo hacían porque tenían miedo de que los matara. Festival tras festival, Nerón ganaba. Siempre. El jurado sabía que la crítica honesta podía costarles la cabeza.
Hasta que un día se cansaron. Y no lo premiaron. Cuenta la historia que Nerón no soportó la humillación de que el mundo no lo hubiera reconocido como genio y artista. Y si el mundo no lo aplaudía… el mundo debía pagar. Lo que siguió fue destrucción, paranoia y fuego. Anatomía de un ego incendiado:
Nerón no sólo quería gobernar Roma. Quería que el mundo lo admirara. Quería ser amado como artista, celebrado como poeta, venerado como genio. Su tragedia no fue el poder: fue la necesidad desesperada de aplauso. Durante años, los griegos lo premiaron en todos los certámenes artísticos. Siempre ganaba, no porque fuera brillante, ganaba porque nadie se atrevía a decirle la verdad. El emperador cantaba, declamaba, tocaba la lira… y los jurados, pálidos de miedo, lo coronaban vencedor. El premio no reconocía talento: reconocía terror.
Pero ocurrió lo impensable. Un día, el aplauso se apagó. El premio no llegó. La ovación fue tibia y, la reverencia, insuficiente. Aquello para Nerón, no fue una crítica artística. Fue una herida ontológica. No pensó: “no fui el mejor”. Pensó: “me han humillado.”, “me han negado lo que me pertenece.”, “me han desafiado.” En la mente del narcisista absoluto, la falta de reconocimiento no es neutral: es una agresión. Y toda agresión exige castigo.
Nerón sintió vergüenza, y la vergüenza es la peor emoción para un ego inflado. Entonces la emoción se transformó en furia, en vergüenza pública, en vergüenza imperial. El mundo había osado no arrodillarse ante su arte. Y si el mundo no aplaudía… el mundo debía arder. La escena del balcón resume ese delirio:
Abajo Roma en llamas, envuelta en el caos, los gritos, el fuego. Y arriba desde su balcón, Nerón, tocando su arpa, contemplando extasiado la destrucción como si fuera un escenario en espera de la divina inspiración. No estaba loco en el sentido vulgar: estaba embriagado de sí mismo. Convertía la catástrofe en obra. El incendio en poema. La ciudad en castigo. El mensaje era claro: “si no me admiran, los destruiré”, si no me celebran, morirán.”
Ese es el patrón. No gobierna quien quema: se venga. No crea quien destruye: castiga. No lidera quien exige amor: amenaza. Por eso Nerón no pasó a la historia como artista. Pasó como advertencia. Y por eso, cuando hoy vemos a un líder que amenaza países porque no se le rinden, que acusa, presiona y humilla a quienes no lo aplauden, la analogía no es exageración: es memoria histórica. El narcisista herido no busca justicia. Busca escenario. Busca fuego. Busca demostrar que aún puede hacer temblar al mundo que se atrevió a no premiarlo.
Para entender a Trump, hay que entender primero qué le pasa a un hombre cuando su narcisismo deja de ser alimentado. Y la historia ofrece un caso clínico perfecto: Nerón. Roma ardió mientras Nerón tocaba su lira. Veía arder al pueblo, escuchaba los gritos del sufrimiento entre las llamas. Y él inmune esperando la gracia de la inspiración, con el ego imperial intacto. Trump no toca la lira. Tuitea, pero el mecanismo psicológico es el mismo. Cuando un país no se le arrodilla, lo amenaza. Cuando un aliado no lo obedece, lo humilla. Cuando una nación no lo aplaude, la acusa de criminal, corrupta o enemiga.
México no se somete y amenaza con bombardearlo. Colombia no se alinea: la señala. Cuba no cede: la asfixia, la quiere exterminar. Venezuela no obedece: la secuestra. Dinamarca no vende Groenlandia: la presiona como si fuera un mal negocio inmobiliario. Esto no es geopolítico. Es narcisismo herido. Nerón castigaba ciudades. Trump castiga países. Nerón confundía el miedo con respeto. Trump confunde el silencio diplomático con admiración.
Ambos creyeron, cree, que el mundo debía agradecerles su mera presencia. Y ambos reaccionan igual ante la negativa: con fuego, real o simbólico. La historia, es fría, es cruel con los emperadores narcisistas. A Nerón no lo recuerda nadie por su poesía. Lo recuerdan por las ruinas, por la decadencia, por el incendio. Por el exterminio y la soledad final.
Trump haría bien en leer a los clásicos. Porque la historia tiene una regla inflexible: cuando el poder se ejerce para vengar el ego, el aplauso se convierte en epitafio. Y ningún Nobel, real o imaginario, salva a un emperador de eso. Trump sufre del Complejo de Nerón: cuando el narcisismo juega con cerillos nucleares
Hay hombres que quieren gobernar países. Otros quieren gobernar la historia. Y luego está Donald Trump, que quiere gobernar el incendio. Como Nerón, el emperador que, según la mitología griega, tocaba su arpa mientras Roma ardía, Trump parece disfrutar el espectáculo del mundo en llamas. No gobierna: provoca. No negocia: amenaza. No lidera: se contempla.
En apenas una semana, Trump ha anunciado cinco veces que bombardeará México, enviará tropas, “hará algo” porque dice que Claudia Sheinbaum no gobierna el país, que lo gobierna el narc otráfico. No presenta pruebas, no ofrece cooperación real, no entiende soberanía. Le basta la acusación. Como Nerón, confunde su capricho con destino histórico.
Venezuela ya fue su experimento. El secuestro de Nicolás Maduro no fue una operación jurídica ejemplar: fue un mensaje brutal al mundo. “Puedo hacerlo”. No importó el derecho internacional, ni la estabilidad regional. Importó el espectáculo. El aplauso de su base. El reflejo en el espejo.
Después vino Cuba. Luego Colombia. Luego Groenlandia, sí, Groenlandia, como si los países fueran propiedades mal escrituradas en un tablero de Monopol e Imperial. Incluso Rusia recibió aviso: un barco petrolero retenido con ayuda europea, como si el mundo entero fuera un escenario para demostrar quién manda.
Trump no actúa como estadista; actúa como emperador ofendido. El problema no es su beligerancia, es su narcisismo: esa patología del poder que convierte cualquier límite en una humillación y cualquier desacuerdo en una guerra.
Nerón quemó Roma para escribir un poema. Trump amenaza con quemar el mundo porque no le dieron el Nobel de la Paz. Y nos contará cuantas guerras evito, y a cuantos millones salvó en un twit (ahora llamada X).
La diferencia es que hoy no arderá una ciudad antigua, este psicópata narcisista, junto a su gabinete de asesinos nazistas, quieren que estalle un planeta armado hasta los dientes. Hoy no hay arpas, hay misiles. No hay senadores romanos temerosos, está el mercado de armas, ejércitos y millones de vidas colgando de un impulso, de su moral, de su … mente.
México no es su patio trasero. América Latina no es su escenario. El mundo no es su espejo. La historia ya conoce este tipo de hombres: creen que el fuego los engrandece, cuando en realidad los desnuda. Nerón terminó solo, huyendo, recordado no por su arte sino por las cenizas. El mundo, hoy, no necesita otro emperador jugando a ser dios entre llamas. Necesita algo mucho más difícil y más escaso: cordura.
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(*) Periodista

