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¡Ya lo vi! ¡ya lo vi! es un alebrije de fin de año, de nostálgica mirada que se arrima -aún más- a lidiar con mi espejo interior (un niño con alma vieja, con un yo que ya es otro yo). Ambos se observan incrédulos de arriba abajo, poco a poco se reconocen, se acicalan y después, encaminan sus almas hacia inquisidores textos. Unas veces atinados, otras ingratos, difíciles o frustrantes.
En tal senda, es imposible detenerse o invocar «falta de tiempo o condiciones adversas». Creo que la palabra se va con quien mejor la sirve o la siente.
En ese mundo de espejos y reflejos, escribir es vivir. Quizás para no darnos cuenta que somos los Pedro Paramos del eterno Rulfo, Don Juan se divierte regateándonos tiempo, silencio y soledad.
Con los años me acostumbré a registrar ideas, conceptos e historias (grabarlas o escribirlas) donde sea, y como sea. Tal proceso se convierte en algo obsesivo, transparente, consecuente. No son otra cosa más que mi visión del mundo -incluido-, dudas, alegrías, temores.
Ellos vienen, me acechan desde adentro y se revelan en momentos clave junto a cronopios que a hurtadillas, esperan sigilosos. En fin, cuando escribo me comunico conmigo mismo. O no?
Tenochtitlán 25 de diciembre de 2021.
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(*) Periodista (Escuela de Periodismo CSG) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco).