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Santa Cruz (28/01/25). Soñaba que un menonita caminaba y, detrás de él, su esposa (con un bebé en sus brazos), y junto a ellas, sus hijas. El hijo estaba al lado del padre. Los varones tomaban helado y las mujeres también cargaban bolsas.
En el sueño comencé a pensar en qué motivaba aquella imagen grotesca: ¿la religión, la cultura, ambas? Y por qué en tantos años no habían modificado ese comportamiento. Recordé las violaciones sexuales grupales y seriales de jóvenes menonitas contra mujeres también menonitas, a quienes hacían dormir con un gas y así perpetrar, en silencio, contra adolescentes, jóvenes y adultas, sin distinción ni siquiera familiar. Hechos que motivaron hasta una película de Hollywood.
De repente, en mi sueño despierto y me veo en una plaza sentado, haciendo lo que me calma: viendo pasar a la gente, observando su caminar, vestimenta, reacciones, etc. Vi a una persona de traje y maletín —ejecutivo— y su esposa, también bien vestida, que caminaba detrás mientras le hablaba y él apenas volcaba la cara para responderle; y, un poco atrás de ella, una adolescente, con una bata típica de doméstica, cargando un bebé que lloraba para que su madre le invite el helado que ella saboreaba. Al rato, pasa un campesino, por su forma de vestir, y atrás su pareja cargaba a su hijo y además llevaba unos atadijos. Después de unos instantes, pasa una pareja de lesbianas, una de ellas con el pelo corto, con manilla metálica en una muñeca y reloj grande en la otra, caminando como los futbolistas y con muchos tatuajes; levemente atrás caminaba ella, con el pelo lisado, de falda y con prendas o alhajas finitas, siempre sonriendo a lo que su pareja, un poco más adelante, hablaba en voz alta sin volcar la cara, pero para que escuche.
Despierto ya, comparto mi sueño con el maestro Mario Gabriel Hollweg en nuestra tertulia habitual, quien inmediatamente me recuerda su trabajo publicado sobre Delegación o el proceso de aprendizaje e imperativo. Le recuerdo que Christopher Birbeck, desde la criminología, trabaja el tema del aprendizaje: víctima hoy, potencial victimador mañana.
Esa noche, asisto a una recepción social. Obviamente, comparto la mesa con mis amigos de colegiatura secundaria. Al lado, en otra mesa, se veía a mujeres: esposas, hijas o novias de aquellos con quienes estamos compartiendo mesa. Un poco más retirada estaba la mesa de los niños acompañados, no todos, de sus niñeras.
Aprovecho un momento y les comento mi mal sueño. Después de un largo instante, unos comentan que es la ignorancia de los menonitas y de los campesinos; otros aducen y justifican la superioridad de género, etc., etc. y etc., subiendo cada vez más los tonos de sus expresiones.
Asimismo, como ya es costumbre cuando está nublado, pasa a buscarme mi hermano —con cariño— el filósofo Robert Barbery Anaya, para nuestras ya acostumbradas tertulias a ritmo de caminata pausada y eludiendo las calles ruidosas. Le cuento mi sueño y después de una pausa, responde: “Alex, ¿podría ser diferente?”.
Es aquí el momento en que despierto, traspirando de la pesadilla criminológica que había vivido.
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(*) Abogado, Criminólogo y Docente UAGRM
Fue muy agradable leer a Alejandro, hace rato le había perdido el rastro, pero el no perdió sus cualidades literarias
Gracias José, gracias por leer y seguir nuestros contenidos