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En los contenidos fragmentados de mis crónicas, busco la recuperación de la unidad perdida. Sin embargo, ocasionalmente en sueños palpo la nitidez y el aroma del pago suresteño (Yacuiba de antaño), y me dejo arropar por fantasmas queridos, acicalando recuerdos de verde intenso.
Me veo niño, celebrando la concordia, el amor y la fraternidad en mi cumpleaños número 3. Después, entusiasmado y agitado corriendo desde La Cruz (mirador natural del lugar), hasta llegar a calles aledañas. Y en un parpadeo, rememoro a aquel adolescente menor que un viernes se trepó a un tren y en la estación lo despidieron -meditabundos- familiares.
La sensación del viaje forma parte de nuestro inconsciente personal y colectivo. Creo, entonces que en la actualidad el viaje se transforma en la metáfora de la búsqueda de uno mismo (viaje interior). Mi madre emigró en condiciones extremas a los 5, mi padre a los 8 y yo a los 17 con un par de maletas (repleta de audacia e ilusiones).
Al partir el tren e internarse al horizonte, me imaginaba saliendo del preciado monte para descubrir nuevos despertares en otras latitudes. Así atravesé paises, mares, circunstancias, resplandores, opacidades, en fin. Pero toda búsqueda tiene su itinerario, sus tiempos y su fin.
Hoy en invierno -también- acicalo el vacío, el silencio y las nostalgias que son paraísos despoblados, a contracorriente de hedonismos egocéntricos, vorágine tecnológica e inmediatez superficial.
En realidad, todo lo que amamos de los otros se nos muestra con luz simple: los papás, la risa, la lealtad y la enseñanza, entre otros.
Por ello, en mis crónicas -intento-, esmerarme en pulir significados y palabras de roca, mármol y serrín para hablar del ser y su memoria. ¡Sí! la cual también arde trashumante, en busca de su destino. Escribo -pues- en voz alta y lo comparto, como ofrenda extendida.
CDMX, invierno del 2025.
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(*) Periodista (Escuela de Periodismo CSG.) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco).